Odié la escuela. Siempre me ha gustado aprender, pero no el ritual social que implica: compañeros, maestras, directores, a todos los odiaba.

En la prepa pasaba buena parte de la mañana atorada en la avenida de los Insurgentes. Todavía no existía el Metrobús y en su lugar había camellones. Siempre había gente durmiendo en esos rincones del caos. Ah, qué envidia ser uno de ellos y no tener que ir a la escuela. Las tonteras que piensa una mente inmadura.

Insurgentes, desde que me acuerdo, ha formado parte de mi vida, como seguramente ha sido para la mayor parte de los capitalinos. Es como si fuera eterna, un largo camino hacia el infierno. En Insurgentes es donde suceden las cosas, pensaba yo de niña y lo sigo pensando.

Como todo, Insurgentes también tuvo un principio. En la década de los 30 del siglo pasado se puso en marcha un plan de desarrollo urbano uno de los varios que se han activado en esta ciudad que, en 1933, puso manos a la obra para crear la H. avenida Insurgentes. Increíble que sea todavía tan joven: ¡ni 100 años!

En la foto del Archivo Gustavo Casasola se ven las vías del viejo tren que corría por lo que hoy es Insurgentes. Quién hubiera dicho que décadas después una especie de tren, el Metrobús, correría sobre esos mismos pasos.

[email protected]