La presencia de la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo en las celebraciones de los 80 años del Palacio de Bellas Artes no puede sino ser calificada como de un enorme éxito.

Con el recinto lleno en su totalidad, igual que las cerca de 300 sillas que se colocaron en la explanada para la transmisión simultánea del concierto, el director Yuri Temirkanov mostró por qué está considerado como uno de los más relevantes del mundo y su orquesta, uno de los grandes orgullos de la nación rusa desde 1882.

El primer programa, presentado el sábado, inició con cuadros musicales de la ópera La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh y La doncella Fevronia, de Nikolai Rimski-Korsakov.

En ella el compositor ruso hace gala de una casi increíble capacidad narrativa. En 15 minutos no alcanzamos a ver completa la fantástica historia de una ciudad que desaparece ante una invasión, pero sí apreciamos parte de la historia de amor del príncipe y la doncella, un ataque tártaro y una batalla; la conclusión con un himno a la naturaleza muestra que Rimski-Korsakov no sólo era capaz de narrar.

LA ESTRELLA DE LA NOCHE

La indudable estrella de la noche fue el pianista Denis Kozhukhin, con su interpretación del primer Concierto para piano de Piotr Ilich Tchaikovski. Cuando se quedó solo en la cadenza del primer movimiento, hizo gala de tal sutileza y versatilidad en el manejo de las frases y virtuosismo que, más que parecer tener más de dos manos, parecía ser más que un solo músico. Al final, la gente no se contuvo y aplaudió entusiasmada.

(Me pregunto si no habrá llegado el momento de decidir que una muestra así de entusiasmo es mucho más adecuada y propia que las toses y carraspeos que usualmente llenan el tiempo entre movimientos).

Tras un breve intermedio, Yuri Temirkanov, con la Cuarta sinfonía, también de Tchaikovski, dejó en claro que él sí tiene a su cargo a una multitud de músicos capaces de entusiasmar, con el Andante sostenuto-Moderato con anima (se extrañó el aplauso espontáneo, pero no la intención de darlo); conmover, con el Andantino in modo di camzina; divertir, con el Scherzo: Pizzicato ostinato, y sorprender con su virtuosismo al tocar el vertiginoso final: Allegro con fuoco.

Al final, el entusiasmo de los asistentes y sus ovaciones de pie fueron de tal magnitud que los demasiado breves encores parecían destinados a enfriarnos más que a regalarnos un poco más de música.

Hoy es domingo y, la verdad, más que estar haciendo estas páginas para nuestros lectores, preferiría por mucho escuchar el segundo programa de la Filarmónica de San Petersburgo, con la violinista Saya Shoji, tocando a Prokófiev, y a la orquesta con Rajmaninov y el único no ruso que traen, Rossini.

@manuelino_