Se puede ser creativo, liberal, impulsivo. Romántico. Ridículamente idealista. Se puede ser uno de esos espíritus libres que iluminan la vida de los demás, una Mary Poppins, un Peter Pan. Un golden child que puede brincar de un puente y todos saben (tú los sabes, estás seguro) va a caer de pie, sonriendo y con una cerveza en la mano.

O puedes sufrir. Ser un peligro para ti mismo. Todos los que te conocen te tratan con tiento. Eres el tema que tu familia no toca (o que toca demasiado, como si fueras un trofeo o una criatura fantástica que se quedó en este mundo cuando el vórtice dimensional se cerró. Las familias son muy raras). Eres muy frágil y parece que sólo tú te das cuenta de que estás muy solo.

Es difícil aseverar qué es peor: estar maniaco o estar deprimido. Exagero (poquito) en los dos párrafos anteriores, intento ser ilustrativa. Lo cierto es que en ambos estados te engañas a ti mismo. El universo entero se vuelve una alucinación, cubierto por un velo de emociones mal dispuestas.

Es muy difícil que encuentres quién te entienda y a quién entender. Y en general, tomas malas decisiones. Inclusive cuando, después de las pastillas y la terapia, has alcanzado la estabilidad, pasas por estados emocionales que no te puedes explicar.

Por eso el trastorno bipolar es tan peligroso (no tienes juicio y tu termostato emocional está roto) y la cultura popular no lo alcanza a aprehender. No se trata de Jekyll y Hyde, es algo mucho más sutil y más ominoso.

Hollywood ha hecho especialmente un mal trabajo retratando el trastorno. Mucho drama y poca sustancia. Así que no pensé que Silver linings playbook (dejémosle el título original, el título en español se nos va a olvidar mañana) fuera a ser distinta.

Cuando supe que Bradley Cooper interpretaría a un profesor con trastorno bipolar, me lo imaginé todo: un genio torturado y suicida que al final se cura gracias al amor.

No me importó. La vi porque de todos modos una comedia romántica de David O. Russell (un director con una filmografía casi impecable: Tres reyes, I heart Huckabees, El peleador, por mencionar las tres más exitosas) y con Jennifer Lawrence como coprotagonista es mucho mejor que casi cualquier otra cosa que ofrece la cartelera.

(Ayudó, por supuesto, que es la primera cinta en casi 10 años en llevarse todas las nominaciones creativas -afrontémoslo, las más importantes- para la próxima entrega de los Óscar: actor, actriz, actor y actriz de reparto, guión, dirección y película).

Es una joya. El personaje de Cooper es el mejor esbozo que he visto de una persona en estado de manía. Una mezcla de entusiasmo, violencia y un optimismo tan extremo que es terrorífico.

Pat (Cooper) acaba de salir, contra recomendación médica, del hospital psiquiátrico en el que pasó ocho meses. Encontró a su esposa bañándose con otro hombre, lo que despertó en él una violencia tal que la mujer obtuvo una orden de restricción contra él. Por eso su internamiento. Pero ahora que está afuera, Pat es un hombre con una misión: recuperar a su esposa, demostrarle que es un hombre nuevo. Excélsior, su nuevo lema, representa su optimismo: siempre hay un modo de que las cosas salgan bien, de encontrar el silver lining al que hace referencia el título.

El engaño es tan evidente que es doloroso. La esposa, Nikki, más mencionada que vista, es una obsesión que va a destruir a este pobre hombre.

Pero esto es una comedia. Duele, pero no tanto que no te rías. Si les digo que es una comedia romántica, una película deportiva y una película de baile parecería que la estoy mandando al cementerio de los clichés. Es todo eso, sí, pero también está llena de humanidad.

A Pat lo cuidan sus padres (Jacki Weaver y Robert De Niro, nominados). Qué difícil sobrevivir a un hijo que en la madrugada destruye la casa porque no encuentra el video de su boda. De Niro es especialmente maravilloso como Pat padre, un fanático de las Águilas de Filadelfia consumido por la superstición: el triunfo de las Águilas depende de un pañuelo verde y de la posición de los controles remotos. ¿Tiene trastorno obsesivo-compulsivo? Seguro: la enfermedad mental suele compartirse en familia. De Niro no sólo payasea, es verdaderamente conmovedor cómo intenta relacionarse con un hijo al que no entiende.

Pero la joya de la corona es la actuación de Jennifer Lawrence como Tiffany, una joven viuda muy descuidada y agresiva ( pero me gusta ser así ) que es, quizá sí y quizá no, la salvación de Pat. Miren la escena en la que soluciona los problemas de Pat padre, de paso soluciona el suyo y al final se toma una cerveza: Lawrence es perfecta. Tiffanny también está rota por dentro: toda su rudeza grita Quiéreme, quiéreme, quiéreme, por favor .

Esto es Hollywood. Al final, después de una horrible rutina de baile, pasan grandes cosas y hay mucha felicidad. Pero como sucede con las buenas comedias románticas, uno se lo cree. No sé, quizás debería de aprender a bailar.

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