Qué película tan desconcertante es Las oscuras primaveras de Ernesto Contreras. Es una de esas cintas que no se acaban cuando rolan los créditos y se prenden las luces.

Está Igor (José María Yazpik) y está Pina (Irene Azuela). Los dos trabajan en el mismo lugar: él es un trabajador de mantenimiento; ella, una secretaria. Su primer encuentro es una refriega erótica inacabada. Sus cuerpos se juntan, se muerden, pero su lascivia no llega a la conclusión esperada. ¿Cómo te llamas? , le pregunta, casi le suplica Igor a Pina cuando ella empieza a vestirse. Pina se marcha en silencio. Son dos que se miraron y se desearon como por una inercia natural, bestial. Ésta no es una historia de amor.

Él tiene esposa, Flora (Cecilia Suárez). Ella tiene un hijo, Lorenzo (Hayden Meyenberg). Ambos son obstáculos fáciles de salvar en el camino del deseo de Pina e Igor, pero no lo suficiente como para que los dos -¿amantes?- se enreden en un ciclo de deseo y frustración. Llamadas que no se contestan. Un día él la espera tres horas en una habitación de hotel; otro día es ella la que espera. Se dan piquetes de cresta: ella se le ofrece de nuevo en el ático de la oficina, él la rechaza.

Pero ésta también es la historia de Flora y de Lorenzo. Lorenzo, como todos los niños, algo tiene de monstruoso. Es exigente, caprichoso, parece que no hace nada y que lo piensa todo. Él y Pina tienen una relación muy complicada. Un día, con una maldad incomprensible (ni siquiera ella misma la comprende), Pina le tira todos sus juguetes a su hijo. El niño se venga perdiendo el único juguete que le queda, un carrito que Pina le regala por arrepentimiento. ¿Qué oscuros sentimientos pasan por el corazón de un niño tirano, de un niño que se siente abandonado? ¿Qué pasa por la cabeza de una madre que quizá nunca quiso ser madre?

Pero me adelanto y estoy interpretando demasiado en una trama que es sutil y densa, rica en matices: más atmósfera que trama.

Lorenzo podrá parecer extraño, pero también es un niño que no pierde ternura aun en sus momentos más lóbregos. Un acierto del guión y del director.

Decía que también ésta es la historia de Flora. Flora trabaja lavando ropa ajena y haciendo distintos quehaceres. Ella e Igor viven una vida de normalidad engañosa. No tienen hijos y parece que están pasando por una sequía sexual. Mientras Igor está perdido por Pina a Flora no la busca.

No he de revelar toda la historia. En el centro del drama hay dos objetos inanes: una fotocopiadora y un disfraz de leoncito para el festival de la primavera de la escuela de Lorenzo. Esos dos objetos son una prueba de que entre lo más cotidiano se puede hallar lo más inquietante.

Desconcertante, sí, lo es. No sólo es una historia erótica al estilo de El último tango en París, también es..., ¿qué es? Prefiero no decirlo ahora. Las oscuras primaveras es una cinta de la que no se sale ileso: uno tiene ganas de pensarla un rato antes de cabalgarla.

[email protected]