El uso de cifras provoca encontronazos para los que el gran Eduardo Caccia es un maestro: toda creación, producto y negocio cultural vale y significa. Esta imbricación entre valor y significado genera certezas, celebraciones, sinsabores, errores y meditación trascendental.

Veamos: la entrega de Las 500 empresas más importantes de México de la revista Expansión nos permite saber que las ventas netas de CIE y Cinépolis, que suman más de 21,000 millones, superan en alrededor de 6,000 millones el presupuesto del Conaculta. Mientras aquellos requieren de 27,000 empleados, el subsector de la SEP ronda los 21,000.

En la disputa entre lo que vale y lo que significa, hay elementos inequívocos: marca tendencias de mercado, del empleo, del gasto público, del comportamiento del consumidor, de las inequidades y esquizofrenias sociales, y de individuos que toman decisiones. El ranking de Expansión nos da para profundizar en el aprendizaje que demanda el caracterizar el sector cultural que, como sabemos, no existe. Esta semana iniciemos el despliegue de oasis y espejismos que la dicotomía ofrece.

Lo más complejo y a la vez polémico es la adopción de una definición funcional de cultura y que podría ser: creación individual o colectiva que es convertida en un bien, servicio y/o producto para su inserción en el mercado, que puede ser sujeta de propiedad intelectual, autoral o industrial, y que transmite uno o varios significados que le dan atributos materiales, simbólicos y de valor para su adquisición y consumo por cualquier persona o grupo.

Por lo que se refiere a la definición de economía cultural, diré que es la subdisciplina de las ciencias económicas que emplea las herramientas convencionales del análisis económico para la comprensión de los procesos económicos de lo cultural desde una perspectiva funcional. Cristina Rascón Castro en Para entender la economía del arte (2011) dice que la economía cultural es la ciencia que aplica el análisis económico a todas las artes creativas, el patrimonio cultural y las industrias culturales, sean propias del sector público o privado.

Otro elemento. En las reglas de operación del Fondo Pyme se alude al emprendedor como la persona en proceso de crear, desarrollar o consolidar una micro, pequeña o mediana empresa a partir de una idea emprendedora. Alejandro González Hernández en Emprendedores Culturales: una oportunidad todavía no aprovechada en México , escrito que forma parte del libro Economía cultural para emprendedores. Perspectivas (2010) conceptualiza al empresario cultural como un artista o profesional de la cultura que participa en la producción de bienes y servicios culturales, de manera organizada, profesional y visión de mercado. El emprendedor cultural se convierte en empresario una vez que la empresa se ha constituido.

Uno más. En la convocatoria al Premio Morelos a la Empresa Cultural, por lo demás primero en su tipo, se define a la empresa cultural como la unidad económica que desempeña una actividad productiva legalmente establecida, basada en bienes, servicios y productos culturales que están constituidos, fundamentalmente, por un componente creativo en su cadena, que ponen de relieve valores simbólicos para la sociedad y que no tienen producción masiva, industrial o ligada a corporativos nacionales y/o extranjeros para cubrir mercados locales y nacionales. Se considera que la empresa cultural comercia dichos bienes, servicios o mercancías como resultado de la transformación del proceso creativo y que media en el mercado con el propósito de colocarlo a disposición de diversos consumidores y/o clientes. En la pobrísima e inapropiada convocatoria al concurso de estímulo a la creación de micro y pequeñas empresas culturales del Conaculta, se indica que las empresas culturales crean, generan, producen, enseñan, conservan, promueven, transmiten, difunden, distribuyen o comercializan bienes y servicios culturales. Hasta ahí. Las cursivas son para que el lector reflexione.

Y para la caracterización del sector tenemos otros instrumentos. La próxima semana le contaremos.

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