El talento pictórico es el don que se recibe para expresar en la pintura, con un pincel, sentimientos, alegrías o vivencias que el espectador no tiene que descifrar. Su mirada a la obra es lo que determina si le gusta o no.

Por lo tanto, mi creencia en el click de la cámara fotográfica -tan alabada en nuestros días como una forma artística inmediata- o en la pintura contemporánea es pasajera. Lo efímero de estas manifestaciones hoy en día expresa la poca sensibilidad, poca calidad humana y la carencia de valores en este mundo que estamos viviendo.

No por ello dejo de admirar el trabajo documental fotográfico de revistas o grandes nombres de la fotografía que nos dan una lección de que ésta puede competir con el elemento pictórico, de que fotografía y pintura alcanzan un mismo destino: el talento de presentarse en la escena en el momento.

En países como México, donde tenemos aún la ventaja de que los valores se fomenten dentro de la vida familiar tradicional, nos nutrimos en una cultura humanista. Quien tiene la bendición de tener un talento que a su vez florece en medio de un ambiente de valores morales lo plasma con alegría, sensibilidad, sentido del humor y esa afabilidad que tienen nuestros artistas.

Es por ello que parte de la lucha de nuestras instituciones culturales es buscar, encontrar y fomentar el talento de jóvenes que promulguen la nobleza y la magnitud de nuestros valores nacionales. Con sus múltiples funciones lo que se busca más que nada es hacerlos trascender, esforzarse, innovar. No hay que contentarse con lo que ya está hecho. Hay que crear y trabajar con las herramientas que se encuentren a la mano e ideando otras nuevas. Pero esta cultura de la innovación debe ser anclada en el ámbito moral y humanista del que hablaba.

Por ejemplo, la industria del talento musical ha crecido inconmensurablemente gracias a la tecnología digital, pero por lo mismo ha conocido malos momentos en nuestros días. La posibilidad de la reproducción digital fomenta la piratería, que es una forma de robo disfrazado de la democratización de los bienes culturales en Internet.

En cambio, óleo, acuarela y acrílico sobre cualquier superficie son testigos de este mismo tipo de avances, pero jamás podrán ser sustituidos por la frialdad de la máquina, que es capaz de reproducir en masa cualquier idea, pero deja de lado el aspecto humano de la creación. El abrazo al pincel no es otra cosa que el momento último en que la humanidad de un ser excepcional, el artista, se expresa para la posteridad.

El sentimiento es el alma de la nación y debemos preservarlo. Si del sentimiento nace el talento, por qué no expresarlo con lápiz, pluma o pincel. No expresar con estos bellos elementos es no sentir, es no vivir.