Desarrollada por el despacho LBR&A y construida a lo largo de ocho años (del 2008 al 2016), la Torre Reforma vino a diferir con la arquitectura recurrente de los edificios de acero y cristal que se han erguido en ambos costados del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México.

La forma de este rascacielos de 246 metros de altura no tiene parangón en esta urbe. Sus enigmáticos muros de concreto, cuyo vértice apunta hacia el noreste, hubieran parecido imposibles de levantar, si no es porque están ahí, sobrepasando a todas las construcciones vecinas, abrazando 57 pisos entre los que no se ha construido una sola columna.

Que no haya columnas “realmente es muy simple cuando lo explico en clase”, introduce el arquitecto Benjamín Romano, fundador y director de LBR&A, en entrevista con El Economista, a propósito del lanzamiento del libro Torre Reforma (Arquine, 2019) y del reconocimiento como uno de los “50 rascacielos más influyentes del mundo en los últimos 50 años”, por el Council on Tall Buildings and Urban Habitat, junto a edificios emblemáticos como el Burj Khalifa, en Dubai; el One World Trade Center, en Nueva York, o las Petronas Twin Towers, en Kuala Lumpur.

“Es el aprendizaje que tuve de entender las estructuras habitables. Es decir, esto (la torre) no es más que una columna hueca, por eso es que no hay una columna que estorbe. Eso se basa mucho en la importancia del análisis de los flujos”, complementa para hacer un comparativo con la estructura ósea y la evolución de los seres vivos a partir de lo que él mismo llama “interacciones”:

“Pongo la estructura a trabajar como si fueran los huesos y, en mi opinión, una estructura muy bien diseñada genera estructuras bellas. Y cuando a un edificio le pones un esqueleto que no corresponde con su forma, éste sufre”, explica el edificador y compara la edificación de la Torre Reforma como haber construido un iceberg, puesto que el edificio está anclado al piso firme por debajo del suelo fangoso.

Reconoce en el ingeniero Heberto Castillo a uno de sus maestros trascendentales, de quien, evoca, “hablaba mucho de la necesidad de recurrir a la historia para entender el suelo con el que nos estamos encontrando. Uso mucho sus palabras en clase y en mi oficio”.

Agrega que el concreto de los muros es bueno para la compresión y el acero resulta ideal para generar tensión. “Heberto cuando hacía sus tridilosas le ponía acero a la tensión, pero a la comprensión le ponía concreto. Yo no hice más que hacer lo mismo: hice dos muros de concreto que están empotrados a menos de 60 metros y suben. Solitos se mantienen. Es una estructura muy estable”, afirma.

La parte frontal del edificio está construida por una retícula diagonal de acero que sostiene cada una de las losas de cada piso que en su punto más largo tienen 54 metros de claro. El diseño permite que la vista del valle de México a través de sus cristales, desde cualquier punto del edificio, sin una columna que se interponga, sea igualmente privilegiada.

También hace distinción de su labor como profesor de Arquitectura por 38 años, puesto que eso le ha permitido estar al día y tener consciencia de la huella ecológica de la arquitectura.

“La arquitectura es responsable de 38% de la contaminación por monóxido de carbono. Eso hay que platicarlo con los alumnos, y lo primero que tienes que ser cuando construyes un edificio es ser congruente con lo que dices. Eso para muchos otros profesores es un problema, pero, para mí, es un plus. Entonces, evidentemente, Torre Reforma nació con todos los requisitos de la arquitectura moderna, desde el día uno”.

Por lo anterior, concluye, la Torre Reforma es considerada uno de los 50 rascacielos más influyentes de los últimos 50 años por el entendimiento entre la estructura y la forma.

“Nunca nos imaginamos el fenómeno que fue el edificio. Nunca, que fuera nombrado el mejor edificio del bienio pasado ni uno de los más influyentes del mundo. Lo que más gusto me da es que es arquitectura mexicana. La parte del concreto nació de una reflexión que hicimos en la universidad de cómo las pirámides tectónicas de Teotihuacan ahí siguen, y mira que les ha temblado. Les comento a los alumnos que deberíamos retomar la tectónica mexicana. Se trata de comprender la arquitectura regional”.

Benjamín Romano

Es director del despacho LBR&A. Es docente de la Universidad Iberoamericana desde 1982 y fue invitado como experto residente en la carrera de Diseño y Arquitectura de la Universidad de Harvard entre el 2016 y el 2017. Ha recibido el Premio Augusto A. Álvarez 2014, entregado por la Federación del Colegio de Arquitectos de México en reconocimiento a su trayectoria profesional, y el Premio Luis Barragán al Mérito Profesional. Su Torre Chapultepec recibió el primer lugar mundial al edificio inteligente, otorgado por el IBI Group, de Chicago, en 1992.

Torre Reforma

• 57 pisos

• 246 metros de altura

• 9 sótanos

• Comparte el predio con una casona catalogada como Patrimonio Cultural Urbano de Valor Artístico por el INBAL, misma que fue protegida, desplazada con tecnología de punta y reforzada para convivir con el edificio.

• Su construcción fue pensada con base en el estudio Computational Fluid Dynamics para hacer de él un sistema propicio para la sustentabilidad.

• 25.4% la reducción del consumo de energía en el edificio.

• 30% del ahorro de agua potable es posible gracias al análisis de flujos.

Ha sido reconocida como:

• Uno de los “50 rascacielos más influyentes del mundo en los últimos 50 años”, por el Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano (CTBUH, por su sigla en inglés).

• “El mejor rascacielos del mundo”, por el International Highrise Award 2018.

• Medalla de Oro de la XIV Bienal Nacional e Internacional de Arquitectura Mexicana 2016.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx