Cuando era niña creía que dentro de los cajeros automáticos había señores que daban dinero mágico. La tarjeta de crédito era la membresía a alguna hermandad parecida a la Logia de los Búfalos Mojados (y de algún modo lo es, ¿o no?).

Mi papá tuvo a bien explicarme cómo funcionan las tarjetas y la magia se acabó y llegó la responsabilidad. Ah, matar la inocencia.

Otro día en que murió mi inocencia fue cuando a mi salón de tercero de primaria le tocó visita a la Casa de Moneda, el lugar de donde sale el dinero nuestro. Qué maravilla ver tantos billetes juntos. Nunca los volveré a ver. Justo cuando estaba planeando mi asalto a la Casa, el guía nos explicó que no era dinero sino papel sin valor hasta que el Banco de México no lo autorizara. A todos nos dieron un billete de 5,000 pesos con las caritas de los Niños Héroes mirándonos con su expresión de yo-salvé-a-la-Patria, ¿tú qué vas a hacer? El billete no tenía valor. Ya hubiera querido esa lanita para un domingo.

Si visitan el Museo Interactivo de Economía pueden obtener un billete con su foto. Bueno, no sé, era uno de sus juegos cuando lo abrieron. Espero que sigan haciéndolo porque era un modo ingenioso de desmitificar al dinero. Del dinero nuestro nada conocemos. Cobramos nuestra quincena y la gastamos, no sabemos ahorrar ni invertir. El Banco de México, que está celebrando 92 años desde su fundación, hace lo posible por educarnos, pero seguimos como zombis en lo que respecta al baro. Ay, dinero nuestro, te amamos y te odiamos.

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