Entrevista. Carla Canales, cantante mezzosoprano

La artista mexico-estadounidense acaba de lanzar un álbum inédito inspirado en Federico García Lorca

Un jadeo acelerado, profundo, que entrecorta la respiración, como cuando un corredor está a punto de alcanzar la meta, tras el sprint. Así suena ‘Arrival’, el tema que abre el nuevo álbum de Carla Canales, un material con mucho ‘duende’.

La artista mexico-estadounidense acaba de lanzar su más reciente producción, “Duende”, en la que nos ofrece un autorretrato íntimo e inspirador que sintetiza de algún modo el mestizaje cultural que ha nutrido su trayectoria humana y creativa.

Inspiradas en Federico García Lorca, las 11 piezas compiladas en esta inédita entrega, de la mano del productor Christopher Botta, hacen que la voz, el piano, el violonchelo y el violín unan las raíces del pasado con el porvenir. Del pozo profundo de la reminiscencia llegan los ecos del flamenco, ritmos bereberes y andaluces y de una canción de cuna, que luego se transforman en música electrónica, ‘indie’, o ‘dream pop’.

Carla reconoce en este trabajo la influencia de Björk. “Sus canciones están llenas de emoción y de imaginación y eso yo lo valoro mucho. Fue como una luz para mí y busqué inspiración en lo que ella ha hecho, me dice en entrevista telefónica desde Nueva York.

El concepto duende se refiere al espíritu y la sangre que corre por las venas de los cantaores y bailaores flamencos, “descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates”, dijera Lorca, que permitió a Carla regresar a su infancia y descubrir las más partes más oscuras y vibrantes de su alma, me confiesa.

Con “Duende”, Carla está dando un gran salto de fe, el salto kierkegaardiano, O lo uno o lo otro. Es mezzosoprano y viene de una trayectoria exitosa en el mundo de la ópera. Su interpretación de Carmen, en la obra de George Bizet, la hizo famosa y la llevó por todo el mundo con más de 80 presentaciones. Allí se cumplió uno de los sueños de su infancia; pero faltaba otro, uno más hondo y lejano que provenía de dos generaciones antes que la suya, cuando su abuela mexicana le cantaba canciones de Cri-Cri, de donde le nació la pasión por el canto.

“En este álbum yo quise regresar a mi infancia, porque siendo cantante de ópera, que es un trabajo que requiere mucha técnica, mucho estudio y mucho tiempo, en la ópera no dejas de ser intérprete porque ya todo está escrito en la página y yo quería hacer algo distinto, yo quería regresar a algo que es fundamental para mí que es la imaginación, ser creadora, ser artista, porque eso vive dentro de todos nosotros como seres humanos”.

Para comprender la hondura de este “proyecto absolutamente experimental”, hay remontarse a 1985, cuando la Ciudad de México fue sacudida por un temblor y una niña de seis años vio en el altruismo de Plácido Domingo una inspiración para dedicarse al canto. O quizá haga falta echar la mirada más atrás.

Revela que fue su abuela quien le enseñó a cantar. “Ella me cantaba todos los días canciones de Cri-Cri, y canciones tradicionales mexicanas que nada tenían que ver con la ópera”, por eso decidió ponerle pausa a su carrera operística, al descubrir hace cuatro años que amaba cantar porque le recordaba sus raíces mexicanas, y no por su trayectoria en la ópera.

“Al regresar a ese amor y a esa pasión de mi niñez, por el canto, descubrí otra manera de cantar, y otra razón por la cual tengo que cantar. Y para mi es otra manera de tener una comunicación más emotiva como humanos”, dice la cantante.

Carla Dirlikov Canales es hija de una abogada mexicana y de un químico búlgaro quienes se conocieron en Praga, cuando ambos hacían estudios de postgrado, y posteriormente se casaron y se afincaron en Estados Unidos. Pasó su infancia entre México y Michigan, con una identidad cultural compartida, escuchando tres idiomas en casa, adaptándose al American Way of Life, pero la raíz materna jaló más fuerte.

“Un día mi papá trajo a casa un videocasete de Carmen, y jugué a ser Carmen por muchos años y vestía a mis hermanos”. Luego vino el coro de la preparatoria y de allí la elección de carrera universitaria, abogada como su madre, pero los recuerdos de su infancia y la pasión de su alma por revelarse la llevaron a plantearse incursionar en el bel canto.

“Para mí fue un sueño loco llegar a ser cantante sin una referencia directa de mis padres, pero al mismo tiempo, su historia me inspira hasta la fecha y me da confianza en que los sueños son posibles de alcanzar”.

La disyuntiva entre el dominio de la técnica y la expresión de las emociones, llevó a Carla a producir Duende, inspirada en Federico García Lorca, quien describió dicho término como la esencia del arte y la creación, rodeada de la lucha humana por encontrar el sentido de la vida.

“La llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”, decía el escritor y poeta español.

“Yo quise rescatar el poder de la imaginación, descubrir mi voz sin la técnica de ópera, mi verdadera voz, me llevó mucho tiempo consolidarlo, y a final de todo aprendí mucho en este trabajo, es un trabajo honesto y con autenticidad, lo comparto humildemente”.

“Mi gran sueño con este álbum es conectarme más con músicos jóvenes que están rompiendo el estereotipo de lo latino impulsando un gran movimiento muy interesante de música experimental a partir del jazz, el blues, la música electrónica, son una comunidad extraordinaria”, revela.

¿Por qué hacemos lo que hacemos?

Desde la Gran Manzana, y confinada como todos por la pandemia, la cantante dice: “para mí es muy bonito poder seguir ofreciendo mi canto en este momento tan difícil para tantos artistas”.

El confinamiento al que nos ha sometido el Covid-19 es también parcialmente cultural. Con el cierre de teatros y salas de concierto, Nueva York lo sabe casi mejor que nadie, muchas expresiones artísticas no pueden conectar en vivo con sus públicos. Cantantes, músicos, actores y bailarines se han tenido que contentar con ofrecer sus espectáculos a través de internet, renunciando temporalmente al aplauso sonoro del espectador.

Carla Canales, sin embargo, dice que durante este periodo de encierro, más allá de ofrecer entretenimiento, “los artistas hemos hecho  lo que siempre nos ha tocado, que es introducir las grandes preguntas de la vida: qué es realmente ser humano, qué valor tienen las emociones, porque las artes, y no exclusivamente la música, son el lenguaje universal que nos permite explorar nuestras emociones y conectar con otros seres humanos, a partir del dolor, del sufrimiento, la carencia, la pérdida, y también de las alegrías que nos proporciona la vida.”

“Y para mi es allí donde está el verdadero poder de las artes: en poder imaginarnos una vida mejor, un mundo más pleno, no solo sin Covid, sino un mundo donde nos ayudamos en un momento de pandemia, donde nos unimos en momentos difíciles, y sobresalimos mejor como humanidad, yo creo que esa es la oportunidad que tenemos ahorita con el Covid, usar nuestra imaginación y nuestra creatividad para imaginar algo mejor de lo que teníamos antes y luego lograrlo, pero primero tenemos que tener esa visión de imaginar en grande”, asegura.

Luego lanza un reto: “Los artistas tenemos que preguntarnos en este momento por qué hacemos lo que hacemos, por ejemplo, yo por qué canto”.

“En este momento no podemos hacerlo en vivo, ver a los ojos al público, tocar los corazones, y sentir las voces,  que es lo que más me gusta en un concierto, pero por lo menos podemos seguir adelante  creando arte, examinando esas grandes preguntas, creo que en el fondo es lo más importante que podemos hacer como artistas, es traer ese espejo delante del público, de la sociedad, y que eso sirva a todos para cuestionarnos, para ser mejores y que nos sirva como catarsis".

Diplomacia cultural

Los emigrantes son en algún sentido exiliados culturales y al mismo tiempo embajadores de sus culturas, porque cuando parten no se van solos, se llevan su música, su historia, su comida, sus bailes, sus fotografías y sus canciones de cuna.

Carla pertenece a dos culturas y es embajadora artística y cultural del Departamento de Estado de Estados Unidos y viaja por el mundo tratando de conectarse con la diversidad cultural del mundo desde lo que ella es. “Somos un país que no reconoce el valor de la cultura, no tenemos un ministerio de cultura”, lamenta, y aboga por el intercambio.  “Esa palabra, dice, nos hace mucha falta en la diplomacia cultural, podríamos lograr mucho como países si hiciéramos uso de la cultura como vehículo de intercambio, porque aunque seamos de culturas diferentes, la cultura nos hace semejantes y nos acerca como seres humanos”.

“Los artistas podemos servir a la diplomacia de nuestros países y honrar la cultura, que es lo más preciado que tenemos como humanos, el día que ya no tengamos cultura, ese día se pierde la humanidad”, concluye.

francisco.deanda@eleconomista.mx