La historia sucedió a principios de siglo en Coyoacán. Karen, que entonces era apenas mayor de edad y estudiaba Artes Plásticas, fue al jardín de La Conchita para hacer una tarea: dibujar a una niña jugando. Nada complicado. Pero, de repente, sintió la sombra de una mujer que la observaba y, en el instante que se miraron, la señora la regañó:

Lo estás haciendo mal. Ni siquiera sabes cómo agarrar el lápiz.

Karen no respondió.

Si quieres, te puedo instruir en cómo se sostiene un lápiz, pero no a dibujar. Se nace con talento o no.

Karen sonrió y, sin perder el buen humor, le dio la carpeta de hojas y el lápiz a la mujer.

¿Puede dibujar a una niña jugando?

Por supuesto con pocas líneas la señora dibujó el torso de un caballo y, de pie, sobre el dorso, a una niña. La imagen hacía pensar en un circo.

Al día siguiente, Karen presentó dicho dibujo como propio y, su maestra, exigente, lo calificó con un siete.

La segunda vez que Karen se encontró a la mujer, que a veces se decía llamar Renata, a veces, Fátima, le comentó la calificación del caballo y la niña, a lo que la señora respondió:

Pues tu maestra está tonta. Seguramente tampoco sabe dibujar.

Desde entonces, Karen y Renata entablaron una rara amistad en la que el que el azar determinaba sus citas ya callejeras, ya en el jardín de La Conchita.

Fátima siempre trataba de persuadir a Karen para que abandonara el dibujo, que no era lo suyo, que se dedicara a otra cosa, que se lo decía ella, una pintora por gusto que afirmaba conocer algunos secretos artísticos.

Renata solía contarle a Karen que, una vez que se cayó de las escaleras, la internaron por algún tiempo en un hospital psiquiátrico; que el mejor país para vivir es Francia y anécdotas sobre Max Ernst, André Breton, Picasso, Dalí y Marcel Duchamp.

En cierta ocasión, Fátima encontró a Karen no dibujando sino escribiendo. Le dijo:

Mira, eso lo haces bien. Te ves relajada. Deberías dedicarte a la escritura.

La relación se extendió algunos meses hasta que, una mañana en la que platicaban a la entrada de una miscelánea que estaba frente al jardín, un hombre no vio en la mujer ni a Renata ni a Fátima, así que detuvo su carro, se bajó y, acercándose a la señora, la elogió:

Leonora, soy su más ferviente admirador, permítame besarle la mano.

La mujer no le permitió, por supuesto, que el sujeto aquél la tocara, pero cuando cruzó su mirada con la de Karen, ésta, sorprendida, desconcertada, le preguntó:

¿Eres Leonora Carrington?

No soy nadie respondió la pintora y como no soy nadie no nos volveremos a ver.

Karen no se volvió a encontrar en Coyoacán ni en ninguna otra parte a Leonora Carrington. Karen Plata abandonó sus clases de artes plásticas para dedicarse a las letras y hoy es una de las poetas más interesantes del país. No conserva aquel dibujo de un caballo y una niña que fue calificado con un irrelevante siete.

El jueves pasado se cele-braron los 100 años del nacimiento de la pintora y escultora inglesa, surrealista, Leonora Carrington, radicada en México desde 1942 y fallecida en el 2011.

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