Si así canta cuando está enfermo, ¡qué no será cuando está sano! Con razón le siguen legiones de admiradores, devotos de ese culto masivo que se llama Plácido Domingo, quien estuvo en México este 20 de junio para la celebración de los 60 años del Auditorio Nacional. En el escenario, dijo estar muy contento e intentó recordar: Creo que estuve aquí antes de la renovación de este lugar cantando la ópera Così fan tutte . Más tarde cerraría esta noche de júbilo interpretando canciones con el Mariachi Vargas de Tecalitlán y con Guadalupe Pineda. La locura.

Antes había dicho que pescó un resfriado inoportuno el día anterior y que iba a hacer el esfuerzo por cantar hasta con el alma, cosa que cumplió a cabalidad. Domingo es un tipazo, un señorón de la escena operística, un cantante capaz de llenar hasta el tope un auditorio como éste, al que le caben 10,000 espectadores, y hacer que al final se levanten todos (¡todos!) para brindarle una ovación atronadora.

Porque a Plácido los mexicanos lo llevamos en el corazón por su calidad artística y esa alma noble que no le cabe en el pecho. El programa de mano de este festejo se quedó corto al describirlo en estos términos: Un artista con luz única (que) es tenor, barítono, director de orquesta, promotor de nuevas generaciones de cantantes y un generoso ser humano .

Por eso, anoche cuando dijo que estaba muy contento de regresar al país, alguien del público gritó: ¡Viva México! Y el tenor retomó el grito, lo hizo suyo y lo relanzó: ¡Que viva México, claro que sí! Y con eso, cuando solamente habían transcurrido tres minutos del espectáculo, ya se había echado a la bolsa a los 10,000 espectadores.

Qué bueno que el Auditorio Nacional cumpla sus primeros 60 años de existencia y de ser un testigo y protagonista de la cultura mexicana; aplaudimos que crezcan y que perduren estos espacios culturales. Qué malo que seamos testigos también del repliegue del Estado Mexicano de sus deberes culturales; la mediocridad de la actividad del INBA y Conaculta son muestra de ello. El programa estuvo dividido en dos grandes apartados: en el primero, se cantaron arias famosas y partes de zarzuelas; en el segundo, piezas de la comedia musical, del folclor español y canciones mexicanas.

Plácido estuvo acompañado por la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), bajo la batuta del prestigiado director Eugene Kohn, quien comenzó su carrera en la adolescencia; desde ese entonces, como pianista acompañó a personajes de la ópera del nivel de María Callas, Franco Corelli, Renata Tibaldi y Luciano Pavarotti. Tiempo después comenzó a dirigir para la Metropolitan Opera en Nueva York, así como orquestas y compañías de ópera de Viena, Hamburgo, Berlín, París, Roma, Nápoles, Barcelona, Buenos Aires…

La celebración desplegó música, bailes y voces fabulosas. Con Plácido Domingo escuchamos, entre otras, intervenciones notables: el aria Winterstürme , de La valquiria de Wagner, y The impossible dream , de El hombre de la Mancha de Leigh, una de sus favoritas.

Luego vendrían, ya hacia el final: Amor, vida de mi vida , de Moreno Torroba, y Júrame , de Grever. En estas últimas interpretaciones tuvo que ser arropado por la orquesta, quien lo cuidó bajando el volumen.