“La mexicana es una cultura que puede ser la más dulce o la más brutal”. Esta es quizás la máxima síntesis para comprender la idiosincrasia mexicana y también, por ser su espejo, para razonar a casi un siglo de brillante cinematografía mexicana. Esa fue la síntesis que el cineasta mexicano Guillermo del Toro ofreció en su conferencia magistral este domingo como parte del ciclo “Homenaje a la historia del cine mexicano por parte de sus creadores” en el Festival Internacional de Cine de Friburgo, que arrancó este fin de semana en Suiza.

El ciclo además estuvo integrado por la proyección de cintas mexicanas como “Los olvidados” (1950) y “El ángel exterminador” (1962), de Luis Buñuel; “La fórmula secreta” (1965), de Rubén Gámez; “Amores Perros” (2000), de Alejandro González Iñárritu; “Luz silenciosa” (2007), de Carlos Reygadas, y “Roma” (2018), de Alfonso Cuarón.

Apenas un día después de que en Cannes dos cintas mexicanas –“Noche de fuego” y “La civil”– fueran premiadas en el certamen Una Cierta Mirada y dos filmes internacionales de coproducción mexicana – “Annette” y “Memoria”– también salieran galardonadas, Del Toro habló para este certamen en Friburgo sobre los momentos que sentaron los fundamentos de la hoy sólida cinematografía mexicana.

Desde la Época de Oro que propició una etapa a la que llamó de cine comercial, que se diversificó en cine sobre espías, luchadores, ciencia ficción, musicales y terror, con cintas como “Nosotros los pobres” (1948), de Ismael Rodríguez o “El grito de la muerte” (1959), de Fernando Méndez, hasta la irrupción del cine independiente a inicios de la segunda mitad del siglo XX, con apellidos como Ripstein, Hermosillo o Cazals, Del Toro se mostró enciclopédico sobre las referencias que enlistó frente al público suizo. Así hasta llegar al momento contemporáneo del séptimo arte nacional.

“Ahorita, en el sexenio que se está viviendo, estamos en un momento en que el cine coincide con un abandono del apoyo que tenía ya una trayectoria de décadas y al mismo tiempo están surgiendo generaciones nuevas de directores y directoras muy interesantes. Afortunadamente, para mi generación, hubo también una labor de rescate cultural del cine mexicano”, refirió el ganador de dos premios Oscar.

Tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos

“Es muy permeable el tejido entre los inicios del cine mexicano y el cine de Hollywood”, explicó Del Toro para comenzar su vistazo atrás a la industria nacional. “Por ejemplo, hay un momento en que tuvimos a Roberto Gavaldón, a Fernando Méndez, a Chano Urueta y a Ismael Rodríguez en Hollywood. Gavaldón se fue a estudiar para dentista y terminó como asistente de Gregory La Cava. Fernando Méndez llegó de una manera mucho menos glamorosa; trabajó en sonido. ‘El Indio’ Fernández estaba trabajando de extra. Se empezaron a relacionar. Rodríguez sostuvo una amistad muy simbólica con Frank Capra hasta el final de sus días. Es decir, hubo una unión con Hollywood muy interesante. México siempre va a estar definido por esa cercanía, ya sea a favor o en contra”.

Asimismo, señaló que el Exilio español trajo a nuestro país una importante generación de técnicos, actores, directores y críticos de cine que ampliaron el abanico. Este fenómeno, aunado a los efectos de la crisis por la Segunda Guerra Mundial, permitió que el cine mexicano se consumiera mucho más en ambos lados del Atlántico y, con ayuda de una bonanza presupuestal, señaló Del Toro, generó un sistema de estrellas. “Todo eso propició un material para mitologizar al cine mexicano”, opinó.

El director de “El laberinto del fauno” no evadió aquel momento durante el echeverrismo donde la industria se politizó y el cine de la Época de Oro comenzó a vivir un declive, puesto que los temas, calificó, se volvieron desfasados. Esto, en gran parte porque el sindicalismo cinematográfico cerró sus filas y buscó proteger a los realizadores consolidados. Pero los temas del México tradicional ya no podían competir con las producciones hollywoodenses y europeas en el tiempo en pantalla.

La situación obligó a la reapertura de la industria que trajo una visión del séptimo arte que se afianzó como contestatario de la industria vecina, con una visión mucho más cercana al cine europeo por la impronta de cineastas como Jaime Humberto Hermosillo, Arturo Ripstein, Felipe Cazals o Jorge Fons quienes, dijo Del Toro, trabajaron bajo una convicción: “vamos a hacer cine contra el modelo americano”.

Un par de sexenios más tarde, el de José López Portillo, dijo Del Toro, fue “anti cine mexicano” que provocó una reacción independiente del quehacer cinematográfico, “un cine en el que yo empiezo, Alfondo Cuarón empieza. Comenzamos como asistentes de dirección, como sonidistas, lo que podíamos. Cuarón, por ejemplo, era famoso por ser un asistente de dirección con muy mal temperamento. Yo asistí a Hermosillo con efectos y a Ripstein”.

Asimismo, recordó cómo desde su juventud le tocó ser “un ínfimo” asistente de producción en una película que filmó el mítico Gabriel Figueroa y opinó que el mejor Luis Buñuel de la historia es el Buñuel mexicano. “En el Buñuel mexicano hay cosas irrepetibles justamente por la censura o la carencia”, dijo y amplió que “Buñuel fue un exiliado, como Hitchcock fue un exiliado. Sus miradas sobre el país que los acoge son interesantísimas, porque Buñuel, como surrealista, entiende el lado pánico de la cultura mexicana, el lado sublime”.

Y fue al hablar de Buñuel que Del Toro resolvió que este supo observar que “la mexicana es una cultura que puede ser la más dulce o la más brutal”.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx