La Ciudad de México es una locura. Pero diría Hamlet: una locura con método. Demoliciones, zanjas, baches: eso es ser chilango. Sin embargo, ha habido en distintas administraciones la voluntad de poner orden a todo eso. El problema es que una administración quiere negar lo que hizo la anterior: el hoy que unos hicieron lo tapan los otros.

Hacia la mitad del siglo pasado a nuestras autoridades se les ocurrió una idea genial: los ejes viales. La ciudad, que corría salvaje, se convirtió en una ingenieril cuadrícula urbana.

La idea: hacer una moderna urbe lista para los coches que millones de personas metidas a la clase media iban a comprar. No falló el plan por falta, sino por exceso: esos miles de coches hoy sueltan sus tóxicos efluvios en embotellamientos sin fin.

Varias de nuestras avenidas emblemáticas parece que siempre estuvieron ahí, pero no, se les ocurrieron a funcionarios metidos a urbanizadores.

Pongamos de ejemplo Insurgentes. En la foto se ve la avenida en obra a la altura de la calle de San Luis Potosí en la Roma. Es la calle de una ciudad pequeña. No hay edificios, ni carros. Apenas el American School construida en 1923 por Lewis Lamm. Dios bendito, quién iba a imaginar la hecatombe que es hoy Insurgentes, una sinfonía de cláxones y mentadas con su perfume de humo y su panorama de brillo automotriz.