Las damas porfirianas todavía existen. Apenas me topé con un grupo: bien vestidas, bien peinadas, maquillaje perfecto. Eran las mujeres del voluntariado del Hospital Español, por eso todas llevaban la misma mascada. Siempre he dicho que a las mujeres ricas se les distingue por su cabello y éstas no me desmentían: llevaban chongos elevados a pistola que eran verdaderas construcciones ingenieriles.

Las damas porfirianas son, por definición, de raza blanca y ricas, de abolengo. Deben parecer sacadas de una novela de Jane Austen (son las malas, of course) y dedicarse a tareas vivificantes como tocar el arpa o ser miembros de alguna beneficencia.

En la foto de hoy del Archivo Gustavo Casasola hay un ejemplo de damas porfirianas, vestidas a la última moda del fin de siglo XIX. Vestidos que cubren todo el cuerpo y sombreros exagerados, heroicos, hasta parecen parte de la realeza inglesa.

Las damas porfirianas no han dejado de existir ni dejarán de hacerlo en fechas próximas porque no se venido encima la dictadura del proletariado que soñaba Marx. No, señor, aquí hay clases.

Mis encuentros con damas porfirianas son contados, pues soy un alegre miembro de la clase media y en este país de estratos en el que vivimos, las clases no se mezclan con facilidad. ¿Les tengo envidia a las damas porfirianas? Yo diría que no, aunque también diría que sí. No: que horror tener una vida de costurero y juntas benéficas. Sí: qué tranquilidad no tener que preocuparse por el dinero. Estoy generalizando y qué terrible generalizar, pero así imagino sus vidas. Ay, las damas porfirianas.