Como si hubiera nacido ayer 1 de noviembre, y todavía se levantara en su casa de la Calle de los Héroes a tomar su vaso de agua de Seltz antes del desayuno, Ignacio Manuel Altamirano, harto de que las celebraciones de que los días de difuntos fueran excusa para la frivolidad y pretexto para la holgazanería, decidió ponerse a  escribir algo. Corría el año de 1880 y era un día como hoy.

Así lo hizo y comenzó así:

“En los antiguos tiempos, es decir antes de la Reforma, México se despertaba el 2 de noviembre al funeral clamor de las campanas que doblaba en todas las iglesias, recordando que era el día de la conmemoración de los fieles difuntos. ¡Ah! ¡qué tristeza y qué emoción causaba ese incesante y funeral clamoreo que comenzaba en la Catedral y que se repetía en los cien campanarios den los conventos y en todas las iglesias, parroquias, capillas y ermitas que bordaban la ciudad de oriente a poniente, y de norte a sur! Era una incesante vibración acompasada, ronca, lúgubre, que daba origen a variados sentimientos. La tristeza, el pesar y el desaliento se apoderaban  del corazón, como el cortejo pavoroso de los recuerdos del día. Porque ¿quién no había perdido alguna persona amada, cuya memoria venía a evocar la voz de la campana? ¡Era, en fin, una invitación al recogimiento, al recuerdo, a la plegaria, a las lágrimas, al dolor! ¡Tristes y respetables costumbres cristianas de la piadosa ciudad de México!”

El texto  se va convirtiendo en crónica. Deriva en el relato de un recorrido personal por algunos de los panteones de la ciudad. El cronista decide conseguir un carruaje de alquiler porque se niega a tomar alguno de los nuevos y “abominables vehículos que se pagan a peso o a dos pesos la hora”. Quiere visitar los nuevos cementerios: primero el Panteón Francés, el de la Piedad:   por el mismo rumbo, al  de Dolores “en las colinas de Tacubaya; los dos de Guadalupe, y el de San Fernando “cerrado ya para los nuevos pobladores”. Advierte su deseo de visitar Campo Florido al sur de la ciudad y el de los Ángeles al noroeste, “donde están sepultados los huesos de los muertos a quienes tienen que llorar los mexicanos”.

Conmovido y curioso el maestro Altamirano, como un turista recorriendo los caminos de la ciudad de la México, emprende el paseo.  Mira pasar a las familias que llevan cirios, crespones y flores negras, “coronas de siempreviva o de ciprés, cestos con comida y frutas” ... y enormes jarros de pulque. Pulque por donde quiera. A veces cargado en odres a lomos de una mula, en los morrales de varios cargadores, entre los harapos de mujeres y hombres o en garrafas llevadas por ancianos y jóvenes vestidos de fiesta. El maestro comienza a escandalizarse de que todos lleven en las manos “el embriagante líquido” ¿qué no se supone aquella era “una procesión del dolor?

A cada paso la multitud se detiene en algún puesto de comida: de fruta, churros, pan dulce, tamales o verdaderas cantinas surtidas de licores. No puede entrar al Panteón Francés. Se retira acosado por los empujones del gentío  y entre los caballos de los cincuenta carruajes que esperan“al mundo elegante” porque ellos también tienen a sus muertos. Hace una parada en el panteón de la Piedad. La gritería que escucha le anuncia que el dolor “había llegado al delirio entre los sepulcros” y su crónica  relata que, en efecto, la muchedumbre que velaba junto a las tumbas, después de haber orado, comido ya tendido sus manteles junto a los sepulcros o en la misma tierra, para los postres  circulará, otra vez, un  jarro de pulque.

“Se habían derramado sobre las lápidas lágrimas de pulque, y  comenzó la orgía funeral”, escribe Altamirano. El blanco licor “había exacerbado los pesares, cuenta: “Se hablaba recio, se sollozaba, se maldecía, se juraba, se desesperaba; el amor físico se burlaba de la muerte y parece que, en medio de este frenesí, la cólera, los celos, los deseos, todas las furias que pueden agitar el corazón humano, agitaban sus rojas antorchas, eclipsando la tenue luz amarillenta de los cirios y los sepulcros”. El sol se pone y la muchedumbre empieza a salir, pero no como sale una muchedumbre abatida y llorosa, sino como se desencadenaban las turbas  en la antigua y salvaje Roma: grupos de mujeres desmelenadas aturdiendo  con sus cantares y espantando con sus gestos, hombres que riñen y amenazan pero terminan  bamboleándose  hasta caer”. La calzada de la Piedad  se convierte en un pandemónium  y  “por todas las calles de la ciudad circulaban, todavía pasadas las doce, los grupos de  afligidos, cantando y bebiendo.” La desazón del cronista se nota. Se respira su molestia furibunda cuando describe que ni los 500 gendarmes –muchos en “pura camisola”-y con caballos corriendo, pueden hacer algo para restaurar en orden. El maestro sufre.

La  crónica termina en el mismo talante del chocolate amargo que seguramente bebió aquella mañana. Al final, un apunte desazonado:: “el extranjero que hubiera presenciado tal espectáculo, no habría podido menos que resumir sus impresiones del día, diciendo:

"¡Qué borracho es el pueblo de México y qué mala voz tiene!”