León es un hombre como los de antes. Igual se le ve en la ciudad, trabajando de arquitecto, que de leñador en el cerro. También maneja varias armas de fuego, cuchillos, motosierras, pues le gusta la caza y perderse por días en el bosque. Alto, delgado y fuerte, monta lo mismo a caballo que una 4 por 4 o bien una motocicleta. Hasta hace dos o tres años dormía en una cabaña en el monte, pero incluso quienes se juegan a diario el todo o la nada saben que vivir solos en el campo mexicano se ha vuelto una insensatez.

Estamos en una casa en Avándaro que le renta otro amigo de cuando estudiábamos, tres décadas atrás, en el Colegio Madrid. Mientras León prepara la cena y abre una botella de vino de miel de su propia cosecha, yo me burlo ?diciéndole que se ha vuelto un blando, que de ser Indiana Jones se convirtió en Mary Poppins.

León no cae en la provocación. Pero para la segunda botella, ahora de vino tinto de la Rioja, nos ponemos sentimentales, pues los hombres de verdad también lloramos. A mis preguntas, cuenta cómo, de vivir por más de una década en una cabaña monte arriba, acabó de vecino en donde los más ricos del país tienen sus casas de campo.

Me habla de su padre, de cómo éste hizo fortuna, de lo mucho que le gustaba el trago y de la manera?que su segunda esposa se quedó con casi todos sus bienes.

Cuando todavía eran pareja dice León , la hija de puta contrató a un par de tipos para secuestrarlo y meterlo en el manicomio. Ahí le hicieron unos supuestos exámenes que lo descalificaban mentalmente. Al final logró llamarme por teléfono, fui a sacarlo y él se separó de aquel engendro.

León estudió arquitectura y empezó a ganar buen dinero. En 1994, sin embargo, tras el Error de Diciembre, la construcción en México dejó de dar dividendos. Por esa época falleció su papá y le heredó a él y a sus dos hermanas un patrimonio importante en dinero y propiedades, pero la segunda mujer, con el papelito de que no estaba bien de sus facultades mentales, peleó la sucesión testamentaria.

En ese pleito, Marcial, perdí?cinco años de mi vida. La cabrona?compró a un par de niños, mis supuestos medios hermanos; al juez e, incluso, yo creo que a mi abogado. El caso es que se quedó la herencia y sólo recuperamos mis hermanas y yo un terreno de 400 hectáreas, en el pico de una montaña, que de aquí está a hora y media.

León tramitó entonces la licencia para aprovechar su parte forestal y, como en México ningún particular a menos que sea ganadero puede tener un terreno de más de 300 hectáreas, se fue a Israel a estudiar apicultura, ya que las abejas son consideradas ganado en la reforma agraria. Para el 2000 también se convirtió en experto en poda y derribo de árboles, de manera que decidió explotar las tierras de la familia.

Una mañana subí mis pertenencias a la camioneta y me fui al terreno. Mucha gente pensaba que no aguantaría más de una semana, pero me quedé allá arriba poco más de una década. Levanté una cabaña pequeña para vivir, otra grande para el taller de carpintería, hice caminos, un pequeño lago pluvial y, aunque me robaron en dos ocasiones y me acostaba con las armas cargadas, durante esos 10 años dormí siempre tranquilo.

Pero, tras la guerra de Calderón y la avaricia insaciable del nuevo PRI, casi todo México se volvió peligroso, incluso para Indiana Jones. León, por ejemplo, tuvo que abandonar la soledad de la montaña y su forma de vida porque los malos lo cercaron y, cualquier noche, sufriría un ataque.

En terrenos aledaños al suyo?empezaron a aparecer cadáveres. Así que ahora vive en Avándaro con sus abejas, su perro y aquí estamos echando panza, bebiendo vino, camuflados de ricos y con la protección del Ejército, la Marina y las policías Federal, Estatal y Municipal. A mí, además, me cuida el propio León.