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Arte e Ideas

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Crónicas de una ?ciudad que se repite

Luis González Obregón, escritor guanajuatense, dedicó gran parte de su obra a la descripción de la Ciudad de México.

Aunque nació en Guanajuato, encantador lugar de historia y misterio, de balcones y callejuelas que inspirarían a cualquier escritor, Luis González Obregón dedicó la mayor parte de sus oficios como escritor a describir la Ciudad de México. Se sabe que vino al mundo en el imperial año de 1865, cuando los franceses habían dejado de tocar la puerta pidiendo permiso para entrar y ya habían invadido hasta la cocina, y que muy desde niño miró cómo se convulsionaba la patria construyéndose y destruyéndose todo el tiempo. Quizá por ello estudió historia, leyó todo lo que pudo, perfeccionó su gramática y sintaxis, estudió ciencia y arte y hasta le dio por ser maestro. Puede que el hecho de haber sido alumno de Ignacio Manuel Altamirano haya influido en él de manera determinante. Fue él quien lo inspiró a seguir el camino de las letras y a buscar en la Historia de México muchas de las razones de la patria.

Ya determinado a enseñar y a compartir intereses, González Obregón fundó en 1885, con algunos de sus discípulos, el Liceo Mexicano Científico y Literario. Después comenzó a publicar artículos semanales en el periódico El Nacional, que versaban sobre el pasado anecdótico de la Ciudad de México y que tuvieron gran popularidad. Ya para el año de 1891 estaba publicado su libro México viejo y prefigurado otro volumen que se llamaría Las calles de México y le daría fama permanente.

De vista precisa y ojo crítico, González Obregón logró atinar la respuesta a cuáles periodos y temas podrían ser más interesantes para el público lector. Se dio cuenta, por ejemplo, que el año en que México comenzó su lucha emancipadora se convertiría en un tema recurrente. Y que cronistas, periodistas, escritores y público en general estarían encantados de leer cómo era la vida en aquel tiempo, más allá de la lucha entre caudillos y virreyes. Y se puso a escribir. Comenzando por la memoria urbana, en su obra La vida en México en 1810, González Obregón cuenta:

Más de cuatrocientas calles y callejones tenía entonces la ciudad de México, que ostentaban en las esquinas, y en placas de barro vidriado con negros caracteres del siglo XVIII, los nombres que les habían impuesto; y eso sí, la mayor parte eran anchas, espaciosas y tiradas a cordel.

Crecido también era el número de carros que diariamente recorrían las calles, incomodando con el ruido infernal de su tráfico, cimbrando los edificios con lo pesado de sus cargas, estropeando el empedrado, y causando no poca alarma a los buenos habitantes. Los carros iban tirados por cuatro mulas, colmados de piedras, sacos de harina, tercios de azúcar, barriles de vino o pulque, y los más de una porción de vigas, y encima de ellos el conductor, que conservando un perfecto equilibrio con las rodillas, un poco encorvado y separados los pies, con la una mano dirigía los brutos y en la otra llevaba una vara larga con su corderillo, que en el remate tenía atada una pequeña piedra, la que le servía de látigo. Los cargadores que transitaban por las calles el bendito año de 1810, inspiraron al buen vecino tremebundas catilinarias que les hacían burla por ser estorbos y detener el tráfico .

Parecería que nada ha cambiado y González Obregón, además de buena crónica, escribía grandes presagios. En su texto no se le olvida nada y va de las calles atestadas y ruidosas a la comida callejera. Eso sí, con estilo cuidadoso y nombres y palabras adecuados de la época.

Imaginad al vendedor de asaduras sancochadas, manchar el flameante levitón de un almibarado petimetre; a la chimolera, ungir con sus albóndigas o mondongos hirviendo, la mantilla airosa o la ajustada basquiña de una currutaca; al conductor de vigas, agobiado por el peso, derribar a un sesudo Oidor de pelucón, gorguera y garnacha , escribió

No se olvida tampoco de la noche y sus peligros. Ni de que en aquellos tiempos de confusión revolucionaria nadie sabía distinguir héroes de bandidos y el dictamen de los gobernantes era no salir de casa después de ciertas horas. En un simple párrafo el lector mira desfilar todos los horrores y costumbres nocturnas de nuestra ciudad hace más de un bicentenario de años.

Un vecino ocioso u ocupado que transitara las calles antes del toque de queda, se vería expuesto a que el buen sereno, trepado en alta escalera, al encender los faroles del alumbrado le propinase un lustroso baño; al encuentro desagradable con el carro nocturno, formado por horizontal barrica, montada sobre un eje y dos ruedas, que arrastraba paciente mula dirigida por asqueroso conductor; el cual, al son de campana había llamado a los que tenían que vaciar sus pestilentes cazos en aquel horroroso coche; coche que iba escurriendo líquidos; a tropezar por último con el Rosario de Ánimas, cuyos cofrades acompañaban el monótono tilín, tilín, de su campañilla, con voces plañideras con que pedían se rezara un Padre Nuestro y un Ave María por el descanso eterno del alma de Don Fulano de Tal; y si el vecino mencionado excursionaba después de que había sonado la queda, podría ser víctima de un robo, de un asesinato o de caer en garras de la ronda .

Si seguimos leyendo aprendemos, gracias a la pluma de tan puntual cronista que los ciudadanos, tanto los que dormían en el duro suelo como los que descansaban la cabeza en suaves almohadones de plumas, padecían de insomnio crónico. Durante toda la noche, la incomodidad del ruido de las campanas de los conventos, ya fuera de monjas o de frailes, no se detenía y el aullar tristísimo de un perro callejero o el maullido de un gato enamorado se repetían en tantas esquinas, a tal grado de ruido que desvelaban hasta al más fiel devoto de Morfeo. Nuestra ciudad de entonces, justo como la de hoy, nunca dormía. Y parece que no había tisana, ungüento, canción de cuna o borrachera que hiciera posible un largo sueño. Además, muy temprano en la mañana, justo cuando el sol saliera, las buenas y malas noticias de un país que ya quería ser independiente, levantarían con sus gritos a todos los ciudadanos.

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