Sergio González Rodríguez sabía lo que era el miedo, con agudeza lo describe al inicio de La pandilla cósmica. En su obra, sin embargo, éste queda fuera. Lo que predomina en sus ensayos es un afán de comprender, de ir más allá de las apariencias y ahondar en el fondo de la realidad por más oscuro que sea. Documentar, sacar a la luz las conexiones entre fenómenos evidentes y ocultos, atravesar dimensiones aparentemente inconexas y entrelazarlas, pasar de lo local a lo global y volver al punto inicial para iluminar su sentido y reverberaciones; hacer literatura y periodismo a la vez, sin trastocar la verdad en sus ensayos, explorando sus repliegues en sus novelas, son sólo algunos de los aciertos métodos, principios que hacen de la obra del escritor y periodista un conjunto original e imprescindible en estos tiempos de discursos vacuos y respuestas fáciles.

El autor de Huesos en el desierto (2002), El hombre sin cabeza (2009), Campo de guerra (2014) y Los 43 de Iguala (2015) contrapuso al horror, que registra y explica en ellos, la búsqueda de la verdad y la confianza en la escritura. Lejos del amarillismo, la estetización de la violencia o la conmiseración, dio cuenta de las acciones, omisiones y complicidades que han hecho posible ?la normalización de la barbarie?en México y su expansión en gran parte del mundo. Desde 1995, cuando empezó a investigar el feminicidio en Ciudad Juárez, captó el significado de la crueldad extrema y su impunidad para la vida social y política. A la vez que aludió a las dimensiones del mal detrás de los asesinatos seriales de mujeres, los situó en una sociedad desigual y misógina, cruzada de premodernidad y ultramodernidad , en un territorio disputado por grupos de poder criminales o legales , y en un sistema político de instituciones vacías, donde prima la impunidad, las autoridades se limitan a administrar los problemas, y el Estado de Derecho no existe.

Huesos en el desierto y el ensayo The Femicide Machine (2012), son clave para el estudio del feminicidio. El primero es un ejemplo de periodismo valiente y responsable.?Pese a las amenazas y la tortura que él mismo sufrió por sus investigaciones, el autor nombra a funcionarios negligentes o corruptos y señala la necesidad de investigar a hombres poderosos. Solidario y sensible, da también nombre a las víctimas, voz a sus familias.

En sus ensayos posteriores, el escritor ahondó en la exploración y explicación de la barbarie que hoy campea en el territorio nacional. Documentó la expansión de la máquina feminicida en máquina necropolítica, la culminación de lo i-legal en lo a-legal; se acercó?al mal encarnado en un sicario no monstruo, sino pieza de un engranaje social atroz; encuadró la guerra contra el narco en una dimensión geopolítica que también explica la barbarie que ha destruido Irak, Afganistán; amplió la perspectiva acerca de los crímenes de Estado en Iguala, situándolos en un contexto de pugnas territoriales que subrayan su gravedad. Desarrolló así una reflexión acerca de los usos de la guerra y la tecnología y la consecuente pérdida de lo humano, bajo la vigilancia y la violencia.

Además del escritor comprometido con la verdad y la justicia, del periodista valiente y del novelista que cruzó las fronteras entre ensayo y ficción, sueño y realidad, quienes lo conocimos perdimos a un interlocutor inteligente y generoso del que siempre se aprendía. Sergio compartía por igual brillantes críticas literarias que complejas reflexiones sobre sus lecturas y escritos en curso, o anécdotas inverosímiles que resultaban ciertas. Fue además un amigo leal con quien burlarse de la decepción ante las maquinaciones del poder, reírse de los espías , indignarse por los políticos, disfrutar rockolas, o imaginar una novela de la que sólo existiría una terrible polémica entre críticos, desde luego imaginarios.