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Construir y destruir: ?fábula de un renacimiento

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Por Cecilia Kühne

Muy cierto parece, como dijo Calvino, que la verdadera naturaleza de las cosas sólo se revela en la destrucción. Así esta ciudad, que nació de la demolición de otra.

Ojos atónitos lo vieron y todos los ánimos se llenaron de polvo. Bajo las ruinas de la sepultada Tenochtitlán quedaba, no sólo el hedor de miles de cadáveres tras el infausto sitio, sino también las ganas de huir de la pestilencia y una duda angustiosa que manifestarían por escrito muchos testigos: para destruir tantas cosas malditas ¿era necesario acabar con tantas cosas buenas que ya nunca serían?

La respuesta tardó mucho tiempo en mirarse y ser sabida. El mismo Hernán Cortés, en el lejano año de 1522, le explicó al rey sus planes: que esta ciudad que en tiempos de los indios había sido señora de otras provincias, también era razón que lo fuere en tiempo de los cristianos y que como Nuestro Señor había sido ofendido con sacrificios y otras idolatrías aquí, fuese servido de la buena manera y que su santo nombre fuese honrado y ensalzado más que en otra parte de la Tierra .

Poniendo manos a la obra, con ánimo de gloria y prisa por la riqueza, los conquistadores emprendieron la última gran faena: arrasar uno a uno teocallis y edificios, escombrar el terreno, derrumbar muros y paredes que quedaran en pie, destruir ídolos y cegar fosos y canales. Después encenderían grandes fuegos para purificar la pestilente atmósfera. Triste, el desamparo de todo lo perdido se pintaría además con humo negro.

Pero el que la hace la paga. Para levantar de nuevo lo que se había demolido -dice Luis González Obregón en su libro México viejo- , el conquistador tuvo que destruir, pero los que lo ayudaron en tan ingrata tarea sufrieron el castigo, pues ellos mismo tuvieron que edificar. Una ciudad distinta habría de surgir para que el Viejo Mundo se alegrara de haber encontrado uno Nuevo. Y habría que levantar entre tanta desolación, a la capital que habría de ser de la Nueva España, el triunfo más grande del imperio español.

Destruir para fama de Carlos V

Siendo la colonia más admirable del rey Carlos V, la Nueva España adquirió fama, prestigio y fue objeto de estudios, inversiones y de las visitas más notables. Alejandro de Humboldt, preciso cual científico, florido como artista y elocuente como un sabio, viajó a México en 1806 y no sólo se ocupó de la geografía, el censo, la arquitectura, la historia y la naturaleza de esta tierra. También de su denominación lingüística –muy aparte de la impresión que le causó llegar a la ciudad virreinal terminada, de hermosura nunca vista a la que bautizó como Ciudad de los Palacios .

El nombre de Nueva España, - escribe en su Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España- no fue dado al principio, en el año de1518, sino en la provincia de Yucatán. La denominación de Anáhuac no debe tampoco confundirse con la de Nueva España. Antes de la conquista se daba el primero de estos nombres a todo el país comprendido entre los grados 14 y 21 de latitud. (...). El nombre de México es de origen indio. En lengua azteca significa la habitación de Dios de la guerra llamados Mexitli o Huitzilopochtli, sin embargo antes de 1530 se llamaba más comúnmente a aquella ciudad Tenochtitlan que no México. Cortés, en su primera carta dirigida al emperador Carlos V en 1520, extiende ya la denominación de Nueva España a todo el imperio de Moctezuma; el cual decía, se extendía desde Panamá hasta la Nueva California, pero según las sabias investigaciones del abate Clavijero nos han mostrado que Moctezuma, el sultán de Tenochtitlan, no tenía bajo su dominio sino un espacio de país mucho menos extenso

Durante algunos meses –cinco, dice González Obregón- , Cortés y sus hombres decidieron afincarse en Coyoacán, que era uno de sus sitios favoritos. Ya descansados establecieron escalafones de autoridad y formas de gobierno. Una de las primeras medidas llevadas a cabo por el Ayuntamiento, fue formar la traza, es decir el plano de la ciudad, la forma en que debía construirse, señalando las calles y plazas, el terreno para las habitaciones y el lugar de las casas de Cabildo, la fundición, la carnicería, la horca y la picota, que eran las primeras que se procuraban establecer, conforme a las pocas exigencias en aquella naciente sociedad.

Repartiendo la ciudad

Puede leerse en México Viejo, lo siguiente:

La traza estuvo limitada hacia el norte por las calles llamadas hoy del Carmen, Apartado, Pulquería de Celaya, Puerta Falsa de Santo Domingo, Espalda de la Misericordia Cerca de San Lorenzo y Puente del Zacate; hacia el poniente por esta última calle y las Rejas de la Concepción, Puente de la Mariscala, Santa Isabel, San Juan de Letrán, Hospital Real y primera, segunda y tercera de San Juan; hacia el sur limitada por Las Vizcaínas, Tornito de Regina, San Jerónimo, Cuadrante de San Miguel, Buena Muerte y San Pablo, y hacia el oriente, por las de Muñoz, Curtidores, la Danza, Talavera, Santa Efigenia, Alhóndiga y calles de la Santísima, hasta terminar en el callejón del Armado.

Una vez hecho el trazado se repartieron terrenos a los que quisieron avecindarse una a cada uno, con la obligación de edificar, y dos a cada Conquistador. Se sabe que Hernán Cortés se apropió de muchos solares y distribuyó terreno para que edificasen sus amigos, sus criados y adeptos.

Las calles de la ciudad se comenzaron a formar pero pocas tuvieron nombre propio. Para encontrar direcciones o personas se decía: fulano vive frente a las casas de Alvarado, o junto a las del bachiller Alonso Pérez o atrás de los solares de Casanova de Grijalva o de Melchor. Empero –sigue diciendo Luis González Obregón- había algunas que ya lo tenían como la de Tacuba, Tlacopan y la de Donceles que existen todavía con sus primeros nombres.

Tuvo también aquella primerísima ciudad novohispana tres mercados: uno en la plaza mayor, otro en la de Tlatelolco y el tercero entre Santa Isabel y la Alameda, llamado este último tianguis de Juan Velázquez . Notable también la ciudad por el doble caño de agua que surtía a la población y que venía desde Chapultepec. Tanta agua, dijeron otros viajeros, que nunca dejaba sedienta a ninguna garganta.

Muy cierto parece, como dijo Calvino, que la verdadera naturaleza de las cosas sólo se revela en la destrucción. ?Las propias piedras revelan la historia de todos los inicios, daños y las interrupciones. Pero también la de todo lo que vendrá y cada nuevo renacimiento.

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