Una pareja de estafadores atrapados y un agente del FBI ambicioso forman una improbable alianza. Estados Unidos en la era Carter: crisis económica, corrupción política y una cadena de jugarretas en las que la mano ganadora no tiene dueño. De eso trata Escándalo americano, o American Hustle, la cinta de David O. Russell.

La cinta que, junto a Gravity, encabeza la lista de nominaciones al Óscar es una tremenda decepción. Es un enredo tan torpemente desatado que a media cinta uno ha perdido total interés en lo que sucede en pantalla. Hay un triángulo amoroso entre los muy bellos Bradley Cooper, Amy Adams y Christian Bale, pero ninguno de los personajes (salvo el de Bale, quizá) es lo bastante atractivo como para seguir la trama. Es un desastre que se salva de la pérdida total gracias a algunas actuaciones secundarias y a Jennifer Lawrence y su peinado de mujer maligna.

LA TRAMA

Irv Rosenfeld (Bale) es dueño de una cadena de tintorerías, pero su verdadero negocio es la desesperación: sus presas son inversionistas en las últimas, defraudadores y apostadores sin blanca que recurren a él como último recurso. Promete prestarles dinero, pidiendo una comisión de 5,000 dólares, y después sólo espera a que la policía, los deudores o la mafia se encarguen de su cliente. Dinero fácil arrancado de las manos de hijos de perra. Irv no es un tipo especialmente malo ni listo. Es simple supervivencia.

Su socia y amante es Sydney Prosser (Amy Adams). Syd se hace pasar por una aristócrata inglesa para atraer víctimas de mayor calibre. Una de ellas resulta ser un policía encubierto: Richie DiMasso (Cooper), agente del FBI con ganas de arreglar, para su propia gloria, el desastre que la corrupción política ha traído al país.

Atrapados in fraganti, Irv y Sydney hacen un trato con DiMasso: le ayudan a realizar cuatro arrestos de peces gordos y quedan libres. Juntos idean una estafa que involucra a un jeque falso, los casinos de Atlantic City y un bienintencionado alcalde (Jeremy Renner) dispuesto casi a todo con tal de salvar a su ciudad.

El asunto se complica cuando DiMasso quiere morder más de lo que puede digerir y además se enamora de Sydney. ¿Podrá Rosenfeld sobrevivir a las tonterías de DiMasso? Y todo se pone mortal cuando entran en escena la mafia y Rosalyn (Jennifer Lawrence), la esposa chiflada de Rosenfeld.

Suena bien pero, ay, qué aburrido es todo. La cosa cobra cierta vida gracias a Lawrence (su actuación se reduce a una serie de chistes fáciles: hace el quehacer con un peinado de tres pisos mientras baila al ritmo de Live and Let Die . Chistes fáciles, sí, pero funcionan) y ciertas actuaciones secundarias: Louis C.K., Robert De Niro, Shea Whigham y Jack Huston (los dos últimos, estrellas de Boardwalk Empire. Los actores de esa serie están en todas partes. ¿Por qué se habla tan poco de ella?).

Hay buena música y los peinados están chistosos. Nada más. Para eso mejor voy a bailar al Patrick Miller.

ESTO ES UN ROBO

El cine de estafadores es todo un sine qua non del cine hollywoodense. No sólo porque las historias de pícaros que se salen con la suya son muy entretenidas, sino porque el estafador es una figura esencialmente gringa. Individualista colgado de las rebabas del capitalismo, el estafador es una de las máximas expresiones del self-made man: contra el gobierno y la moral, obtiene lo que quiere engañando, por regla general, a personajes que abusan del poder.

Para que una historia de estafas funcione debe cumplir alguna de estas dos condiciones, o las dos juntas: un fraude ingenioso y complicado, pero no tanto que la audiencia no lo pueda seguir (vamos, queremos ser cómplices del héroe), o los protagonistas son tan simpáticos que, independientemente del fraude, queremos seguirlos a donde sea.

El gran clásico del género es El golpe: los imbatibles Paul Newman y Robert Redford acaban timando hasta al público: una belleza. Un ejemplo más reciente es Ocean’s Eleven, con George Clooney, Brad Pitt y Julia Roberts: la trama es un absurdo elaborado, laberíntico, pero el poder de seducción de Clooney y compañía es genuino.

David O. Russell parece querer huir de estas reglas. Sí, hagamos una cinta de estafadores donde ninguno de los personajes es agradable y en la que el timo sea simple, aburrido y al mismo tiempo difícil de seguir. Predeciblemente, eso es más aburrido que un paseo a una fábrica de dedales.

La crítica estadounidense y la Academia aman Escándalo americano. Que este bodrio sea más aclamado que El lobo de Wall Street (otra joya del género de estafadores) me parece el verdadero escándalo.

concepcion.moreno@eleconomista.mx