No sé qué digan los uamitas y quienes no lo son sobre la Casa Abierta al Tiempo. La UAM, como todas las universidades públicas, es nuestra. Es decir, patrimonio de la nación. Semejan al sistema de salud, a una reserva ecológica o un sitio histórico. Pero en el mapa de la educación superior, no pocas sufren. Están en lo profundo del pozo. Otras se salvan de la debacle. Unas más brillan con orgullo, como la nuestra. Para que sus beneficios se multipliquen, la UAM tiene que cambiar. Soy de los que aspiran a que el nuevo rector general intente la cirugía que demanda su cuerpo institucional. Deseo que la Junta Directiva así lo entienda y designe a Norberto Manjarrez Álvarez, actual secretario general.

Veo un grave problema gene-racional por resolver. Me crié en la UAM. He ido y venido a lo largo de 36 años. Llegué de 20 veranos. Tengo 56. Maestros y autoridades de entonces siguen en pie de faena. Sin duda, tienen merecido estar activos. Es parte de la vida universitaria. Pero sabemos que no pocos ya no deberían seguir en esos frentes. Que el ingreso de nuevos académicos debería ser más intensivo. Que los cuerpos directivos imponen mayor juventud. No entiendo a quienes se oponen a establecer límites de edad para ejercer cargos universitarios. Lo que se requiere es un nuevo modelo de retiro; un programa que aproveche no la pericia para la grilla, sino la experiencia. Una gobernanza transgeneracional.

Hay un mito a derrumbar: que cuatro años como rector general son suficientes. Como Rector de Unidad. Esta cirugía es impostergable. La reelección es viable. La Junta Directiva es la garante. Para hacer posible esta reforma, es menester ampliar los requisitos para ser rector. Subir el grado académico a maestría, la solvencia de la obra propia, el ejercicio de otros cargos universitarios en un tiempo y edad determinados. No menos importante es transformar los consejos académicos y el colegio académico. Llevan años presos del asambleísmo ideológico. Hay traumatismo. Urge sanarlos.

Entre los padecimientos de la UAM están los administrativos y burocráticos. El bisturí demanda una reingeniería emocional. El amor propio de la universidad tiene que rehacerse. Renovar votos. Para ello trabajadores sindicalizados, académicos y autoridades tienen que proponerse una cultura laboral moderna, de la mano de un estudiantado actuante. Juntos deben ir adonde sea necesario a efecto de obtener los recursos para este cambio. Hay que reajustar todo en las plazas de trabajo, en los contratos, en los manuales, en los servicios. Al luchar la UAM por más asignaciones, igual empeño debe poner en la generación de recursos propios. El Patronato tiene una deuda con la comunidad: por principio, una fundación de altísimo nivel.

Estoy involucrado en la política cultural de la UAM. Es un área muy desprotegida. Un campo sustantivo que demanda ideales e innovación. Articular a las unidades y dar un rostro férreo a la nación. Mucho de ello lo puede lograr a través de la economía cultural. La presencia del Grecu tras ocho años de labor, esperaría que las nuevas autoridades le impulsen más de lo que lo hizo Salvador Vega, tanto como rector de Xochimilco como general.

La UAM no tiene por qué ser la excepción del coliseo político. Todos los candidatos son importantes. La Junta Directiva sabe más que yo del análisis que impone la elección del rector general. De no ser víctimas de presiones y acuerdos. De nostalgias de poderes que, en revancha, quieren volver a los controles. La trayectoria de Norberto Manjarrez Álvarez y su pensamiento son garantía de la nueva etapa que requiere la UAM.