La primera vez que la padeció fue a los 18 años mientras jugaba un partido de futbol. De pronto, de la nada, un dolor brutal, seco, ardiente, metálico, le recorría la mitad del rostro izquierdo hasta la garganta. La crisis duró media hora y así como apareció, desapareció. El neurólogo determinó que se trataba de una neuralgia del trigémino y que no tenía cura. Los dolores se repitieron cuatro veces al día durante tres meses.

A los 23 años, aquella supuesta neuralgia por poco lo mata. Desesperado por el dolor, hizo citas con médicos y charlatanes que, sin tener idea de qué enfermedad se trataba, le recetaron cualquier cantidad de venenos. Cuando la crisis se detuvo, era adicto a diversas sustancias químicas, tanto así que el último neurólogo que lo atendió en ese entonces, tras hospitalizarlo, lo quiso meter en el manicomio.

Su padre, sin embargo, dejó que el hijo tomara la decisión sobre su futuro y, una vez que éste determinó que prefería la casa a la casa de la risa, el progenitor resolvió que él lo iba a curar. Lo primero era desintoxicarlo. Al día siguiente lo llevó al club a correr, al vapor, a desayunar como náufrago, a la librería, a comer como pelón de hospicio, al cine, a cenar como troglodita y dormir y, a la mañana siguiente, la jornada se repitió con ligeras variantes: en vez de correr, nadar; en vez de cine, teatro. Pero antes de una semana el muchacho pidió esquina y se encerró en su habitación para dejarse morir.

Un mes después, su madre habló con él. Le pidió que fuera a ver a un último médico, al psiquiatra que la atendía. Éste, en pocos días, si bien no le curó una depresión monopolar atípica, sí le devolvió el gusto por la vida e, incluso, luego de varios años de recetarle antidepresivos hubo una época en que consumía treinta y tantos diariamente , le permitió dejarlos de tomar.

A los 32 años regresó el dolor. Su pareja lo llevó con el primer neurólogo, un viejito que ya atendía sólo en su casa. En esta ocasión, el galeno le dijo que se había equivocado, que la supuesta neuralgia del trigémino no era tal, sino algo que se conocía como cefalea en racimos y que, dada su rareza y las pocas personas que la sufrían, los laboratorios médicos no investigaban para encontrar su origen y cura. El doctor le prohibió los analgésicos y le recetó un tipo de cortisona y un vasodilatador sanguíneo que, una vez terminado el tratamiento, le abortaron la crisis.

Pasó el tiempo, volvió a tomar antidepresivos y cuando tenía alrededor de 40 años, la cefalea en racimos, acuminada, histamínica, de Horton, en salvas, el mal del suicida o del reloj nombres que se volvieron conocidos gracias a internet , le retornó con tal rudeza que incluso el oxígeno, que es el medicamento más efectivo para cortar este dolor, le dejó de servir. Acabó en el hospital. Ahí, tanto su psiquiatra como su nuevo neurólogo le cortaron la crisis con cantidades industriales de cortisona, vasodilatadores y opiáceos. Su memoria quedó destrozada, pero vivir sin dolores en el rostro se volvió un gozo por sí mismo.

La bestia así la llaman quienes la padecen regresó dos veces más. La primera hace cinco años y, si bien la crisis duró medio año, los dolores bajaron de intensidad y los abortaba con oxígeno. La segunda, hace poco más de un mes y, ahora, sabedor que no hay novedades médicas al respecto, optó por automedicarse con la receta de su primer neurólogo.

Así, al surgir los primeros brotes de dolor, tomó la cortisona y el vasodilatador que, en efecto, detuvieron la cefalea, mas no su sombra que le hace saber que ahí está, oculta, agazapada, lista para atacar en cualquier momento. Pero si los dolores vuelven una vez terminado el tratamiento, experimentará con los hongos alucinógenos, pues la psilocibina les ha servido a varios pacientes para vencer a la bestia.

[email protected]