En 1969 Rosario Castellanos le escribió a los Reyes ?Magos una carta en la que les preguntaba cómo explicar la triste situación del país. Con elisiones y alusiones necesarias bajo un régimen autoritario, se refirió a los hechos entonces recientes que preocupaban a la sociedad y a intelectuales y escritores progresistas como ella: la tragedia de Tlatelolco, la represión y el silencio que se impusieron después.

No sé si esas majestades todavía existen. A Castellanos nada le aclararon y sólo ha empeorado la violencia en estas décadas. Pensé escribirles con la esperanza de que en este inicio de año se conduelan de nuestra incertidumbre y desazón pero no encontré qué pedirles. La mirra, el incienso y el oro se los apropiaría la clase política. Un milagro le correspondería a la Virgen de Guadalupe. Una luz que nos guíe nos pondría en riesgo de seguir a estrellas fugaces o falsos salvadores. Por eso mejor me dirijo a quien leyere y dejo ese simbólico vínculo con la tradición popular como inspiración para buscar una estrella entre las tinieblas.

Consideremos la situación. Al norte nuestros vecinos se aprestan a recibir en su casa blanca a un personaje grotesco que saltó del escenario corporativo a la palestra política para convertirla en corral de comedias. Comedias en que la igualdad de género o el respeto a la diversidad son motivo de burla, y en que abundan amenazas inquisitoriales contra quienes no comparten la fe en un renovado destino manifiesto o confían en otros profetas o en ninguno. Contra la añeja costumbre de respetar al caído, el tirano en ciernes se regodea en su victoria contra quien tacha de enemiga y antes calificó de mala mujer , como para concentrar en ella el tradicional temor-odio puritano a las brujas.

Aquí, sobre nuestro llano, se acumulan negras nubes que más que benéfica lluvia anuncian tempestad. Mucha falta hace, en este pedregal, agua que riegue los campos, limpie los ríos de sangre y los pantanos de corrupción. Benéfica sería una llovizna que limpiara las penas de los huérfanos, los desplazados, las madres de mujeres asesinadas, las familias de miles de desaparecidos, los miles de migrantes que cruzan esta tierra que a su paso es toda infierno. Entre la obscuridad, sin embargo, se adivinan los rayos y truenos de la exasperación ante un nuevo ciclo de despojo, desesperanza y engañosas promesas. Gran parte del llano está en llamas mientras en los palacios siguen las fiestas. En el congreso, más castillo feudal que ágora republicana, pretenden legitimar el estado de excepción, como si las experiencias del cono sur no bastaran para advertirnos contra la continua presencia militar en las calles... Podríamos seguir pero no se trata de hacer un recuento de agravios.

Ya que no hay reyes que nos regalen sabiduría, planteemos algunas preguntas. ¿Cómo llegamos aquí y cómo salimos de este páramo? ¿Cómo entender la resistencia a la protesta, el eterno aguante? ¿Acaso apelar a la crítica o a la disidencia es llamar a la revuelta? ¿Acaso no hay más formas de transformar la realidad que desde arriba? ¿Por qué apelar a la unidad popular para construir un país más justo se equipara con demagogia o ingenuidad? ¿Cómo transformar sin violencia y caos?

Hace más de un siglo las mujeres mexicanas iniciaron, como muchas otras, una revolución silenciosa. Contra designios y fatalidades, fueron transformando su mundo y el mundo. Aunque haya quien crea que en el Norte?que el feminismo está derrotado y aquí y allá se crea que triunfar es alcanzar la cima del poder, sabemos que un movimiento no es una persona y que hay muchos feminismos.

De los movimientos feministas, de sus agentes y voceras, podemos recuperar la persistencia y la búsqueda de transformaciones desde abajo, en el día a día, en la casa, en el barrio, en las protestas callejeras; con exigencias al poder, demandas laborales, propuestas legislativas, trabajo educativo y cultural y, sobre todo, con el valor y la capacidad para cuestionar el status quo, las buenas costumbres y la injusticia disfrazada de orden o destino.