Bosco Sodi sube las escaleras hacia el primer piso de la Galería Hilario Galguera. Ahí se ha montado la exposición Las tinieblas sobre la faz de la tierra; 50 piezas, entre pintura y escultura, trabajadas rigurosamente de manera rudimentaria para el espacio expositivo, con materiales como el barro y los pigmentos naturales. Ninguna pieza tiene nombre.

La hechura de este trabajo reciente fue casi que un proceso meditativo. Con ellas propone un juego con el espectador, de la manera más esencial, sobre la dualidad: la luz y la sombra, la vida y la muerte. Así lo explica el texto referencial que el equipo de la galería ha entregado antes del recorrido.

Sodi se detiene justo detrás de una pequeña pléyade de esferas imperfectas de arcilla, con dimensiones que van de poco más de los 20 y hasta más de 50 centímetros, colocadas sobre el suelo. Se recarga en la pared y comienza su explicación mientras mantiene la vista baja, mirando las piezas casi en todo momento, reflexivo.

“A principios del año pasado recibí la noticia de la muerte de mi abuela, que era una persona muy cercana, y comencé a pensar mucho en esta dualidad con la que todo ser humano, independientemente de su posición social, género o raza, lucha día con día: entre el bien y el mal, el alma y el cuerpo, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte. Después de unas semanas decidí hacer una obra que diera a entender esta dualidad”, introduce brevemente y, sin decir más, se retira de la pared y camina hacia otra sala en la que se ha instalado una serie de cuadros de gran formato, técnica mixta y de gran relieve, como abstracciones de una orografía accidentada, todos contrastados en dos colores: blanco y negro.

Jugar con el ‘no control’

“Decidí ponerlos (los colores) a luchar el uno contra el otro para hacer un juego con el espectador”, dice.

En algunos cuadros domina más un color que el otro. En otros casi se logra un equilibrio. Cada cuadro es una batalla distinta dentro de la misma lucha que es la exposición completa. Los altos relieves de las piezas están cuarteados. Uno, en particular, está dominado por el blanco, parece la representación cenital de un glaciar inmaculado. “‘Untitled’ (2018), 186x186 cm.”, dice su ficha técnica. De la parte inferior, apenas perceptible, se abre paso por el centro una afluente oscura, pesada, condensada en su oscuridad, pero que no tarda en diluirse conforme se va bifurcando, en hilos de negrura cada vez más pequeños y débiles.

“Mi obra siempre juega mucho con el accidente, con el no control, con el paso del tiempo”, explica al centro de esa lucha de pequeñas batallas que son sus cuadros colgados en la galería. Agrega que ha sido una prioridad de su trabajo —y esta serie no ha sido la excepción— “tomar ventaja del accidente, apropiarse de él y crear algo”.

Asegura que la elaboración de esos cuadros fue una especie de terapia. “Me enseñó que aunque el blanco esté ganando, siempre habrá una pelea con el opuesto, y vamos a tener que lidiar con ella hasta el último día en que nos convirtamos en negro y en el que seguramente habrá otros blancos naciendo”.

Universo de barro

Bosco camina hacia otra sala. Ahí hay disperso otro grupo, esta vez más abundante, de esferas de barro circundando un enorme hueso de ballena. En dos extremos opuestos de la sala hay dos cuadros: uno totalmente blanco y, de frente, el segundo, con nada más que negro.

Se para frente a las piezas de barro. Una de ellas es única en tamaño: mide apenas 6.5 centímetros. Coloca sus manos en la cintura, mira con escrutinio esas tantas esculturas semiesféricas, detiene la mirada en una y se abalanza sobre ella; parece haber notado un detalle que debe corregir. Es una especie de hebra que de inmediato retira con las manos desnudas.

Suelta los brazos y explica: “aquí, como pueden ver, se trató de hacer un espacio totalmente cósmico, un pequeño universo en el cual, la luz, la sombra, las partículas, giran alrededor de la vida”. Dice eso último mientras señala el hueso de ballena al centro de la composición concéntrica.

“Me da la sensación de que de repente las bolas van a empezar a girar alrededor de esta parte de la vida. La ballena siempre ha estado relacionada con eso”, explica emocionado mientras revuelve sus manos como imitando el movimiento de traslación de los planetas.

Las esferas son desiguales incluso en el tono. Mientras unas son más oscuras que otras, la gran mayoría está manchada por materia orgánica de todo tipo. Bosco explica que todas las creó en su estudio al aire libre, Casa Wabi, diseñado por Tadao Ando, en la costa oaxaqueña. “Tienen parte de excremento de pájaro, en algunas había nidos de avispas. La influencia (sobre ellas) del fuego, el sol, el aire, la tierra, tiene una energía muy especial. Sigo creyendo mucho en la energía de las cosas”, dice, guarda silencio varios segundos y remata: “¿Cómo una cosa tan elemental como un hueso de ballena puede convertirse a través del tiempo en un objeto tan bello? Daría todo lo que tengo por poder hacer una cosa tan bella”.

El muro de Sodi

Como un contradiscurso artístico para la política antimigratoria de Donald Trump, en el 2017 Bosco Sodi estrenó en Nueva York la pieza performática “Muro”, un ejercicio colectivo que consiste en construir un muro con 1,600 tabiques en plazas públicas y después invitar a personas diversas a desmantelarlo.

Dicho ejercicio ha hecho itinerancia en distintas ciudades, incluyendo Londres, en julio del año pasado, donde su significado se diversificó para hablar no sólo de migración sino sobre otros tipos de barreras sociales. Se ha seguido presentando en distintos puntos. Hace una semana se replicó en la ciudad de Tampa, en Florida. Sodi habló al respecto con El Economista.

“Me parecía esencial llevar el muro por la ruta que llevan los inmigrantes a Nueva York y que la misma gente lo deshaga. Los muros no sólo son físicos. Ahora está de moda el muro físico, pero hay una gran cantidad de muros de género, sociales, económicos, de raza (...) de mil cosas. Este ejercicio social se hace para recordarlo. Al final de cuentas, la gente que participa se puede llevar un ladrillo, puede ser copropietario de la pieza, pero también se lleva un recordatorio a su casa de que los muros se pueden deshacer y saberlo día con día. Sobre todo en Estados Unidos, pero también está Israel y pasó con el muro económico en Gran Bretaña y el Brexit. Ahora fue interesante en Tampa porque (al performance) llegaron los estudiantes de un colegio muy humilde de cubanos y me dijeron que para ellos otro tipo de muro ha sido el agua”, dijo.

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