BERLÍN, Alemania. Sin ser una tarde tan fría, más de uno de los convocados a esa cita vespertina tomó previsiones y cargaba con un grueso abrigo entre las manos. Era de día al pie del río Spree, en pleno centro de la capital alemana, cuando se abriera una puerta minúscula que conducía, a ?su vez, a un puente que conectaba con la primera parada de la tarde: una embarcación color blanco y madera cuyo capitán habría de conducirles a un paseo sobre los ríos de la ciudad.

La mezcla de acentos y rasgos físicos delataba lo multicultural de aquella convocatoria, de la misma forma que la poca cercanía física entre los miembros del grupo mostraba que aquella sería, quizá, la primera vez que todos ellos se encontraban juntos en algún punto de la tierra.

Todos reaccionaron al unísono cuando la voz de la guía los invitó a acercarse para escuchar las indicaciones generales antes de zarpar. Para ese entonces, la aventura ya comenzaba.

El itinerario marcaba un recorrido de aproximadamente cuatro horas de duración, con altas posibilidades de lluvia durante el mismo, a decir del capitán.

Y, aunque el frío berlinés comenzaba a sentirse atizado por el viento junto al río, nadie quiso bajar de la terraza para resguardarse de la intemperie. Parecían, cada uno en su sitio, absortos en el descubrimiento de una ciudad que sólo habían caminado hasta ese momento y que, ahora, estaban por navegar.

Berlin

Fue Ámparo la primera que se desconectó del mundo, entre el vaivén del barco y la voz lejana de la guía describiendo los íconos turísticos de la ciudad.

Su mirada parecía nostálgica de frente a la Berliner Dom, la catedral de Berlín, templo evangélico alemán construido en los albores del siglo pasado, cuyo estilo neoclásico parecía hipnotizar no sólo a ella, sino también a decenas de personas que permanecían con la mirada fija en la parte más alta de la edificación, como aturdidos por su belleza.

No pasó mucho tiempo para que Natalia, viajera colombiana, contagiara su alegría a la mirada de Ámparo cuando se acercara a pedirle, con un bello acento colombiano como tarjeta de presentación, que por favor fuera tan amable de tomarle una fotografía con aquel monumento arquitectónico a sus espaldas.

Gisela, una chilena de voz serena y mirada cálida, no tardó en acercarse al par de mujeres para tomarles una fotografía que bien podría dar testimonio físico del nacimiento de una amistad.

Comienza la fiesta

Manuel y Alejandro coincidieron por primera vez cuando escudriñaron con la mirada los rasgos metálicos y futuristas del Molecule Man, escultura monumental del artista Jonathan Borofsky, cuyo significado pasa por la unión de los hombres y de Alemania. En este punto convergen los barrios de Friedrichshain, Kreuzberg y Treptow (algunos de los cuales recordaban haber recorrido los días anteriores, pero sin haber notado la presencia del río), y, a medida que el viento y el agua aumentaban la sensación de espectacularidad que acompaña a la obra, iniciaba, sin que nadie supiera, una nueva etapa en ese recorrido lleno de turistas latinoamericanos.

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Ambos sudamericanos (Manuel, uruguayo, y Alejandro, argentino) decidieron acercarse para brindar con el grupo de chicas que reía mientras repetían con entusiasmo: ¡Prost!, delatando a su vez que sostenían, con esfuerzo, los tarros gigantes que acompañan el recorrido.

Al cabo de unos minutos, con el cauce del río como testigo y en la admiración total de la traza urbana de la capital alemana, los viajeros, vistos a la distancia, semejaban más a un grupo de amigos que a esos desconocidos que se dieran cita al pie del río Spree un par de horas atrás.

Cuándo el tallo metálico de la Fernsehturm apareciera en el horizonte delatando su proximidad con la Alexanderplatz, el grupo de viajeros aprovechó para tomar nuevas imágenes del instante. Esa torre de televisión, que gracias a sus 368 metros de altura sirve de referencia al recorrer la ciudad, fue uno de los puntos más fotografiados del trayecto; el brillo de sus luces al caer la tarde aumentaba su atractivo.

Como fondo de sus risas, la guía describía las características más importantes de aquel símbolo alemán, que alberga una esfera a 204 metros de altura, donde se encuentran un mirador y un restaurante, este último, que gira 360 grados. Y no faltaron las promesas de organizar un nuevo encuentro, pero esta vez en las alturas, lejos del vaivén de las aguas del río que les mostraba una nueva cara de la capital alemana.

Manuel disfrutaba saltar al frente del grupo instantes antes de que algún voluntario lograra tomarles una fotografía. Y cada intento fallido arrancaba a los navegantes nuevas sonrisas .

De pronto, la lluvia materializó los pronósticos del capitán, pero el ánimo de los presentes no cedía y dio paso, quizá, a la parte más animada del paseo.

Dentro del barco, a resguardo de la lluvia y en una atmósfera más cálida, múltiples charolas con quesos, carnes frías y frutas calentaban los ánimos, brindando un apapacho adicional a los nuevos amigos que se acercaban a la parte final del recorrido. Esta no sería la última vez que se reunirían en Berlín para recorrer aquel río.

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Cómo llegar

Para llegar a Berlín desde la Ciudad de México aerolíneas como Iberia, Lufthansa, Aeroméxico y Air France ofrecen vuelos con escala en diversos destinos europeos.

Hospedaje

NH Collection Berlin Mitte Friedrichstrasse

  • www.nh-hotels.com.mx
  • Friedrichstraße 96, Berlin, Alemania.
  • Tel: (014930) 206-2660

Meliá Berlín

  • www.melia.com/es
  • Friedrichstraße 103, Berlin, Alemania.
  • Tel: (0149180) 212-1723

Restaurantes

Essenza

  • www.ristorante-essenza.de
  • Potsdamer Platz 1, Berlín, Alemania.
  • Tel: (0149030) 2579-6856

Volt

  • www.restaurant-volt.de
  • Paul-Lincke-Ufer 21, Berlín, Alemania.
  • Tel: (014930) 3384-02320

Operador Barcaza Paule

  • barkasse-paule.de
  • Reederei André Kolodziej Scheffelstraße 45, Berlín, Alemania.
  • Tel: (0162) 904-5357