Pese a los estropicios del neoliberalismo, Gran Bretaña se precia de tener un sistema de seguridad social de alto nivel. La realidad de quienes, por malas jugadas de la vida o del destino, tienen que lidiar con él, no corresponde, sin embargo, a ningún ideal. Como muestra Ken Loach en la película Yo, Daniel Blake, la maquinaria burocrática es tan temible como el desempleo o la enfermedad.

Con la sensibilidad que caracteriza filmes como Vientos de libertad o el corto 11’9 01, en que vincula el golpe de Pinochet con la caída de las torres gemelas en Nueva York, Loach traza un panorama desesperanzador de la vida cotidiana de quienes acuden a las oficinas de ayuda social. Lejos de aliviar las vicisitudes provocadas por el desempleo, la enfermedad o el desahucio, el sistema le impone a sus víctimas normas rígidas, exigencias sin sentido, y amenazas de sanción, bajo la vigilancia de burócratas pagados de sí mismos.

A esta maquinaria infernal, pese a su muy correcta apariencia se enfrentan Daniel Blake, carpintero que requiere de ayuda por discapacidad tras sufrir un infarto, y Katie, quien tuvo que dejar su precaria vida en Londres por una ciudad lejana, para obtener una vivienda para ella y sus hijos, y seguir con una vida igual o más difícil. La empatía de Loach con personajes populares, su capacidad de penetración psicológica y su lúcida mirada hacen de una sencilla trama una gran película política. Humana, podría decirse, porque invita a reflexionar acerca del sentido de la vida; política, porque pone en cuestión los mecanismos que socavan día a día la dignidad, menospreciada pero fundamental en un mundo donde prima el dinero y sobrevivir es un reto.

La historia de los personajes, su interacción ante la adversidad, las relaciones entre seres de distintos orígenes étnicos, se enlazan en un rico tejido donde sobresalen la capacidad de resistencia y la solidaridad entre quienes son marginados por la economía depredadora. Con gran acierto, se muestran también las conexiones entre la Inglaterra pre-Brexit, el mundo globalizado y el impacto de la comunicación virtual en la vida de todos.

Profundizar aquí en la lección de vida que ofrece Daniel Blake podría arruinar el disfrute, agridulce, de la película. No interfiere, en cambio, destacar el crudo retrato de las reglas burocráticas que ofrece Loach. En un mundo dominado por la eficiencia, donde se da por hecho que todos sabemos usar las computadoras, la frialdad del gobierno de nadie se ha vuelto, si posible, más terrible. Llenar formatos, buscar empleo bajo la mirada implacable de funcionarios soberbios, resulta un empeño casi imposible. Si antes burocracia equivalía a laberintos de papeleo y pilas de expedientes polvorientos, hoy la mecanización implica para muchos sentirse incapaces de las acciones más sencillas, enfrentarse a aparatos incomprensibles, repetir 20 veces la misma secuencia sin resultados y ser castigados por no cumplir con requisitos para los que nadie prepara.

Mientras que los ciudadanos convertidos en súbditos se ven infantilizados por los administradores, éstos no quedan exentos de daño. Loach rompe con los estereotipos de la buena educación y los roles de género en su representación de los trabajadores sociales, sometidos a la jerarquización y al imperio de la eficiencia. Robotizados, hombres y mujeres cuidan su apariencia pero pierden hasta el sentido común y son ciegos a las necesidades de quienes han caído en desgracia. Peor aún, quien todavía guarda un mínimo de sensibilidad o decencia se arriesga a ser sancionada.

Si en el mundo desarrollado, la digitalización margina y la burocracia gubernamental pisotea la dignidad de las personas, en México, la historia de Blake sería aún más escalofriante. Ojalá nuestros altos funcionarios vieran esta película y reflexionaran acerca de los efectos de la modernización a ultranza y la inercia burocrática en los millones de seres que no tienen acceso a la educación, no conocen sus derechos o no han aprendido a exigirlos.

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