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Reflexiones sobre Brexpiprazol, de Alpin Arda Bağcık
Ayuntamiento de Haarlem en 1949
Siempre hay obras que se te quedan, que te hacen detenerte y mirar algo más allá. Eso me pasó en el booth de Zilberman Gallery en Zona Maco con "Brexpiprazol" (drogas seductoras utilizadas para el tratamiento de la esquizofrenia) de Alpin Arda Bağcık. La pieza parte de una fotografía celebratoria tomada en el Ayuntamiento de Haarlem en 1949: figuras que alzan sus copas a la sombra de la guerra y la devastación. Hoy, esa imagen parece absurda, casi desconectada del contexto histórico, y sin embargo mantiene una fuerza perturbadora que resonó conmigo en el ambiente brillante y elegante de la feria. En algún punto, no pude evitar acordarme de películas como "Eyes Wide Shut" de Kubrick o "The Godfather" y "Goodfellas": escenas donde grupos de hombres impecablemente elegantes, crean un universo ritualizado, sofisticado y ambiguo, no muy distinto de la atmósfera que la pintura parece evocar.
El título de la obra no es casual: Brexpiprazol, un antipsicótico, sugiere que la euforia estética puede tener un efecto narcótico sobre nuestra conciencia.
¿Celebramos el arte como un acto humano de reconstrucción y resistencia, o simplemente buscamos un respiro frente a la complejidad y la crisis? Esta ambigüedad, lejos de restarle valor, convierte la obra en un espejo crítico: nos obliga a cuestionar nuestra relación con la historia, con la memoria y con la propia celebración del arte.
Bağcık, nacido en Turquía en 1988, construye su práctica en torno a los límites entre verdad, imagen y creencia. Sus pinturas, mayormente en blanco y negro, recontextualizan fotografías de archivo para crear narrativas ambiguas que oscilan entre hecho y ficción. La delgada línea entre lo real y lo imaginario se vuelve tangible en "Brexpiprazol", donde las imágenes conocidas adquieren pequeñas alteraciones que obligan al espectador a replantear su percepción de la historia y de la memoria colectiva.
Alpin Arda Bağcık. Foto: Especial
INSERT FOTO 2 Alpin Arda Bağcık. ESPECIAL
Contacté a Alpin y tuvimos una charla amena, donde profundizamos sobre sus procesos, la elección de títulos como medicamentos neurológicos y la forma en que las imágenes mediáticas moldean nuestra percepción del mundo. Esa conversación reforzó la sensación de que su obra no sólo cuestiona, sino que también nos invita a mirar con atención, a sentir la tensión entre lo real, lo ficcional y lo sedante que puede ser la cultura visual.
Lo que más me impacta de esta obra es cómo logra condensar reflexión, ironía y crítica sin perder la sutileza. En un mundo donde la cultura visual puede ser tanto registro como herramienta de influencia, Bağcık nos recuerda que incluso la alegría puede ser dual: un acto de resistencia, pero también un sedante frente a la realidad que nos rodea. Y, como espectadora, esa tensión es lo que me mantiene alerta y fascinada.