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Opinión

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De planes y consejos

Alexia Bautista | Columna invitada

Hace una semana escribí que la política industrial de la presidenta Claudia Sheinbaum —el llamado Plan México— es una presentación bien hecha, pero poco más que eso. Poco más porque, a un año de su anuncio, sus resultados no sólo son magros, sino prácticamente inexistentes. La confirmación llegó esta semana con la presentación del nuevo plan de inversión en infraestructura de la administración.

Se trata de un paquete ambicioso mediante el cual el gobierno invertirá 5.6 billones de pesos (323 mil millones de dólares) hasta 2030 en proyectos estratégicos y obras públicas vinculadas a infraestructura energética, logística e hídrica. Ante una pregunta expresa sobre el Plan México, la presidenta respondió que este nuevo esfuerzo servirá para impulsarlo. La frase, más que tranquilizar, confirma que el Plan México no ha logrado despegar por sí solo.

Y no ha despegado, en buena medida, por la incertidumbre persistente. Pesan el endurecimiento del contexto geopolítico, el choque constante con Estados Unidos y la amenaza recurrente de desestabilizar la economía mexicana, pese a la capacidad de la presidenta para navegar una relación compleja con Donald Trump. Esta semana, por cierto, la Casa Blanca conmemoró la guerra de 1846-1848 y celebró la invasión y la anexión de territorios mexicanos como una “victoria” estadounidense. Un recordatorio incómodo de los reflejos imperialistas de la nueva doctrina Donroe.

El Plan México tampoco ha despegado por causas internas. Las reformas constitucionales impulsadas por la autodenominada Cuarta Transformación han deteriorado la confianza de los inversionistas, aunque dentro del movimiento se prefiera no hablar de ello. Es un secreto a voces. En los encuentros entre funcionarios y el sector privado abundan las sonrisas, las fotos, los tuits y los comunicados optimistas. Lo que escasea es la inversión real.

Desde mi perspectiva, el nuevo plan de infraestructura y la creación de un consejo presidido por la propia presidenta constituyen un reconocimiento explícito de una realidad incómoda: el país no crece. En 2025, la economía mexicana avanzó apenas 0.7%, un ritmo que no alcanza ni siquiera para acompañar el crecimiento poblacional.

Es imperativo revertir esta tendencia. En semanas recientes, la presidenta se reunió con empresarios, incluidos miembros del Consejo Mexicano de Negocios, banqueros y economistas para discutir la situación del país. No hay un reconocimiento frontal del daño infligido por decisiones tan agresivas y francamente torpes como la reforma judicial. Pero sí hay un consenso tácito de que sin inversión no hay crecimiento, y sin energía no hay inversión. Que el nuevo plan concentre la mayoría de sus recursos en el sector energético es una señal positiva, aunque insuficiente. Sin energía no hay crecimiento, desarrollo ni futuro. Es una verdad elemental.

El diagnóstico es correcto, el problema está en confundir la acción con la proliferación de planes y consejos (algunos técnicamente sólidos y otros no tanto). Desde el inicio de la administración,

el gobierno ha apostado por multiplicarlos: el Plan México; el Consejo Asesor para el Desarrollo Económico Regional y la Relocalización; el Consejo para la Promoción de Inversiones; y, ahora, el Plan de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar, acompañado de su propio consejo estratégico.

Para corregir el rumbo, la inversión debe volver al centro de la política pública con reglas claras, contratos que se respeten y un marco regulatorio predecible. Sin capital no hay producción, y sin producción no hay prosperidad posible. Ojalá que frente a la realidad se imponga el pragmatismo sobre la ideología. El sector público no puede solo. El sector privado tampoco. Fingir lo contrario es, quizá, el plan más caro de todos.

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