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La cultura de la soberanía

OpiniónEl Economista

Hay dos acentos de nuestros valores democráticos que no son tan comunes, aunque se piense que son de lógica elemental, pero que si una revisa las democracias del mundo, llaman la atención.

Por un lado, el estado laico. Esta onda de tener a las iglesias y religiones separadas del estado, es muy exótico y positivo. Al norte, por ejemplo, en Estados Unidos, los billetes dicen: In God we trust. A saber cuál Dios, pero de que asumen nacionalmente que hay Dios, eso que ni qué. Para el sur, los estados son oficialmente católicos o francamente confesionales.

La gran ventaja del estado laico, es que se respetan todas las religiones y sistemas de conocimiento sagrado. Sabemos que nuestro estado laico no es perfecto y hay unas espiritualidades que son más respetadas que otras, pero en general esa separación ha sido profundamente sana.

El otro valor tiene que ver con el respeto al derecho ajeno, que además de ser la paz, es el respeto a la autodeterminación de los pueblos, es decir, a que cada pueblo decida lo que mejor le convenga de acuerdo a sus propios procesos históricos y políticos. Esta onda de respetar al otro, aunque el otro sea un país, no me lo van a creer, pero al parecer es bastante exótico. Una parte importante del mundo, sobre todo del norte, viene de una raíz colonialista, es decir, básicamente se pasaron por el arco del triunfo el derecho de cualquier cantidad de territorios – que luego fueron naciones –, con unas fronteras muy a diseño de los mismos colonizadores.

El respeto al derecho ajeno, es directamente proporcional al amor que le agarra una a que le respeten su derecho propio. Dicho en otras palabras, el amor por la soberanía, es directamente proporcional al amor por el respeto a que cada pueblo, decida su propio destino, independientemente de que cualquier pueblo puede ser solidario con el vecino en problemas.

Agarrarse de pretexto la democracia, la lucha contra el comunismo/terrorismo/narcotráfico, para querer pasarse por el arco del triunfo nuestro derecho a decidir los destinos de nuestro territorio es, por decir lo menos, injusto e injustificable. Inentendible para la mayor parte de nuestro pueblo, que crecimos con este valor democrático. México nunca ha ido a decirle a ningún país cómo se tiene que organizar. Al contrario, ha sido un país generoso para las naciones en estado de emergencia y los pueblos que necesitan cobijo, como la república española, por ejemplo.

Por eso nos duelen tanto las intentonas de intervención extranjera, porque como decía la tía Dolores: ¡hay un respeto! Por eso nos ofende tanto el entreguismo, porque detrás de eso hay una carga histórica de racismo, clasismo y, al fin y al cabo, odio a México.

El odio se combate con amor. Amor a la patria sería la respuesta más obvia ¿Cómo se siente el amor a la patria, cómo se explica?

Cada quien tendrá su respuesta, yo les cuento la mía. Desde chiquita me emocionaba el himno nacional, la bandera y los símbolos. Luego ya no tanto, se me vaciaron de sentido y el amor se trasladó hacia la búsqueda de la justicia, la inclusión, el feminismo. Alguna vez, intenseando con un buen amigo, me decía: a mí las nacionalidades me valen gorro, yo soy ciudadano del mundo. Me dejó pensando. Yo no, le dije, yo soy muy chilanga, muy enamorada de mi ciudad y de mi país. Supongo que buena parte de ese amor se construyó gracias al activismo y los avances de las causas que me son esenciales, pero a mí me hace sentido esa identidad y ese amor.

Al parecer son tiempos en los que la defensa principal de nuestra soberanía será a través del amor, de la demostración pública del amor a esta patria y las decisiones que su pueblo toma.

Yo siempre pienso que el amor triunfa.

Ana Francis Mor

#SuSecrechula

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