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Opinión

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Una biblioteca para otros días del niño

De obviedades a complejidades, en estos días de niños confinados, pensamientos comienzan a agolparse en la cabeza.  El principio de la educación es predicar con el ejemplo, se dice. Después, que educar es la transmisión de la civilización, el arma más poderosa para conquistar el mundo, el pasaporte hacia el futuro, el ascenso más grande hacia la libertad, la medida de la grandeza de hombres y pueblos y hasta la forma más alta de buscar a Dios. Sin embargo tanta altura y frase célebre se queda corta cuando nos damos cuenta que los primeros receptores de la educación son los niños y somos los adultos (padres, maestros y gobiernos)  los que  deben educarlos. Y que sí.  Que por eso estamos como estamos

En México, los planes educativos nacieron con el país. Más pronto que tarde, nuestro primer presidente, Guadalupe Victoria, declararía: “La ilustración sirve para la existencia de las naciones, las educa y las conserva”. Bajo la misma óptica, Vicente Guerrero le seguiría diciendo: “Convencido de que las luces preparan y hacen triunfar el imperio de las libertades, abriré todas las fuentes de la instrucción pública. Los gobiernos populares, para quienes es un interés que los pueblos no vivan humillados, se apresuren  a dar a las artes y las ciencias el impulso que tanto les conviene”

Las buenas intenciones quedaban asentadas y la palabra empeñada. Incluso, se publicó un Reglamento General de Instrucción Pública que prescribía el establecimiento de escuelas de primeras letras con un plan de estudios que incluía  aritmética, geometría, gramática, catecismo religioso y moral y enseñanza intensiva de escritura y la lectura.

Estaba todo dispuesto pero la realidad –de nuestro destino histórico- complotaría para que tan fantásticas ideas se retardaran, cambiaran, desaparecieran o se convirtieran en otras. Y es que en aquellos tiempos de invasiones, imperios, repúblicas, fusilamientos y reformas, las batallas estuvieron todos los días a la orden del día y ni para los niños alcanzaba el presupuesto.

No fue sino hasta finalizar el siglo XIX, que surgió un original proyecto para la educación de la infancia mexicana. Y casualmente no se trataba de un instrumento escolar, sino de un hallazgo editorial que podía adquirirse en los estanquillos. Un instrumento de gran éxito comercial que tuvo mucha aceptación entre los infantes de la época: la Biblioteca del Niño Mexicano.

Se trataba de una serie de cuadernillos ilustrados que reunía una serie de textos para niños, escritos entre 1898 y 1900 por Heriberto Frías e ilustrados por José Guadalupe Posada. Gráfica y relatos fueron el deleite de quienes adquirieron quincenalmente la serie de fascículos publicados por Maucci Hermanos. La presentación y el texto eran ideales: estaban compuestos por un promedio de cinco pliegos encuadernados a caballo–de nueve por 12 centímetros - y cabían en la mano. Una vez que el infantil lector abría sus páginas se encontraba con textos muy sencillos  que, a través de leyendas e historias de guerreros, princesas, caballeros, héroes y caudillos, contaban pasajes de la historia nacional desde la época prehispánica hasta el  gobierno de Porfirio Díaz. Todo ello sin fechas que aprenderse, largos nombres que recitar, portadas a todo color –que eran cromolitografías firmadas por Posada– y con fantásticos grabados en blanco y negro en las páginas interiores. Un festín. La historia nacional con sabor a chocolate, colorida como una piñata, emocionante como coleccionar  canicas y divertida como jugar a la pelota.

Los 85 cuadernillos, donde la narrativa grandilocuente de Heriberto Frías contaba  tragedias y episodios de madres torturadoras, apuñalados, héroes, fusilamientos, apariciones y fantasmas,  estaba enmarcada en un emocionante suspenso, en no poder esperar para  leer el próximo fascículo y averiguar qué había sido de la preocupación de La princesa Flor de los Lagos porque su hija Rayo de Gloria dormía y dormía y no despertaba, o quién había sido el ganador de la batalla entre el Águila Coahútly, la serpiente y el Tigre, o bien decidir quién era mejor: el Caballero Misterioso, el Héroe de Centla o el de Cuautla, o qué hecho había sido más terrible: la Conspiración del Marqués del Valle, el incendio del último Teocalli o las infamias de la Cruz de La Aurora.

Así, y a pesar de una vida desdichada de cárceles, penurias, alcohol y desencanto, Heriberto Frías no enterró con sus muertos su talento y escribió una gran obra –con cuentos de monitos- logrando exaltar la historia nacional para quienes recién empezaban a descubrirla. Él mismo lo escribe así, dirigiéndose a su pequeño público, en uno de los últimos fascículos de su obra:

“¡Oh mis buenos lectores, amigos míos, que juntos emprendimos memorables viajes por la historia y la leyenda nacional, sin fatigarnos con fechas, sitios y pesados nombres, que estos estudios serios vendrán más tarde, para cuando vuestra inteligencia esté en razón; venid otra vez a seguirme a que contemplemos los últimos instantes de los héroes mexicanos!”.

Frías no se ocupó de definir la educación, ni de hacer ensayos o tratados pedagógicos. Pero era obvio que concordaba con el principio que afirma “la única educación eterna y definitiva es estar lo bastante seguro de una cosa para decírsela a un niño”.

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