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“Nosotros” vs. “Otros”: políticas de la crueldad I
Cuando se piensa en la “comunidad” o la identidad nacional, las políticas migratorias se pueden leer como indicadores del estado de la “salud” y la ética pública de una sociedad. En un contexto donde mucho se habla de “nacionalismo” y “seguridad nacional”, las tendencias represivas ante la migración in-documentada, manifiestas en la frontera México y Estados Unidos, nos remiten a sociedades permeadas de racismo y sistemas políticos amenazados por una lógica fascista.
El fascismo, escribe Jason Stanley en “How Fascism Works” (2018), funciona a partir de la distinción “nosotros” / “ellos”, convertida en “nosotros” vs. “ellos”, como lógica básica de un sistema de pensamiento que manipula el pasado, recurre a la propaganda, instituye jerarquías arbitrarias (entre blancos y negros, hombres y mujeres, ciudadanos y “no ciudadanos”), instrumenta “ la ley y el orden” y construye a su medida realidades imaginarias. Con referencias actuales a Estados Unidos, Hungría y otros países, el autor advierte acerca de la deriva autoritaria que amenaza la supervivencia de la democracia, incluso en Estados Unidos, (cuya imagen democrática minó gravemente el intento de golpe del 6 de enero de 2021).
Aunque esta caracterización del fascismo no es del todo novedosa, el énfasis del autor en la lógica de la exclusión sugiere la necesidad de analizar sus variantes para evaluar el ascenso de la proclividad autoritaria en la sociedad y las inclinaciones fascistas de gobiernos y grupos de interés. Sin caer en clasificaciones apresuradas o rígidas, es útil considerar desde esta óptica algunos rasgos de la política migratoria actual en Estados Unidos y México que confirman el arraigo de visiones ultraconservadoras en EU y, en mi opinión, el potencial corrosivo del discurso oficial excluyente en México.
El cambio de gobierno en EU no ha significado una nueva política migratoria, aunque haya cambiado su discurso: si bien el 30 de junio la Suprema Corte de ese país confirmó la facultad del gobierno federal para eliminar el programa Quédate en México, el 21 de julio, esa misma Corte le negó la facultad de establecer prioridades en la contención de la inmigración in-documentada. Además de impedir un mejor uso de los recursos federales, este fallo corrobora la política de la crueldad que se agudizó bajo el gobierno de Trump y que, según un análisis del National Inmigrant Justice Center, se instrumentó desde los años 90 y floreció bajo Obama con la política de separación de las familias – que el gobierno de Biden busca revertir.
Como han documentado ésta y otras organizaciones pro-migrantes, el uso de la crueldad como instrumento para des-alentar la migración ha demostrado su inutilidad: ni la separación de las familias, ni el encierro en campos de concentración en Arizona o Texas, ni la imposición del "Quédate en México” han reducido el número de personas que intentan cruzar la frontera para pedir asilo o buscar una vida mejor en ese país.
Del otro lado de la frontera, tampoco ha tenido efectos disuasivos la política de la crueldad “a la mexicana”, instrumentada por el INM y la GN (como hemos visto) o derivada del Estado omiso que ha dejado a merced del crimen organizado, y de autoridades corruptas, a personas migrantes nacionales y extranjeras e incluso a sobrevivientes de desplazamiento forzado que huyen de un cúmulo de violencias en sus lugares de origen y van a la frontera norte con la esperanza de encontrar asilo (y seguridad) en EU.
Al no reconocer el derecho a migrar y, sobre todo, no garantizarlo en los hechos, los gobiernos de Estados Unidos y México no sólo responden a objetivos de “seguridad nacional”, “principios nacionalistas” o “geopolítica”, los guía también una visión del mundo permeada de racismo/clasismo que, incluso en la retórica populista mexicana, les resulta “útil”: mantener y normalizar la exclusión del “Otro” (extranjero, inferior, desechable) permite reforzar la identidad de un “nosotros” al que se manipula con fines políticos.