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Las crisis económicas son buenas porque son malas
Acabo de terminar el libro Mi vida, mi tiempo, del padre del management contemporáneo Peter Drucker. De procedencia vienesa, formación como periodista, asesor en inversiones bancarias y al final, uno de los profesores y consultores de negocios más importantes, que falleció en su casa, en la Escuela de Negocios de Claremont, California, publicó 40 libros —el primero de ellos, anticipando la caída fascista en The End of the Economic Man en 1939 y el segundo en el que lo mandó al estrellato The Concept of Corporation— a través del cual pudo dejar por escrito las razones de la eficacia de General Motors, sin dejar de hacer algunas críticas de su modelo humano, que en parte fue asumido o no por su Dirección General.
El libro es muy interesante, porque narra con anécdotas, el cambio de sociedad de la sociedad del capitalismo burgués o tradicional, con interesantes comentarios de su contacto con personalidades como el padre del psicoanálisis moderno, familias tan eminentes como la Polanyi, de la que surgieron pensadores como Karl Polanyi y su hermana, enemigos del capitalismo a ultranza y algunas tendencias de una idealista de nueva sociedad campirana o de labriegos, predecesora del distributismo de Chesterton y Belloc.
A pesar de la riqueza del libro en épocas, personajes y anécdotas interesantes, un aspecto que me gustó fue su explicación de la crisis en Estados Unidos a raíz de la Gran Depresión de 1929, pues en cierta parte, por más que se sea optimista, o quizá precisamente por serlo, narra cómo, en esos años, la sociedad estadounidense vivió en serio el sentido de comunidad —cosa que en los últimos años ha perdido por su individualismo republicano—, que se mostró en el papel fundamental del alumno en el proceso de aprendizaje y en la vitalidad de la universidad estadounidense pequeña —que no sabemos si subsiste en la actualidad— en torno a nuevos inventos, teorías físicas, económicas y sociales, a pesar de la escasez de recursos económicos y el fracaso de algunas políticas rooseveltianas.
En términos numéricos, México no tiene el desempleo y la caída de la economía que terminaron con los dorados años 20 estadounidenses y llevaron a un tercio de la población a las filas del desempleo. Pero el sentido de comunidad sentó en cierta manera los efectos —tan terribles—, que no se pueden ignorar (como crecimiento 0% anual, más de 300,000 asesinados y cerca de 40,000 desaparecidos y el país sumido en la polarización, la crítica y la inmovilidad.
Tampoco olvido la idea de que la salvación no puede venir de la sociedad. ¿Por qué digo eso? Quizá por falta de fe y de analizar el protagonista más importante de la actividad económica: la persona. Si ahondando la reflexión teórica, con la ayuda importante de la economía experimental, se crea un concepto de un agente económico del hombre, la persona, perfeccionador perfectible y sujeto de crecimiento ético irrestricto; tengamos mayores posibilidades de crear políticas nacionales y subnacionales eficaces de desarrollo y de sostén ante situaciones de violencia y de pobreza, y más en general, instituciones más eficientes, como aspira Vittorio Pelligra en el libro Economía de la comunión, una nueva cultura. A grandes males, grandes bienes: la solución no vendrá de la sociedad o del gobierno, sino de un concepto económico trascendente de la persona (que no de individuo) y de la comunidad —sociedad donde coexisten personas, de acuerdo a Leonardo Polo y Federico Sellés—, labor que ya se ha iniciado en algunas instituciones y movimientos, no sin dificultades, pero con éxitos medibles y contrastables.