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El ocaso de los ayatolás
Irán protagoniza desde hace meses una vigorosa ola de protestas y la dictadura islámica ha desplegado una bárbara represión tratando de aplastarla. Ya dos personas han sido ejecutadas en la horca y están condenados a muerte por lo menos veinte personas por ser culpables de absurdos “delitos” como como “enemistad contra Dios” y “corrupción en la Tierra”. La lista se incluye al conocido futbolista Amir Nasr-Azadani, acusado de rebelión armada, cuyo caso ha sido ignominiosamente ignorado por la FIFA. Muchos deportistas se han visto involucrados en las protestas. Majid Reza Rahnavard, ejecutado el 12 de diciembre, era levantador de pesas profesional. Solo en Shiraz al menos 30 atletas están detenidos. Expertos juristas han denunciado las múltiples irregularidades de estos juicios, e incluso algunos clérigos reprueban estos procesos por “ir contra la ley islámica”. Los ayatolás perpetran infames ahorcamientos públicos para intimidar a la población. Esta práctica deleznable había desaparecido durante el mandato del moderado expresidente Hasan Rohani, pero reapareció con el actual mandatario ultraconservador Ibrahim Raisi.
Pese a la represión este movimiento podría marcar el principio del fin de la tiranía en Irán. El lema “No al velo obligatorio” evolucionó y ahora el objetivo franco es derrocar al régimen. Aunque han conocido altibajos, las protestas continúan en los cuatro puntos cardinales del país, involucrando a las diferentes etnias iraníes (kurdos, los baluchíes, árabes, azeríes). Todas las manifestaciones son protagonizadas por miles de jóvenes dueños de un sistema de valores claramente distinto al del régimen. Ya no quieren someterse a las infinitas limitaciones y arbitrariedades impuestas por la teocracia. En todos los lugares y en todo momento se ve a mujeres en la primera línea de combate, y aunque la bestial represión consiga imponerse por un tiempo, ello no resolverá la recesión económica y a las crecientes tensiones sociales y políticas. El régimen fundamentalista ha demostrado reiteradamente su ineficacia en la conducción del país.
La decadencia de la llamada “República Islámica” cada vez es más evidente. Por eso un número cada vez mayor de sus partidarios se distancian y lo abandonan, incluidos clérigos, militares y jueces. Nadie quiere quedarse en un barco a la deriva. El camino del cambio no será fácil de recorrer, pero ya se vislumbra el surgimiento de liderazgos con discurso definido y orientaciones más claras. Además, colabora activamente en la ruina del régimen las pugnas internas por el poder. Con 83 años y enfermo, el ayatolá Jamenei prepara a su hijo mayor, Mojtaba (un clérigo de bajo nivel) para ser el próximo líder supremo. Pero esta sucesión dinástica es muy mal vista por el resto de los ayatolás y por el presidente Raisi, quien también ambiciona ocupar el puesto máximo. De consumarse el arribo de Mojtaba al poder se eliminaría cualquier vestigio de legitimidad religiosa y entonces podrían verificarse levantamientos aún más severos en comparación con los actuales.