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Capital Humano

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Impuesto emocional: el costo de no ser uno mismo en el trabajo por miedo a la exclusión

El impuesto emocional es vivir en guardia constante para evitar un trato injusto en el trabajo por algún aspecto de la identidad personal del colaborador como su género u orientación sexual; los trabajadores lo pagan con su salud y las empresas con sus resultados, advierten especialistas.

El impuesto emocional es vivir en guardia constante para evitar un trato injusto en el trabajo.Foto: Shutterstock.

Cuando por mied o a ser excluido un colaborador no puede ser él mismo en su trabajo paga, junto con la empresa, un alto costo en su salud y resultados que no aparece en los estados financieros: un impuesto emocional.

“El verdadero costo refleja en cómo se comporta un colaborador, en las ideas que nunca dijo, en el talento que renunció o quienes (...) tuvieron necesidad de dejar de ser una parte de sí mismas”, advierte Alejandra Moreno Maya, consultora en inclusión en MAREA.

El impuesto emocional es el costo de vivir en guardia constante para protegerse en el entorno laboral de sesgos relacionados con una parte de la identidad, como el género, la orientación sexual, la apariencia física o el lugar de origen.

“Cuando un trabajador siente que debe protegerse de una manera constante para evitar ser juzgada, estereotipada o discriminada por una parte de su identidad, ahí es donde comienza a pagar un impuesto emocional”, explica Moreno Maya.

A nivel global, seis de cada 10 trabajadores de grupos históricamente marginados pagan este impuesto emocional al estar en alerta diaria de cuidar que no se les note un rasgo de su identidad por temor a sufrir un trato injusto en el trabajo, según datos de Catalyst, organización sobre inclusión laboral.

En México, sólo 36% de los profesionales siente que puede mostrarse auténtico en el trabajo, de acuerdo con datos de Talent Trends 2025 de Michael Page.

¿Cómo saber si estoy pagando un impuesto emocional en el trabajo?

El impuesto emocional se nota en aquella mujer en una junta que se debate entre hablar o no por temor a no ser percibida inteligente, un hombre que no hable de salud mental por no parecer débil, personas LGBTIQ+ que eviten hablar de su pareja en el trabajo por miedo al rechazo, o el colaborador mayor no dice su edad para no ser estereotipado como “obsoleto” o alguien que interviene su físico para “encajar.

“El concepto de impuesto emocional tiene que ver con los impuestos en el sentido que es parecido. Es algo que se cobra con cierta periodicidad, no lo puedes eludir y es obligatorio porque el entorno lo está planteando”, explica Jorge Gutiérrez Siles, psicoanalista y consultor Senior en KAYSA, firma enfocada en bienestar en el trabajo.

El ocultarse a sí mismo, editarse, destinar energía física y mental en cuidar que la identidad propia no desencaje con el entorno laboral tiene consecuencias en la salud y desempeño de las personas y en los resultados de la compañía, coinciden los especialistas.

“Imagínate que una persona llega a su trabajo y además de ocupar su energía para trabajar, para lograr los objetivos, también tiene ese desgaste emocional para protegerse de posibles sesgos y experiencias de exclusión que puede llegar a vivir en el mundo del trabajo”, resalta Moreno Maya.

Temor a ser excluido en el trabajo daña salud física y mental

El impuesto emocional cobra su factura en la salud integral de los colaboradores y en su desarrollo laboral.

El desgaste emocional genera una hipervigilancia de sí mismo en las interacciones laborales y un autocontrol para evitar situaciones o expresiones por temor a burlas o a ser excluido, enumera Gutiérrez Siles.

Provoca una disonancia emocional; es decir, una incongruencia entre la experiencia interna y la conducta externa de la persona.

“Esto me lleva a perder mi propia identidad, mi autenticidad, mi pertenencia y lo más seguro es que me lleve a un aislamiento”, menciona el especialista.

Los colaboradore s viven estrés crónico que se expresará en irritabilidad, tristeza, desórdenes en el sueño, impacto en la autoestima laboral.

También tendrá consecuencias físicas como: dolores de cabeza, tensiones musculares, problemas gastrointestinales, fatiga e hipertensión arterial, advierte Gutiérrez Siles.

Con ese estado de salud, el desempeño del colaborador se compromete: por un lado destina energía y tiempo de su jornada en protegerse de los sesgos de exclusión y por otro el esfuerzo y la presión para cumplir sus resultados.

“Esto impacta de forma negativa en el desempeño. Imagínate una persona que tiene que llegar a un trabajo donde tiene que cuidarse de lo que dice, de cómo se comporta, ahí su desempeño puede llegar a disminuir”, advierte  Alejandra Moreno Maya.

Rotación y bajos resultados: el saldo para las empresas del impuesto emocional

Las empresas pagan también un costo de este impuesto emocional al perderse del talento completo de un colaborador que, por no encontrar condiciones seguras para expresarse como es, se aisla, baja su participación, deja de proponer y hasta renuncia.

“Pensaríamos que solo estamos hablando del trabajador, pero la organización pierde un trabajador competitivo porque su cognición no va a ser tan fuerte. A la larga va a impactar la productividad de la organización”, añade Gutiérrez Siles.

Habrá menor compromiso que se expresará en incremento de rotación, ausentismo y presentismo. También un ambiente poco propicio para la innovación.

“Las consecuencias de pagar un impuesto emocional son tangibles y observables tanto a nivel organizacional como a nivel personal”, advierte Moreno Maya.

Periodista multiplataforma con experiencia y pasión en temas económicos, negocios y mundo laboral. Ahora reportero en Capital Humano.

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