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Arte e Ideas

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Heli o de la maldad que se cuela por nuestras ventanas

Retrato psicológico de nuestra época, Heli de Amat Escalante va más allá de cualquier coyuntura. ¿Será que los mexicanos vivimos cómodos en el horror?

En Cannes la abuchearon. También nombraron a Amat Escalante el mejor director de la competencia oficial. Así es Heli, una película con un halo de controversia del que, esperemos, se liberará con los años.

Porque Heli sobrevivirá al tiempo. Lo merece. La tercera cinta de Amat Escalante no es coyuntura, no es una narcopelícula. Heli evade el oportunismo y aspira a una venerable categoría narrativa: la del retrato psicológico de una época.

Escalante ha hecho su carrera, joven todavía pero brillante hasta ahora, desplegando un estilo bidireccional. Por un lado, los planos extendidos, el ritmo aletargado, la trama mínima, los actores que no son actores. Todo es de un desapego, como si la historia y los personajes estuvieran en otra galaxia, el espectador puede acomodarse, renunciar a cualquier responsabilidad emocional para con esa gente.

Pero por el reverso, a Escalante le gusta la sangre. El ritmo y los planos larguísimos van creando una tensión muy inquietante. Cuando esa tensión estalla (y de qué forma) el golpe se siente hasta en la butaca. Y esos actores que dizque no son actores lo interpretan muy bien.

(Qué tan bien lo aguanten es otra cuestión. Temo por la salud psíquica de esas personas, particularmente de los que salen en Heli).

En reversa se entienden mejor ciertas desgracias. Una camioneta transporta a dos cuerpos. Uno desnudo e inerte. El otro vestido y visiblemente aterrorizado. En el puente peatonal amanecerá colgando un cadáver. Empieza Heli.

Heli (Armando Espitia) es un hombre, casi un niño. Se acaba de casar y tiene un bebé de pocos meses. Vive con su papá y su hermanita Estela (Andrea Vergara) en una de esas típicas casitas de una planta que son habituales en ciertos pueblos.

Padre e hijo trabajan en una planta industrial que emplea a gran parte del pueblo (a los que todavía no son narcos o policías, al menos). En el patio hay un carro destartalado, adentro hay un comedor, una tele. La normalidad.

Y como es normal para una niña de 13 años, Estelita se enamora. Beto (Eduardo Palacios), se llama el galán. Moreno, fuerte, 17 años, de esos que regalan cachorritos e invitan la nieve. Quiere ser policía y entrena en un campamento secreto donde se forma a las fuerzas especiales de la guerra contra el narco.

A Beto le iría bien una playera que dijera Carne de cañón . De eso tienen cara él y todos sus compañeros cadetes. La película se detiene un momento para contarnos cómo es la formación de esos jóvenes. Ejercitarse hasta el vómito. Embarrarse la vomitada, como prescribe el coach gringo. Oler letrinas. Correr en el desierto. El último en quebrarse recibe su placa y su arma larga. Hay que ganarse el derecho a ser carne de cañón.

Lo de Beto es la calentura. Le urge Estela. Pero Estela no quiere embarazarse y, presumiblemente, los condones son muy caros. Lo mejor es huir y regresar casados al pueblo. Fácil: cosa de robarse y revender unos paquetes cocaína de a kilo. Con dos basta.

Como Estela es beneficiaria de la movida, acepta guardar el botín en su casa. Pero Heli se da cuenta y no quiere nada que ver con narcos ni con drogas. Se deshace de la coca. Esa noche hombres armados (y uniformados) tiran la puerta. La pesadilla comienza.

Seguramente lo leerá en otro lado, así que no me detengo en describir las secuencias de tortura ( El pene en llamas , tituló David Miklos su reseña en Nexos). Las imágenes irredentamente violentas son importantes en todas las películas de Escalante.

En Heli esas escenas justifican la trama. ¿Por qué una familia normal tiene que pasar por esto? Lo más terrible es que la injusticia no termina ahí. Sigue una serie de infamias de todo tipo: laborales, judiciales, sexuales. Como en un cuento de Raymond Carver, la maldad se cuela por las ventanas y la respiraremos hasta ahogarnos.

Como dije antes, Heli va más allá de cualquier coyuntura. Pero recuerdo esto también. Hace unos años en una entrevista, el gran periodista de nuestros tiempos, Jon Lee Anderson me dijo que habría preguntar si el verdadero problema de México eran un montón de grupos criminales o si acaso, y esto es escalofriante, no sería que nuestra sociedad (instituciones, cultura, gente: somos cómplices) ha llegado a tal podredumbre moral donde esos criminales no son sino las bacterias que aceleran el procesos de descomposición del cadáver.

Fíjate lo creativamente violentos que son. Y cada vez serán más creativos y más violentos. Existen porque hay un sistema que los soporta , me dijo Anderson como echando luz a un túnel.

¿Vivimos los mexicanos respirando, sudando maldad? Mientras usted lee esta reseña, en algún lugar de México hay alguien siendo torturado, vejado, desmembrado y los culpables no son solo los narcos y los policías corruptos. Con Heli Amat Escalante nos toca un nervio.

Como su protagonista, quizá alcancemos cierto desahogo espiritual en el sexo y la venganza. Pero, Heli, ¿hasta cuándo durará la tregua?

concepcion.moreno@eleconomista.mx

nlb

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