“Estamos vivos por la gracia de Dios. Aquí estamos olvidados, hemos recibido dos inundaciones solo en noviembre, hemos solicitado apoyo a las autoridades, pero no hemos tenido respuesta alguna. No es justo que jueguen con nuestra necesidad, nos tienen peor que limosneros”, denuncia una de las afectadas de la colonia La Isla, en San Cristobal.

La “normalidad” ya no existe en San Cristóbal de las Casas (municipio ubicado a 45 minutos de Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas). Ya pasaron tres semanas desde que la tormenta ‘Eta’ inundó al municipio (así como a otros 60, de un total de 124), pero, aunque los habitantes intentan vivir una vida tranquila, su realidad no se los permite.Cualquiera que atraviese las calles de San Cristóbal sobre su auto observaría un paisaje “normal”. Pero al recorrer la ciudad a pie, la sensación es diferente: Las alcantarillas aún tienen aguas negras, los muros de los domicilios tienen dibujada una extraña línea de un metro de altura y el olor es de humedad intensa..

A pesar de que ya ha pasado casi un mes del siniestro, la vida es un dolor cada día para más de 5,000 personas afectadas en más de cinco colonias de dicho municipio chiapaneco. Dormir en una cama es un lujo, pues se quedaron sin colchones. Soportaron cinco días sin tener agua potable, dos días sin comer y un día entero sin energía eléctrica. Lo peor para ellos fue el 6 de noviembre, cuando la lluvia llevaba dos días de forma continua: “Nos quedamos atrapados en el agua, no podíamos cocinar porque no teníamos energía. Mi nieto me decía, abuelita, tengo hambre, y yo solo le respondía ‘es que no tenemos nada’”, narra otra afectada.

Inundación en tiempos de pandemia

“Hemos ido perdiendo poco a poco nuestras cosas, pero la tormenta de noviembre fue fatal porque perdimos lo poco que fuimos recuperando de otros desastres”, explica una mujer que reside en la calle Wenceslao Domínguez (colonia La Isla, al norte de San Cristóbal), una de las tantas avenidas en donde el agua superó hasta el metro de altura.

‘Eta’ le quitó colchones, muebles, estufa, refrigerador, zapatos y ropa. Antes de esto, se cuidaba mucho del Covid-19 cuidando detalles de lo que vestía y calzaba, pero ahora tiene que utilizar ropa que la propia ciudadanía le regala, ya que no ha recibido ningún tipo de apoyo ni del gobierno municipal, estatal ni federal.

La pandemia ha pasado a segundo plano en este lugar. Pocos creerían que las calles que hoy lucen secas se convirtieron en ríos en donde solo era posible atravesar con lanchas. Sin embargo, las paredes aún tienen la marca del agua a un metro, pero la marca más fuerte está en el recuerdo de los peores momentos, como cuando elementos de la Guardia Nacional rescataron a las personas de sus hogares y luego los dejaron en la calle, en una esquina sin techo. “De aquí, ahí ven qué hacen, cada quien agarra su rumbo”, decían los soldados a los ciudadanos, quienes pasaron una madrugada en la intemperie sin comida, sin comunicación y con frío (la temperatura promedio de las madrugadas en San Cristóbal roza los ocho grados centígrados).

Cuando el nivel del agua bajó y pudieron regresar a sus domicilios, el reto continuaba. No solo eran las pérdidas de electrodomésticos básicos, ahora había que lidiar también con malos olores, litros de aguas negras, basura y repercusiones en la salud. Sin recibir auxilio de la autoridad local en cuestión de recolección de basura ni de elementos de salud, los vecinos se organizaron para limpiar.

Cada familia tuvo que gastar alrededor de 2,000 pesos para la compra de accesorios de limpieza y de una pipa, ya que se quedaron sin agua potable y la poca que llegaba a sus domicilios estaba contaminada. El constante contacto con agua fría provocó que los habitantes tuvieran fiebre, otros más sufrieron cortaduras en sus pies o brazos durante la inundación, mientras que otros padecieron infecciones estomacales.

Durante casi una semana, los habitantes sacaban enormes bolsas de basura para dejar limpia su casa. Los habitantes recalcan que este fue un proceso de colaboración entre ellos, porque la autoridad municipal a cargo de la presidenta Jerónima Toledo Villalobos nunca se apareció ni a recolectar los montones de basura acumulados: “¿Qué están esperando las autoridades, que en lugar de que sea un cerro de basura sea un cerro de humanos? No es posible que no nos hagan caso, ya vamos para un mes y no sabemos a qué instancias dirigirnos”.

Otra mujer, quien padece diabetes, se cortó el pie por tratar de escapar de la corriente, y su hijo sufrió convulsiones nerviosas a partir de la tragedia. Tuvo que pedir un préstamo para iniciar un negocio de venta de dulces porque durante la pandemia se quedó sin empleo, como varias de sus vecinas. Los ingresos de estas familias no superan los 3, 000 pesos y sus pérdidas superan los 10, 000. “Quien no ha vivido esto, no sabe cómo la estamos pasando. Las cosas cuestan mucho esfuerzo para recuperarlas”.

Terror y fractura de una vida

Sobre la avenida Manuel Velasco, una de las principales de la zona norte de San Cristóbal de las Casas, el agua también alcanzó un metro de altura. Hubo hogares en la que la inundación entró por la puerta de enfrente pero también por atrás, ya que es una zona que colinda con el río Amarillo, uno de los más largos del municipio.

Ese es el caso de una familia de nueve habitantes que abrió sus puertas a El Economista para observar cómo sobreviven a un mes de la tragedia. El jefe de la familia, un hombre de 74 años, asegura que perdió alrededor de 50, 000 tras quedarse sin sillones, tres colchones, dos lavadoras y una estufa, así como que sus cultivos de chile, epazote, yerbabuena y rábano quedaron destrozados. Además, su drenaje colapsó y eso le costó 12, 000 pesos que no tenía contemplados, cuando sus ingresos ascienden a un aproximado de 10, 000 mensuales.

“Son problemas muy fuertes, yo no se lo deseo a nadie porque sí se sufre mucho, y las benditas autoridades no la viven o no hacen consciencia de lo que de verdad sufre un pueblo cuando se inunda. Ellos tienen dinero, se van a la hora que quieran a donde quieran, no les importa el sacrificio de los ciudadanos”.

Hay una nueva realidad en los hogares de San Cristóbal. Las habitaciones de las familias tienen tablas colocadas a metro y medio del suelo y ahí es donde los habitantes colocan sus cosas. Ya no confían en dejarlas en el piso, ya que solo en 2020 han sufrido cinco inundaciones y lo peor, narran, es que ni siquiera son lluvias potentes, sino lloviznas constantes; sin embargo, el riesgo mayúsculo es el desbordamiento de ríos y arroyos, que provocan la inundación en cuestión de 15 minutos en cualquier momento.

“Ya vivimos con angustia, mi viejita (su esposa) nada más ve que está nublado y se pone mal. Cambia la vida definitivamente tanto moral como económicamente”, cuenta este hombre, recordando que desde el 2010 no se vivía un escenario tan duro en ese municipio a causa de una inundación.

Su hogar tiene siluetas de agua por todas partes. A eso se suman las grietas que dejó el terremoto del 2017, en el que tampoco recibieron apoyo gubernamental, y eso hace que su hogar sea más vulnerable a inundaciones, por lo que ya piensa seriamente en vender dicha propiedad. La incertidumbre aumenta cada vez que el cielo se vuelve a nublar, pero más aún porque hasta ahora el único acercamiento de las autoridades ha sido un censo realizado 10 días después de la tormenta, en el que les preguntaron qué daños habían perdido, pero no les dijeron cómo los van a apoyar: “Desde entonces no sabemos nada, no sabemos si nos van a dar lo que perdimos, efectivo, no sabemos nada de eso”.

Las inundaciones han afectado fuerte a este municipio en 2020 a partir de junio, pero el 4 de noviembre se dio la más fuerte durante el presente siglo.

Sin ser escuchados

Sobre la colonia Obrera, tres generaciones miran el panorama con miedo. Una joven con menos de 30 años carga a su bebé mientras espera que lleguen los responsables de gobierno para hacer el censo de daños en su hogar. Espera con un ápice de ilusión, pero con consciencia de realidad de no haber recibido nada de ayuda.

Su mamá, una señora de más de 50 años, asegura que viven aterradas por el recuerdo de esta última inundación, en la que salieron corriendo a las 3:00 de la mañana para buscar un refugio porque el nivel del agua seguía subiendo. De igual forma, ellos gastaron entre 2, 000 y 3, 000 pesos de su bolsa para limpiar el desastre en los días subsecuentes.

El único apoyo que esta familia ha recibido no vino del gobierno, sino de Fundación Telmex, que repartió dos botellas de cinco litros de agua potable cada una más una colchoneta; aunque los habitantes agradecen estos materiales, señalan que no es suficiente para salir adelante luego de perder colchones, estufas y otros accesorios de uso diario.

De regreso en la colonia La Isla, un hombre de 78 años cuenta que sobrevivió gracias a que la Guardia Nacional lo sacó de su casa en camilla, ya que padece parálisis en su pierna derecha. En su hogar conviven otras tres personas con discapacidades, entre ellas su esposa, de 80 años, quien también fue rescatada en lancha. Además de salvar su vida, el hombre se siente agradecido de que pudo rescatar sus medicamentos vitales (para oxigenación), ya que ascienden a más de 2, 000 pesos mensuales y “somos gente muy humilde”.

No obstante, revela que las inundaciones serán una constante en dicho municipio mientras que las autoridades no canalicen el río principal, el Amarillo, ni se haga un trabajo correcto con los túneles de manejo de aguas. Asegura que en su juventud trabajó en la construcción de esos canales y que en ese momento le dieron 50 años de vida a todo; ya han pasado 42 años y “nunca ha habido mantenimiento”, por lo que denuncia: “Tenemos derecho de pedir lo que necesitamos porque es una causa justa”.

Ha pasado casi un mes desde que Eta’ impactó territorio chiapaneco y los estragos aún se respiran. Terror, miedo y desesperación son las palabras que transmiten los habitantes en su mirada ante el abandono de las autoridades de los tres niveles (municipal, estatal y federal).

Para rematar, denuncian los afectados a este diario, hay quienes se han aprovechado de la desgracia para obtener beneficio propio, pues los líderes de las colonias “solo te apoyan si les caes bien”, además de que políticos que aspiran a la alcaldía de San Cristóbal “entregan despensas a quienes ni siquiera lo necesitan”.

Las personas caminan, trabajan y de vez en cuando sonríen, pero describen que su vida ya no es igual. Tienen miedo de voltear al cielo y encontrarse con nubes grises, porque saben que será una batalla que seguirán enfrentando solos, sin el auxilio de sus mandatarios.

rrg