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Opinión

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Trump, el embaucador embaucado

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Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Manuel Ajenjo

El más reciente episodio protagonizado por Donald Trump, cuyo nombre artístico es el Orate Anaranjado, fue bautizado “Proyecto Libertad”, una de esas aventuras geopolíticas a las que Washington les pone nombres de película de aventuras hollywoodiense para ocultar que, en realidad, son operaciones de cálculo erróneo patrocinadas por contribuyentes norteamericanos y celebradas por corredores de bolsa con información privilegiada.

La idea era simple, según la lógica del vaquero de Mar-a-Lago: estrangular a Irán cerrándole la respiración económica en el estrecho de Ormuz, obligarlo a capitular y, de paso, recordarle al planeta quién manda todavía en el barrio. Sobre el papel, el plan parecía infalible. Estados Unidos posee el aparato militar más poderoso de la Tierra. Irán, en comparación, parece un taller mecánico enfrentando a una fábrica de portaaviones.

Pero hay un pequeño detalle que el Pentágono y Trump olvidan cada cierto tiempo: las guerras no siempre las gana quien tiene más juguetes caros, sino quien entiende mejor el terreno, el tiempo y la paciencia. Y en eso, los iraníes llevan décadas graduándose con honores.

Mientras Washington hablaba de fuerza, Teherán hablaba de resistencia. Mientras Trump amenazaba con asfixiar económicamente a Irán, los iraníes hicieron algo profundamente irritante para cualquier imperio: adaptarse.

El bloqueo naval terminó funcionando como producto milagro de esos que anuncian por la televisión en la madrugada, prometía resultados espectaculares y acabó provocando efectos secundarios desastrosos. El petróleo se disparó por encima de niveles de crisis. Los fertilizantes comenzaron a encarecerse en los mercados internacionales. Las advertencias sobre seguridad alimentaria se multiplicaron. Y los únicos verdaderamente felices fueron esos misteriosos patriotas de Wall Street que, casualmente, siempre saben qué comprar unas horas antes de cada anuncio de Trump.

Cada amenaza elevaba el precio del crudo. Cada discurso incendiario generaba movimientos especulativos. Cada conferencia de prensa parecía menos un mensaje presidencial y más una recomendación bursátil disfrazada de patriotismo.

Mientras tanto, Irán seguía ahí. Sin capitular. Sin rendirse. Sin arrodillarse frente al espectáculo mediático. Y entonces ocurrió lo inevitable: Washington cambió el discurso.

De pronto, el bloqueo dejó de llamarse bloqueo. Ahora el “Proyecto Libertad” era una operación “humanitaria” para liberar buques atrapados en Ormuz. Una pirueta retórica tan elegante como decir que el Titanic no se hundió, sino que inició una inmersión turística no programada.

La pausa anunciada por Trump no fue una señal de fuerza. Fue el reconocimiento tácito de un fracaso estratégico. Porque cuando una superpotencia cambia el objetivo en plena partida no es porque tenga el control absoluto, sino porque perdió el control del tablero.

Estados Unidos sobreestimó su capacidad de resistencia económica y subestimó brutalmente la capacidad iraní para soportar presión. Otra vez. Como en Afganistán. Como en Irak. Como en tantas guerras donde Washington llega con drones y termina saliendo con explicaciones.

Lo único cierto es la persistencia del autoengaño imperial. En Washington todavía existe la idea de que cualquier país terminará cediendo si se le aplican suficientes sanciones, suficientes amenazas o suficientes discursos sobre democracia pronunciados desde un portaaviones.

Pero el estrecho de Ormuz sigue bajo influencia iraní. Ese es el dato incómodo.

El gran símbolo del poder naval estadounidense terminó convertido en una autopista marítima donde la Casa Blanca amenaza mucho y controla menos de lo que quisiera admitir.

Claro, nadie en la maquinaria propagandística dirá que fue un fracaso. Dirán que fue una “recalibración estratégica”. Los norteamericanos tienen una extraordinaria habilidad para inventar eufemismos cada vez que la realidad les da una bofetada diplomática. Nunca retroceden: “reposicionan recursos”. Nunca pierden: “redefinen objetivos”. Nunca fracasan: “fortalecen alianzas”. Es decir: nunca aceptan que el gigante tropezó con una piedra más pequeña pero mucho más astuta.

Y quizá ahí reside la gran tragedia de las potencias imperiales: confunden músculo con inteligencia.

Al final, el “Proyecto Libertad” terminó siendo exactamente eso que tanto le molesta a Trump, una mala negociación.

El estrecho de Ormuz está bajo control iraní. El embaucador salió embaucado.

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Manuel Ajenjo

Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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