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Opinión

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Mujeres afganas, cinco años de ignominia

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Lucía Melgar | Transmutaciones

Lucía Melgar

A cinco años de la toma de poder de los talibanes en Afganistán, las mujeres y niñas afganas siguen padeciendo la feroz misoginia de un régimen oscurantista totalitario. Pese a la evidente imposición de un apartheid de género en ese país, la clase política occidental, mundial,  poco ha hecho por impedir este crimen. Los organismos internacionales han repetido reportes, condenas y llamados a algún tipo de acción – pacífica –   que obligue al régimen talibán a cesar esta represión brutal, que también afecta a hombres y a minorías étnicas y religiosas. Más allá de las sanciones,  sin Estados comprometidos con principios humanos básicos, tales declaraciones se disuelven en el aire, más en el contexto de creciente racismo y autoritarismo en el mundo.

 Desde agosto de 2021, cuando el gobierno de Estados Unidos abandonó el país a su suerte, el régimen talibán, extremista, escudado en una interpretación fanática y distorsionada de la ley coránica, excluyó a las jóvenes de la universidad y de casi cualquier trabajo pagado, cercenando así su proyecto personal y profesional.  Poco después, les negó el derecho a estudiar más allá de la primaria, lo que afecta a 2.4 millones de adolescentes (UNESCO). En agosto de 2024, eliminó a niñas y  mujeres del espacio público con la “Ley de Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio”,  que les impuso el uso de la burka,  les prohibe hablar en público,  salir a la calle sin un acompañante hombre, bajo amenaza de sanciones arbitrarias. Tampoco pueden mirar a la cara a un hombre que no sea su pariente, caminar en los parques, ir a un gimnasio o a salones de belleza… En la casa  tampoco deben manifestarse: no pueden cantar ni leer en voz alta si su voz puede escucharse desde afuera.  El odio a las mujeres es tal que el líder supremo ordenó no construir ventanas y tapar las existentes que den a cocinas, patios o cualquier espacio usado por las mujeres en el espacio privado.

Todas estas medidas que resultan en el enclaustramiento extremo de mujeres y niñas constituyen graves violaciones de sus derechos humanos, buscan paralizarlas y matarlas en vida.  Las exponen a una degradación cotidiana real que puede llevarlas a la muerte,  no sólo por pobreza y desesperación, por violencia. El régimen, en efecto, ha autorizado el matrimonio infantil, acepta los matrimonios forzados y deja a niñas y mujeres a merced de sus maridos y parientes que pueden someterlas por la fuerza sin castigo pues ante las autoridades sólo  fracturas y lesiones demostrarían violencia doméstica (imposible de denunciar desde el encierro y el acallamiento). Feminicidios, violaciones y esclavitud sexual – documentados clandestinamente –- han aumentado desde luego.

Esta ley de moralidad también afecta a los hombres pues les impone normas corporales y de vestimenta y prohíbe la música. Quienes no acaten estas medidas deshumanizantes se exponen al uso arbitrario y desmedido de la represión. El régimen odia cualquier pluralidad: ha reprimido manifestaciones y disenso con  golpes, cárcel, ejecuciones y desapariciones;  ha atacado a minorías chiitas y étnicas, desplazado violentamente a poblaciones enteras.

Pese a tanta adversidad, mujeres y niñas han logrado resistir a este embate de anulación: muchas mantienen el deseo de aprender y estudian a escondidas, otras enseñan, organizaciones civiles internacionales apoyan en educación y salud a través de mujeres locales, tejen redes de solidaridad admirables. Quienes pudieron se exiliaron.  

La población afgana merece un apoyo real de la comunidad internacional. La Corte Penal Internacional emitió en 2024 órdenes de aprehensión contra el líder supremo y el fiscal talibanes. ¿Quiénes la aplicarán? Se impusieron sanciones internacionales pero la condena mundial se ha diluido: Naciones Unidas aceptó dialogar con los talibanes  sin presencia de mujeres; Pakistán e Irán han deportado a este infierno a muchos inmigrantes afganos, Alemania está en tratos con el régimen con ese fin...

Así se siguen destrozando las leyes internacionales y la humanidad.

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Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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