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Ego inteligente: el activo que las empresas olvidan medir

Maribel Núñez Mora F. | Columna Invitada
Durante años, las empresas han medido casi todo: productividad, eficiencia, costos, desempeño, retorno de inversión. Pero hay un activo crítico que rara vez aparece en los indicadores: la capacidad de las personas para manejar el riesgo.
En un entorno económico marcado por la incertidumbre, no es la ausencia de riesgo lo que define a las organizaciones más sólidas, sino cómo lo procesan, lo interpretan y lo convierten en acción. Y en ese punto, el factor humano sigue siendo decisivo.
El riesgo como condición permanente
La economía mexicana —como la global— dejó atrás la idea de estabilidad predecible. Volatilidad financiera, cambios tecnológicos acelerados, disrupciones en cadenas de suministro y transformaciones laborales han convertido al riesgo en una condición permanente, no en una excepción.
Sin embargo, muchas organizaciones siguen tratando el riesgo como algo que debe evitarse a toda costa. Lo encapsulan en comités, lo burocratizan o lo diluyen en procesos que, paradójicamente, frenan la innovación y la toma de decisiones.
El problema no es el riesgo. El problema es no saber gestionarlo a nivel humano.
Ego e incertidumbre: una relación incómoda
Cuando el entorno es incierto, el ego se vuelve protagonista. No el ego como arrogancia, sino como identidad profesional, como la necesidad de tener razón, de no equivocarse, de proteger la imagen propia y la posición dentro de la organización.
En muchas empresas, el miedo al error se traduce en inmovilidad: ideas que no se proponen, decisiones que se postergan, proyectos que se diluyen en consenso. La innovación se ve afectada no por falta de talento, sino por exceso de autoprotección.
Aquí aparece un concepto clave: ego inteligente.
¿Qué es el ego inteligente?
El ego inteligente no elimina la incertidumbre; aprende a convivir con ella. No busca controlar todo, sino entender qué sí depende de la acción propia y qué no. Es la capacidad de una persona —y de una organización— para tomar decisiones sin que el miedo al error paralice el criterio.
Un ego inteligente:
- Reconoce límites sin perder confianza.
- Acepta el error como parte del proceso, no como amenaza a la identidad.
- Escucha, ajusta y vuelve a intentar.
En términos económicos, esto se traduce en mejor toma de decisiones, mayor velocidad de ejecución y mayor capacidad de innovación.
Riesgo entrenado vs. riesgo reprimido
Las empresas que innovan no son las que asumen más riesgos, sino las que entrenan mejor a sus equipos para gestionarlos. Saben evaluar escenarios, tomar decisiones incompletas y ajustar en el camino.
Por el contrario, las organizaciones que reprimen el riesgo terminan pagando un costo oculto: baja productividad, fuga de talento, proyectos irrelevantes y pérdida de competitividad.
El riesgo reprimido no desaparece; se manifiesta en forma de estancamiento.
En un país como México, donde la transformación económica exige adaptabilidad constante, la capacidad de gestionar riesgo se vuelve una ventaja estructural.
Innovación y productividad: una ecuación humana
Existe una relación directa entre la forma en que se maneja el riesgo y los niveles de productividad. Cuando las personas se sienten autorizadas a pensar, proponer y decidir, la innovación fluye. Cuando el error se penaliza de manera sistemática, la creatividad se inhibe.
Esto explica por qué muchas empresas invierten en tecnología, pero no logran los resultados esperados: la innovación no fracasa por falta de herramientas, sino por falta de seguridad psicológica para usarlas.
El ego inteligente permite separar el valor personal del resultado inmediato. Y esa separación es clave para aprender, iterar y mejorar.
El poder del riesgo, una vez más
A lo largo de los últimos años hemos aprendido que el riesgo no es un enemigo, es un maestro. Pero solo enseña a quienes están dispuestos a escucharlo.
El poder del riesgo no está en evitarlo, sino en usarlo como motor de aprendizaje. Y eso aplica tanto para individuos como para organizaciones.
En una economía donde el cambio es constante, la rigidez es más peligrosa que la incertidumbre.
Lo que las empresas deberían empezar a medir
Si las empresas quieren mantenerse relevantes, tendrán que ampliar su forma de medir el desempeño. Además de indicadores financieros y operativos, deberán preguntarse:
- ¿Qué tan rápido tomamos decisiones en escenarios inciertos?
- ¿Qué tan cómodo se siente nuestro talento al proponer ideas no probadas?
- ¿Qué tan bien aprendemos del error?
Porque el riesgo no se elimina con controles, se gestiona con criterio y madurez.
Y esa madurez comienza en las personas.
El riesgo no se evita, se entrena
México necesita organizaciones que entiendan que el capital más valioso no es solo financiero o tecnológico, sino emocional y cognitivo. Empresas capaces de formar líderes con ego inteligente, preparados para decidir sin certezas absolutas.
En el mundo que estamos construyendo, el riesgo no va a desaparecer. Pero sí puede convertirse en ventaja competitiva.
El riesgo no se evita, se entrena. Y quienes aprendan a hacerlo, marcarán la diferencia en productividad, innovación y crecimiento económico.
*La autora es analista en transición profesional.

