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África, el GCIAR y el futuro de la alimentación global (parte 2)

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OpiniónEl Economista

En mi anterior entrega me referí al potencial de la agricultura africana para alimentar al mundo y señalaba algunas de sus limitaciones, las cuales pueden ser subsanadas complementando el esfuerzo nacional de esos países con el apoyo de entidades internacionales para el desarrollo; particularmente para la innovación, la investigación y el desarrollo tecnológico.

Los Centros del CGIAR tienen una historia de más de 70 años; surgieron por la necesidad de fortalecer a los institutos nacionales de investigación agropecuaria con el fin de elevar los rendimientos de sus cultivos agrícolas y trasferir conocimiento y germoplasma, principalmente a los países en desarrollo. En aquellos tiempos se reconocía que la capacidad técnico-científica de los centros internacionales superaba a las instituciones nacionales, por lo que los países que los hospedaran se verían preferentemente beneficiados de diferentes formas, principalmente por el acceso a las buenas prácticas agrícolas, semillas mejoradas y la capacitación de los técnicos locales. Es de reconocer que con los nuevos desafíos en la agricultura mundial, el CGIAR continuará jugando un importante papel para una agricultura sostenible al complementarse con las instituciones nacionales que han desarrollado sus propias capacidades, en parte con el impulso inicial de los propios centros del CGIAR.

Por razones estratégicas, los centros del CGIAR se establecieron en aquellos países reconocidos por su riqueza genética, identificados como centros de origen y de domesticación de las principales especies alimenticias (commodities). De esta forma se creó el Centro Internacional de la Papa (CIP) en Lima, Peru; El ILRI en Kenia; ICRISAT en la India; el CIAT en Colombia; el IRRI en Filipinas y el CIMMYT en México, que como se reconoce mundialmente, es centro de origen y de domesticación del maíz.

Una de las principales contribuciones de estos centros ha sido la colecta y conservación del germoplasma de las principales especies alimenticias para la humanidad y que se encuentran resguardadas en sus instalaciones especializadas, otra es la disponibilidad del germoplasma para los programas de mejoramiento genético de los países que así lo soliciten.

Con el tiempo y los esfuerzos de los países y sus gobiernos, algunos institutos nacionales de investigación en agricultura y ciencias afines han desarrollado sus propias capacidades tecnológicas y científicas altamente competitivas y en algunos casos han logrado posicionarse como lideres regionales como es el caso del CINVESTAV en México y EMBRAPA en Brasil, de tal forma que la vinculación con los centros internacionales de éstas y otras organizaciones se ven como aliados y con contribuciones tecnológicas y científicas hacia los propios centros del CGIAR.

Los desafíos que enfrenta la agricultura actual requieren de alianzas que fortalezcan el conocimiento científico y la innovación en tecnologías que mejoren y hagan más eficientes las prácticas agrícolas, mediante la implementación de medidas más productivas, más sustentables y que involucren a todos los productores, pequeños medianos y grandes. Por tal razón, el papel de los centros internacionales en conjunto con los institutos nacionales debe estimularse y fortalecerse para beneficio de la agricultura, principalmente de aquellos países que los hospedan, como es el caso de México.

En el continente africano las acciones de la red del CGIAR, sumadas a los esfuerzos nacionales, han tenido éxito al adaptar adelantos tecnológicos a las necesidades existentes y a las capacidades que tienen los agricultores locales en sus territorios. Así ocurre también en otros países donde crece la necesidad de crear alianzas para acceder a las innovaciones que hagan crecer la productividad agropecuaria.

México hospeda al Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) desde hace más de 70 años. Los beneficios de contar en nuestro país con un centro de esta talla son reconocidos nacional y mundialmente. Investigadores del CIMMYT junto con científicos mexicanos lograron, durante la década de los sesenta, crear variedades de trigo de porte bajo y tolerantes a la roya (razas SR6, SR7 y YR9). Gracias a estas investigaciones, se salvaron millones de vidas, principalmente en los países asiáticos. Esta gran contribución tecnológica es conocida como la Revolución Verde y fue liderada por Norman Borlaug, Premio Nobel de La Paz 1970.

De alguna manera, el CIMMYT le pertenece a México. Durante más de siete décadas se ha compartido con el centro espacio, personal, inmunidad diplomática y apoyo financiero, pero, sobre todo, investigadores mexicanos que sumados a los del resto del mundo han contribuido a garantizar la seguridad alimentaria de México y del mundo. Hemos recibido a cambio la custodia a perpetuidad de la riqueza genética de nuestra diversidad de maíces nativos, su acceso irrestricto para los programas de mejoramiento genético, la asistencia técnica, capacitación y la proyección de la agricultura mexicana al resto del mundo. Igualmente, la producción nacional de trigo en El Bajío y el Noroeste, se han sustentado en los materiales genéticos del CIMMYT, lo que ha garantizado cosechas similares a las de cualquier país avanzado en el cultivo de este cereal.

Este sentido de pertenencia debería reflejarse en la decisión política de involucrar más decididamente al CIMMYT con instituciones como Chapingo, COLPOS, Universidad Antonio Narro, CINVESTAV y Universidad de Nuevo León para revertir la progresiva dependencia de la importación de maíz extranjero. Urge desarrollar en conjunto un programa que se oriente a incrementar la superficie de cultivo de maíz en el sur-sureste aprovechando importantes superficies de tierras hoy en día ociosas y que con el adecuado manejo tecnológico pueden convertirse en suelos fértiles para un grano tan estratégico e importante para nuestro país. Una propuesta de esta naturaleza debería ser de la más alta prioridad para el gobierno, sobre todo si se toma en cuenta que los componentes de una iniciativa de tal relevancia están a la disposición, falta la determinación política para hacerlo.

Los países africanos han reconocido que la ayuda del exterior, sin duda necesaria, se ha ido agotando y han concentrado esfuerzos en la investigación e innovación científica para atender sus apremiantes necesidades alimenticias, donde los centros internacionales a la par de sus instituciones locales están demostrando a nivel de campo los beneficios de estas alianzas.

Nosotros tenemos en casa a un centro internacional altamente especializado en el cultivo del maíz que debería estar atendiendo juntamente con nuestras instituciones nacionales la lamentable situación de dependencia progresiva de importaciones de maíz que enfrenta el país. La soberanía alimentaria hoy tan alejada de nuestra realidad y basada mayormente en el maíz podría encontrar alternativas de solución si se decide aprovechar en forma ordenada las capacidades tecnológicas con que contamos en México. Lo que hace falta es la coordinación de tales capacidades que converjan en un programa practico y efectivo, con el respaldo económico necesario, y por supuesto la decisión política de llevarlo a cabo.

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