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Opinión

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Tiempos oscuros y palabras peligrosas. Una visión personal I

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Lucía Melgar

Vivimos tiempos oscuros de guerra y violencia desatada. En vez de preocuparnos por la preservación de la vida humana en el planeta, por cuidar el medio ambiente o acabar con el hambre y la desigualdad, por acabar con la opresión y la explotación, por encontrar soluciones pacíficas, estamos inmersos - como seres humanos- en una vorágine de violencias. A las atrocidades  que ensangrientan México se añaden nuevos estallidos de barbarie, renovados llamados a la violencia bélica, en regiones tan lastimadas como la nuestra.

Los actos terroristas, de Hamás, Al Qaeda o cualquier extremismo, son estallidos de barbarie, atrocidades que no pueden defender ninguna causa. La crueldad merece una condena tajante en nombre de la comunidad humana. La respuesta a la barbarie, en cambio, no es unívoca: puede abrir caminos o estrechar el cerco de la violencia.

Si ya el siglo XX estuvo atravesado por guerras atroces, el siglo XXI no parece haberse iniciado (en el contexto occidental) con la caída del muro de Berlín sino con el atentado del 9/11 en Nueva York  y la respuesta oficial estadounidense.

Encuadrar el atentado contra el World Trade Center como un acto de guerra, como lo hizo el gobierno de EU, y repetir miles de veces en  la televisión el impacto de los aviones en las torres y la caída de éstas, aumentó – si posible- el trauma de la población, profundamente herida y aterrada. Facilitó también la justificación de la acción bélica contra Afganistán primero, contra Irak, después.  Según Bush y sus halcones, era urgente atacar Afganistán para demostrar la fuerza de EU y acabar con los terroristas que ahí se ocultaban. Quien viera en esa época imágenes de Kabul podía preguntarse qué quedaba por bombardear si la ciudad parecía ya en ruinas, por la invasión rusa y conflictos subsecuentes. Justificar la invasión de Irak en 2003 exigió el recurso a la mentira de Estado, revivió el miedo al terror, con la amenaza de “armas químicas” en manos de un gobierno criminal.

 Al mismo tiempo, si ya el devastador atentado buscaba sembrar profundo terror, gobiernos y grupos de interés alimentaron los miedos e impulsaron la “securitización” de la vida cotidiana. “Medidas temporales”, como la revisión  de cuerpo entero con sofisticados aparatos en los aeropuertos, la prohibición de llevar en los aviones objetos “sospechosos” (incluso cubiertos de metal), la revisión con rayos X de equipaje, se han convertido en prácticas comunes en el mundo y parecen “normales” a quienes nacieron después del 2001. La proliferación de cámaras y medios de espionaje  y la “necesidad” de la vigilancia generalizada  ya no forman parte de la ficción, dominan los espacios públicos, se infiltran insidiosos  en la vida privada.  

Por otra parte, la combinación de un discurso bélico y antiterrorista y la identificación de los terroristas como “musulmanes” a partir de su asociación con Bin Laden, fundador y líder de Al-Qaeda, encendió o avivó prejuicios antimusulmanes, alimentados por algunas reacciones antiestadounidenses en el mundo cuando el 9/11 y después. Medios amarillistas, que infundían miedo y odio al “otro” peligroso, atizaron un discurso de odio más y más peligroso. Proliferaron en las calles palabras denigrantes y ofensivas, actos violentos  contra cualquiera que “pareciera musulmán”, a los ojos de la ignorancia y del temor.

De este acto terrorista y de estas guerras surgió el Patriot Act, para controlar a la población estadounidense; surgió también Guantánamo, prisión ignominiosa donde se practicaron actos de tortura, mininizados como “excesos” necesarios contra “enemigos bárbaros”. Un  pozo negro de inhumanidad.

Si los actos terroristas deshumanizan y desgarran, las guerras actuales matan y dañan a la población civil. Las bombas y proyectiles  destruyen comunidades, aniquilan familias, desangran  a mujeres y niños. Si el terrorismo sólo sirve a los violentos, ¿a quiénes sirve la respuesta bélica?   

Ninguna vida vale más que otra.  La deshumanización de unos no justifica la deshumanización de otros. 

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Lucía Melgar

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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