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Opinión

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Puerto Peñasco no es ningún Damasco

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Pablo Zárate

Suponer que el presidente López Obrador tiene una visión científica del mundo, con opiniones y preferencias asignadas a distintas tecnologías por su potencial y resultados, siempre ha sido cuestionable. Pero muchos han llegado a creer que esta Administración realmente prefería un barril de combustóleo alto en azufre que 6,000 pies cúbicos de gas; un cracker de refinería que un parque de turbinas eólicas; o un pozo que unos páneles. Como si fuera un auténtico amor por la contaminación.

Para ser justos, hay buenos datos para darle vuelo a la imaginación de preferencias fósiles. La producción de combustóleo, y su uso en la producción de electricidad, es uno de los pocos indicadores energéticos que han realmente tendido al alza en esta Administración. Hay demasiados videos de funcionarios de este gobierno presumiendo las instalaciones de Dos Bocas: sus torres, sus crackers, sus fierros —todo. En lo eólico, en cambio, lo más destacado ha sido la crítica del presidente hacia los “ventiladores” que según él sólo arruinan el paisaje natural. Además, ¿hay algún funcionario federal que haya hablado positivamente, en el balance neto, de las energías renovables?

En este contexto, la puesta en marcha del parque solar de Puerto Peñasco —por ser de la CFE y parte del Plan Sonora— suena, de golpe, a una auténtica transformación. Ha convencido hasta a voces calificadas. Si la próxima visita del secretario John Kerry es consistente con su visita pasada, o con sus intervenciones en la COP27, o con la cumbre de los Tres Amigos, hasta una organización tan sofisticada como el gobierno de Estados Unidos cree que aquí en México ha habido un golpe de timón. La ruta a Puerto Peñasco se ha vuelto para el presidente mexicano, en la retórica de algunos, lo que el camino a Damasco fue para el apóstol Pablo: el lugar de su iluminación y conversión.

Hay, desafortunadamente, una posibilidad más modesta. Empieza así: el presidente López Obrador, que no se ha caracterizado por su visión científica de las cosas, no tiene preferencias entre tecnologías y productos, sino entre accionistas e inversionistas. Como fuente de energía, no necesariamente prefiere al carbón o el petróleo que al sol o al viento. Pero siempre ha preferido un barril de petróleo que se produce bajo el control y estructura de capital de Pemex que un barril que pasa por Eni o Total. La compra de la refinería de Deer Park, de hecho, sólo demuestra que siempre ha preferido un litro de gasolina de Pemex que uno de Shell, aunque sean iguales. Y lo mismo con los electrones: siempre ha preferido los de la CFE sobre los de cualquier empresa privada —aun cuando los primeros vengan de combustóleo y carbón y los segundos del viento o del sol.

En este otro contexto, Puerto Peñasco no representa ninguna conversión. Representa una confirmación: bajo su gestión, lo que Pemex y la CFE prefieran y produzcan desplazará cualquier otra consideración. Aquí no se discrimina, por ejemplo, a la energía solar. Por ser de CFE, a Puerto Peñasco se le dio luz verde y trato preferente hasta en el nodo más saturado, bajo las mayores condiciones de “intermitencia” a gran escala que se puedan imaginar. Lo que se discrimina es la energía solar producida por plantas de inversionistas privados en buena parte del país.

Mientras esto siga siendo cierto, la inversión en renovables simplemente no tendrá la escala para que México pueda cumplir sus compromisos ambientales internacionales. Nuestro gobierno seguirá violando el T-MEC y otros acuerdos internacionales al dar trato preferente a sus propias empresas. Y el abasto eléctrico será, cada vez más, un reto y un obstáculo a la inversión en nuestro país. Por más que le quieran ver cara de Pablo, seguirá siendo Saulo.

Twitter: @pzarater

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