Desde el anterior cambio de régimen político se han implementado siete modelos de desarrollo económico sin que a ninguno se le haya dado la oportunidad de alcanzar sus eventuales beneficios. Mientras las naciones desarrolladas de forma consistente permiten por décadas que sus modelos de desarrollo permeen en su cultura, en México en promedio cada 12 años se cambia la visión del desarrollo. Así, desde la Revolución hasta nuestros días no ha existido una visión económica de largo plazo. Por el otro lado, por ejemplo, EU, desde la firma de su acta de independencia en 1776, hasta el día de hoy mantiene el mismo modelo basado en los principios fundamentales del liberalismo económico. Nunca ha habido cambio sobre la propiedad privada, el libre mercado y un Estado fuerte como garante del Estado de Derecho aún durante su guerra de revolución en 1861. En nuestro país no nos hemos podido poner de acuerdo en cuál debe de ser nuestra visión del desarrollo, salvo en la retórica de que debe ser para “todos”.

Una de las explicaciones del porqué de nuestro subdesarrollo está precisamente en la falta de consistencia en la aplicación de nuestras políticas económicas, cualquiera que éstas hubieren sido. Lo anterior habría permitido que penetraran no sólo en la raíz de nuestros factores de producción sino en lo más importante que es nuestra cultura y patrones de comportamiento social. Existen otras naciones que no han necesitado 250 años del mismo modelo económico como Corea del Sur que en 65 años ha logrado salir de la guerra para ocupar los primeros niveles de desarrollo. Es muy difícil lograr resultados cuando cada 12 años se cambia la visión y, por tanto, de reglas del juego, incentivos, estímulos, leyes, programas, apoyos y políticas públicas.

En un comparativo de modelos de desarrollo tenemos que México en 100 años (1917-2018) ha tenido siete, mientras que EU, en 242 años (1776-2018), uno sólo. Está fuera de lugar continuar argumentando inestabilidad producto de nuestra guerra de revolución porque tanto EU como Corea del Sur han pasado por guerras internas y luchas de poder. También es complicado culpar a la influencia del exterior de nuestros fracasos cuando hay otros ejemplos similarmente complejos en sus procesos históricos. La verdad es que sólo nosotros somos responsables tanto de aciertos como de fracasos.

Desde la visión del desarrollo de la Revolución que cambió los preceptos establecidos en el porfiriato, hemos transitado de modelo en modelo sin encontrar el adecuado para establecer las bases suficientes para un desarrollo de largo plazo o mejor expresado; no se ha permitido que produzcan el impacto necesario para crecer sostenidamente y abatir la pobreza. A la desaparición de las haciendas y de los beneficios a extranjeros, que se tenían antes de la revuelta revolucionaria, llegó la visión del desarrollo del presidente Lázaro Cárdenas quien sí materializó en buena medida el nacionalismo iniciado por Francisco I. Madero agregando una trascendente carga social, incorporando a la clase obrera y campesina a la movilización política. No obstante, pronto se cambió por la utopía de la industrialización encabezada por Miguel Alemán; ahora la política era apoyar más a los empresarios y priorizar la industria por encima que los factores primarios de producción. Al poco tiempo una nueva idea surgió con el presidente Adolfo López Mateos, quien profundizó la aceleración selectiva del gasto público, evitó usar el tipo de cambio como mecanismo de ajuste a los desequilibrios externos y priorizó la inversión extranjera sin importar variables como la inflación, hubo buenos niveles de crecimiento a costa de endeudamiento externo hasta que 12 años después vino otro cambio de idea. Luis Echeverría implantó a costa todavía de mayor endeudamiento, una política sustentada en la dependencia de la ayuda externa tanto de los bloques capitalista como socialista sin llegar a ningún lado.

Tan pronto como seis años después, la sustitución de importaciones se implementó con un vigor inusitado en el sexenio de José López Portillo apostando todo al petróleo y al comercio interno, lo que seis años más tarde y con más endeudamiento, se volvió a cambiar. Para el año 1982 se comenzó con otro modelo de desarrollo que se trató de medio mantener al muy peculiar estilo mexicano hasta nuestros días. En efecto, el presidente Miguel de la Madrid comenzó con el modelo de apertura comercial y liberalismo económico. Este modelo ha tenido mucho de apertura comercial y nada de liberalismo económico.

Hoy el país es la nación con el mayor número de tratados de libre comercio del mundo con una impresionante balanza comercial. No obstante, de los preceptos fundamentales del liberalismo como: la ética, la empatía, la libre competencia, así como la desregulación de la actividad económica y un potente Estado de Derecho, no tenemos nada.

Una mal entendida relación entre el poder político y el poder económico ha sido lo que han tenido en común estos siete modelos económicos y todos excepto el nacionalismo-socialismo del presidente Lázaro Cárdenas, olvidaron la base central de la teoría y práctica del desarrollo: sustentarlo en la visión local. Como lo argumentan Sachs, Esteva y Sen, el desarrollo debe partir del pensamiento y la visión oriunda antes que de la influencia extra lógica que desconoce la realidad local. Hacia adelante lo que deberíamos esperar con el cambio de régimen que busca restablecer en nacionalismo como eje rector del desarrollo es una visión más incluyente y ética del desarrollo.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha señalado la conveniencia de reconstruir la relación entre el poder político y el económico para que, a partir de un nuevo enfoque de entendimiento, se pueda crecer de una manera más sana y se rompa con el círculo perverso regulación-contrato-corrupción. Al mismo se puede abrir finalmente la valiosa oportunidad para que las comunidades decidan su propio camino al desarrollo. Atacar frontalmente los excesos de corrupción, promover de verdad el desarrollo local e incluir a las comunidades en las decisiones pueden ser sus aportaciones más valiosas.

Carlos Alberto Martínez

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC de Monterrey. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaria de Hacienda, la presidencia de la República y en Washington, DC. Actualmente estudia el doctorado en Filosofía con investigaciones en el campo de la ética y la economía. Autor de libros en historia económica, regulación financiera y políticas públicas