A la memoria de Ignacio Pichardo Pagaza

El recorrido del nuevo coronavirus por el mundo va revelando una inquietud: los organismos internacionales han respondido de una manera decepcionante.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se reunió apenas el jueves pasado para tratar el tema de la pandemia, tres meses después de que iniciara la crisis sanitaria.

El G20, durante una reunión telemática, no adoptó, como sí lo hizo en la crisis financiera en el 2008 y el 2009, un plan internacional contra la crisis del Covid-19. Por lo menos esta semana anunció la suspensión temporal del pago de la deuda para los países pobres. El G7 tampoco ha articulado una estrategia coordinada.

La Unión Europea ha exteriorizado sus diferencias entre las naciones que han sido más perjudicadas por el nuevo coronavirus (Italia, España y Francia) frente a Países Bajos y Alemania, renuentes a mutualizar la deuda del grupo a través de los llamados coronabonos, actitud que socava los principios fundamentales del proyecto político más exitoso del siglo XX.

La pandemia está dejando al descubierto graves fisuras en la arquitectura de los organismos internacionales.

La sensación de cierto desasosiego por la ausencia de acciones de dichos organismos la hizo notar una carta firmada el pasado 7 de abril por 165 antiguos responsables políticos, entre ellos 92 expresidentes y ex primeros ministros, dirigida al G20, en la que le solicitan que apruebe financiación colectiva y acciones coordinadas contra el nuevo coronavirus.

Algo más, lo que estamos observando es la existencia de una enorme tensión entre globalización y nacionalismo, en parte, por las dificultades que tienen varios países para proveerse de productos sanitarios contra la pandemia, pero también por inclinaciones autoritarias de algunos presidentes.

Bill Gates recuerda que “necesitamos una estrategia mundial para luchar contra esta enfermedad (...) Al virus le dan igual las fronteras (...) Hay algo de lo que no he encontrado ninguna prueba, y es de que la enfermedad discrimine en función de la nacionalidad” (El País, 12 de abril).

Los organismos internacionales tienen la virtud de articular estrategias eficientes porque tienen la mejor información disponible, activo vital en nuestra época. De manera adicional, tienen la capacidad de tomar decisiones de manera mucho más coordinada que cada uno de los países de manera aislada.

“El 90% de las negociaciones en la Unión Europea exige ponerte en la piel del otro, entender qué limitaciones tiene, y a partir de ahí se puede construir algo”, señala la ministra de Asuntos Exteriores del gobierno de España, Arancha González Laya (La Vanguardia, 12 de abril). La ministra entiende que la mejor apuesta para controlar la crisis sanitaria es la europea, “pero para ello debemos garantizar que todos los países vamos a jugar con la honradez y no vamos a pisarnos los pies, que eso también lo hemos visto”.

Es claro que para la solución a las crisis sanitaria y económica la vía más eficiente es la global, tomar en cuenta la arquitectura de organismos internacionales que hemos construido desde que concluyó la Segunda Guerra Mundial.

No hay que pisarnos los pies ni ser etnocéntricos, porque no veríamos más allá de nuestro ombligo, y el nuevo coronavirus demanda coordinación internacional.

*Profesor en la Facultad de Derecho de la UNAM.