La construcción de una nación se reduce a "expandir el círculo" de preocupación moral. Es por eso que los Estados-nación exitosos, grandes o pequeños, ricos o pobres, tienen una cosa en común: el sentido de los ciudadanos de un pasado y un futuro compartidos.

LONDRES – Después de la debacle de Afganistán, algunos sostienen que las fuerzas occidentales podrían haber tenido éxito si solo hubieran salido del búnker e interactuado más con los grupos locales. Otros arguyen que, sin los hábitos cívicos y la cultura de cooperación indispensables para que un Estado funcione, todos los esfuerzos dirigidos a construir una nación en lugares como Afganistán están destinados al fracaso. Las dos posturas son engañosas, si no erróneas.

La primera prueba para rebatir a los escépticos es que sí se han construido naciones, y no solo en sociedades homogéneas como Japón y Escandinavia. India se las arregló para desarrollar una democracia dinámica, a pesar de su traumática partición, tamaño colosal, y pletórica de lenguas y grupos étnicos. Brasil posee una fuerte identidad nacional e instituciones democráticas que funcionan, pese a una aguda desigualdad de ingresos y a profundas divisiones regionales y étnicas. Estados Unidos superó una guerra civil en la que pereció uno de cada 40 de sus habitantes.

Estos tres ejemplos también constituyen la primera prueba para rebatir a los optimistas ingenuos: la construcción de una nación no es tarea para extranjeros. Es prácticamente imposible encontrar en la historia el caso de un estado-nación cohesivo que funcione y que haya sido importado a punta de pistola. Mahatma Gandhi, Abraham Lincoln y los demócratas brasileños como Fernando Henrique Cardoso no solo eran locales, sino que se dedicaron a instituir prácticas y símbolos locales de los valores compartidos.

Es útil analizar la evolución de la cooperación entre los seres humanos para entender lo que exige la construcción exitosa de una nación. La evolución programó a los humanos para ciertos tipos de cooperación. Un cazador que no colaboraba estrechamente con sus compañeros de caza corría el riesgo de ser pisoteado por un mamut lanudo. Pero no somos buenos para cooperar con cualquiera. Junto con la solidaridad hacia quienes integran nuestra partida de caza surge la hostilidad hacia quienes puedan querer cazar “nuestra” presa.

La construcción de una nación consiste, sobre todo, en “expandir el círculo” de la solidaridad moral (expresión del filósofo Peter Singer). Los estados-nación exitosos -grandes o chicos, ricos o pobres- tienen una cosa en común: sus ciudadanos sienten que comparten un pasado y compartirán también el futuro. Más allá de lo diferentes que podamos ser, algunas de tus preocupaciones son también las mías.

La dicotomía Nosotros y Ellos proviene de nuestras intuiciones, o lo que los filósofos llaman la heurística: reglas para la toma rápida de decisiones que evolucionaron para permitirnos decidir en un instante si el hombre oculto detrás de un árbol era amigo o enemigo. Esas intuiciones provienen de nuestra propia experiencia, de lo que nuestros padres nos enseñaron, y de las pistas que recogimos de parientes y vecinos. Y ellos, a su vez, también adquirieron sus intuiciones a través de la combinación de imitación y experiencia.

Si nuestras intuiciones se originan en la experiencia y el aprendizaje, entonces pueden evolucionar.Algunas veces, las culturas y las creencias más profundas evolucionan de manera muy lenta. En 1993, el politólogo de la Universidad de Harvard, Robert Putman, especulaba que los mayores niveles de “capital social” -que incluye la confianza en los demás, así como la disposición a participar en instituciones de caridad y organizaciones de voluntarios-  existentes en el norte de Italia, que es más rico y desarrollado que el sur, eran reflejo de experiencias políticas contrastantes entre los años 1000 y 1300, cuando se independizaron algunas ciudades-estado de Italia.

Un estudio posterior que compara 400 ciudades italianas encontró una fuerte relación estadística entre los indicadores de capital social hoy día y el hecho de que las ciudades hubieran sido independientes durante la época medieval.

Esto no significa que sea necesario esperar miles de años para que nuestras intuiciones morales y culturales evolucionen. La cultura también puede cambiar de manera rápida –por ejemplo, en las creencias acerca de lo que es justo–. Algunas personas se criaron escuchando que trabajar duro tiene recompensa, y llegaron a creerlo; otros piensan que el éxito se debe a la buena suerte o a los buenos contactos. ¿Estamos obligados a continuar con las mismas creencias, pase lo que pase? Aparentemente no. Hay estudios que muestran que crecer durante una recesión marca una gran diferencia: ver a muchas personas trabajadoras perder su empleo hace que se tienda a creer que los resultados no reflejan el esfuerzo sino la suerte.

Algo parecido ocurre con las consecuencias de vivir en un régimen comunista. Quienes se criaron en Alemania Oriental tenían una opinión más favorable acerca de la intervención del Estado que quienes vivían en Alemania Occidental, pero esta diferencia ha ido desapareciendo desde la reunificación. Alberto Alesina y Nicola Fuchs-Schundeln estiman que llevará una o dos generaciones –no siglos o milenios– para que ambas actitudes converjan completamente.

Es importante entender, además, que la evolución moral y la política no ocurren solo por accidente, sino también por la acción deliberada de ciertos líderes, y el efecto de las políticas que ellos aplican. Luego de la independencia, el líder keniano Jomo Kenyatta consolidó su poder aprovechando las divisiones entre las tribus de su país. En contraste, en Tanzania Julius Nyerere se esmeró en construir una sola identidad nacional y estimuló el uso de una sola lengua. Mientras que tras la independencia en Tanzania la inversión pública en educación, salud y vialidad se distribuyó equitativamente a través de grupos y regiones, en Kenia el régimen favoreció especialmente a las zonas de los Kikuyu, que formaban la base del apoyo político a Kenyatta. Esta tendencia a favorecer a “los propios” ha sido una característica recurrente de la política keniana, conocida comúnmente como “nuestro turno para comer”. Y lo que explica este patrón no es la identidad tribal de quienes están en el poder, sino las instituciones bajo las cuales ellos operan. 

Ted Miguel, de la Universidad de California, Berkeley, llegó a la conclusión de que estos enfoques contrastantes incidieron en los valores y resultados en cada país. Las comunidades con diversidad étnica logran gobernarse mejor –recaudando más fondos para escuelas o pozos de agua– en Tanzania que en Kenia. Durante largos períodos de tiempo, “las tasas de crecimiento económico de Tanzania fueron mayores que las de Kenia..., sus medidas de gobernanza y calidad institucional uniformemente mejores, y su política nacional menos violenta".

El sentimiento de pertenencia a una nación depende tanto o más de los símbolos y de los rituales compartidos que de las políticas públicas. Los líderes pueden reconfigurar las expectativas de la ciudadanía y crear confianza. Gandhi abandonó su traje de abogado, se vistió de blanco y dirigió una marcha de 385 kilómetros hasta el océano para reivindicar la producción de sal. Nelson Mandela se puso la camiseta de los Springboks, el equipo de rugby de Sudáfrica conformado hasta entonces solo por jugadores de raza blanca, y los 65,000 aficionados presentes en el estadio entonaron "¡Nelson! ¡Nelson! ¡Nelson!". Ahí apareció: una nación que se volvía democrática, unida bajo el pendón de la igualdad y el respeto mutuo.

De modo que los escépticos están equivocados: se han construido naciones de manera deliberada en el pasado y se las construirá nuevamente en el futuro. Pero la labor es mucho más sutil, difícil y lenta de lo que alguna vez pensaran los ingenuos optimistas extranjeros. Ahora los hombres –y en particular las mujeres– de Afganistán pagarán el precio. Solo un Nelson Mandela o un Mahatma Gandhi afgano podrá salvarlos.

Andrés Velasco

Ex candidato presidencial y ministro de Hacienda de Chile, es decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science. Es autor de numerosos libros y artículos sobre economía internacional y desarrollo, y ha sido miembro del cuerpo docente de las universidades de Harvard, Columbia y Nueva York.

Adnan Khan

Es director académico de la Escuela de Políticas Públicas de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres.

Traducción de Ana María Velasco

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