Las encuestas del uso del tiempo, generalmente efectuadas por los institutos de estadística nacionales, son herramientas que desde hace varias décadas sirven para ilustrar sobre muchas variables sociales como el uso del tiempo en la vida cotidiana.

Estas encuestas han servido históricamente para determinar cuánto tiempo se utiliza, por ejemplo, en el desarrollo de actividades remuneradas y no remuneradas y cómo se distribuye esta productividad durante un día. Asimismo, analizan comparativamente la distribución de estas actividades en función del género. Usualmente, estas encuestas se desarrollan para la creación de políticas públicas que atiendan a sectores de la población con necesidades específicas para el desarrollo social y económico. Es de esta manera, por ejemplo, como se compara el número de horas que se trabajan en promedio por país y su relación con la productividad, así como el número de horas dedicadas al tiempo libre.

En materia de alimentación, las encuestas del uso del tiempo nos permiten saber cuánto tiempo se dedica, por ejemplo, a la preparación, consumo y gestión de los alimentos, quiénes se encargan de hacer esto y cómo se reparten las tareas entre hombres y mujeres. Una de las tareas domésticas por excelencia es la preparación de comida y el lavado de los platos. A este respecto, mundialmente hay una tendencia dispar entre hombres y mujeres en relación con el tiempo que dedican a las tareas domésticas, independientemente de la profesión de la mujer, de quién sea quien aporte más dinero al hogar o del nivel de desarrollo y equidad del país en cuestión.

Este tipo de encuestas apoya el desarrollo de investigaciones sociológicas donde, por ejemplo, se ha encontrado que en relaciones de parejas heterosexuales, aunque la distribución de las horas dedicadas a las tareas del hogar sea diferente, la percepción de la actividad realizada tiene un mayor o menor peso. Es decir, que dependiendo de la actividad doméstica que se realiza, la percepción de inequidad por parte de un miembro de la pareja puede acrecentarse o disminuirse. Esta percepción tiene que ver con qué tan agradable o desagradable es la actividad —por ejemplo, para algunas personas puede resultar muy agradable cocinar, pero no lavar los baños— y qué tan históricamente está socialmente anclada a un género en específico.

Es por esta razón que más allá de la cuantificación de las horas dedicadas a actividades domésticas, es necesario evaluar la forma en la que son percibidas para de esta manera poder llegar a acuerdos que en la medida de lo posible, satisfagan a ambas partes en el entendido de que una unidad doméstica es una unidad de cooperación. Según las investigaciones, se ha descubierto que una de las actividades que puede generar más incomodidad en la percepción de hombres y mujeres es lavar los platos, puesto que es una actividad que cuando es realizada por hombres sienten que las mujeres no valoran su trabajo y viceversa. En México, el uso del tiempo dedicado a actividades relacionadas con la alimentación está orientado mayormente hacia las mujeres. Esto conlleva que la mayoría de políticas de alimentación están implícitamente dirigidas hacia ellas como responsables de la alimentación de una unidad doméstica. En este sentido, quedan asignaturas pendientes que muchos investigadores se cuestionan, puesto que, más allá de cuestiones de equidad de género, la carga de trabajo emocional impacta en cuestiones de desarrollo económico y en cuestiones de cohesión social que permiten mayor productividad.

@Lillie_ML