A partir de la pandemia de Covid-19 las palabras ciencia y evidencia han sido mencionadas en los medios de comunicación, casi tantas veces como pandemia y coronavirus. No con el mismo impacto en la audiencia, pero sí con mucha insistencia por aquellos que quiere legitimar su opinión, sus estudios, su experiencia, su cargo y su ego. Las palabras ciencia y evidencia han pasado la frontera del mundo académico y se han popularizado. Sin embargo, ciencia y evidencia también han sido usadas para acercar a la sociedad a los científicos. No sólo a lo que ellas y ellos producen, sino a sus dilemas y conflictos; a sus éxitos y a veces a sus fracasos. La prensa y las redes sociales se ha encargado de propagar resultados de investigación de una manera nunca antes vista, aunque en ocasiones sin muchos escrúpulos. Así mismo, dada la contingencia sanitaria, las revistas científicas en las que se divulga la ciencia y la evidencia han cobrado un papel protagónico en la vida cotidiana de muchas personas, cuando eran privativos de esa élite de la sociedad que habita y vive del mundo de la ciencia.

Gracias a uno de los mejores comunicadores de la ciencia, Javier Sampedro, se divulgó en español lo que Jop de Vrieze había escrito días antes en un artículo editorial de la revista Science sobre uno de los héroes desconocidos de la pandemia de Covid-19. Me refiero al profesor de Patología, Thijs Kuiken, de la Universidad Erasmus en Holanda. Es importante reconocer que Jeremy Farrar, director de la agencia Wellcome Trust. y Anjana Ahuja, periodista del Financial Times, incluyeron en el primer capítulo de su libro publicado a finales de julio de 2021 “Spike: The Virus vs the people-The inside history”, una comunicación que Farrar y Kuiken tuvieron el 18 de enero de 2020 y que justamente se refiere al título de esta nota.

El que ha estado involucrado en la publicación de un artículo científico sabe que al que hay que convencer para que su trabajo se publique es al editor de la revista. Éste a su vez cuenta con un consejo interno de editores y un grupo llamémosle de asesores que son los revisores de pares. El editor selecciona dentro de lo más destacado en el mundo de la investigación en esa área, quiénes serán sus asesores o revisores en cada uno de los artículos sometidos a revisión de pares. Una revista de alto impacto se jacta de sólo mandar a revisión menos de 2% de los trabajos que recibe. En otras palabras, el editor o su consejo editorial “batea” 98% ó más de los trabajos recibidos.

El revisor de pares no es un empleado de la revista, no cobra por su trabajo y, lo que es peor, en ocasiones lo tiene que hacer en muy corto  tiempo, como fue el caso del profesor Kuiken, quien recibió el artículo para revisión el 16 de enero de 2020; y como aceptó revisarlo, lo tenía que hacer en 48 horas. No era un artículo menor. Se trataba de un estudio que un grupo de investigadores de la Universidad de Hong Kong había realizado a una familia que había estado en Wuhan días antes. Como dice Sampedro, en ese entonces el mundo estaba tranquilo creyendo que esa neumonía viral no se transmitía de persona a persona y, sin embargo, este trabajo probaba dos cosas: la enfermedad sí se transmitía de persona a persona y podía ser contagiada por alguien asintomático.

¿Por qué el mundo debe estar agradecido con T Kuiken?

Porque el profesor Kuiken en lugar de haber tomado la opción fácil de permanecer en silencio y esperar a que otros dieran la noticia, tomó el camino difícil que le pudo haber costado su prestigio académico como revisor y el respeto de sus colegas por haber faltado al pacto implícito de confidencialidad. Rompió la regla de oro de los revisores de pares que es “mantener en secrecía los resultados hasta que los editores hayan aprobado la publicación”. Quienes hemos publicado también hemos revisado artículos de nuestros pares y sabemos muy bien que el tiempo entre que se somete un artículo y se publica es largo y penoso. T. Kuiken, siguiendo consejos de Farrar, pero sobre todo su ética, contactó a Maria Van Kerkhove, alta funcionaria del programa de emergencias de la OMS, así como a los editores de The Lancet y no esperó a que el trabajo se publicara o que los autores dieran su aprobación. Ese hecho bastaba para hoy poder decir: la nueva década había registrado su primera nueva enfermedad respiratoria viral altamente transmisible, que podría matar a algunos y dejar intactos a otros. Los portadores podían ser asintomáticos e infecciosos. El mundo no tenía inmunidad natural a este nuevo virus ni pruebas de diagnóstico, vacunas o tratamientos. El virus tenía todos los ingredientes de una pesadilla. Lo que hizo el profesor Kuiken fue quitarle semanas de retraso a un proceso que ya venía demorado por la forma como lo manejó la autoridad sanitaria China y que favoreció a una lenta respuesta inicial del mundo al brote. Como dice Farrar: “No haber publicado inmediatamente la secuencia sigue siendo inaceptable”.

De esta experiencia hay más de un mensaje que debe trascender:

a) La ciencia y la evidencia necesitan ser compartidas más rápidamente. Particularmente hay que ser más asertivos y hacerlo mejor cuando se trata de brotes de enfermedades nuevas. Lo anterior implica revisar las normas de publicación o, como dice Sampedro, “tal vez las normas debieran llevar incorporadas en su propio texto un mecanismo de revisión permanente”.

b) El diagnóstico de una nueva enfermedad es difícil pero debe siempre mejorar: ya no es aceptable que lleguen personas con una infección respiratoria que permanece sin diagnosticar y sin tratamiento. Debemos ser ágiles para detectar grupos de enfermedades entre los miembros de la familia y especialmente tomar nota cuando los trabajadores de la salud comienzan a enfermarse. Es inaceptable que se siga pensando que no hacer pruebas de detección es una política “basada en la evidencia”.

c) Debemos estar en alerta máxima por síntomas inusuales, particularmente en las áreas de cuidados intensivos. Algunas de las epidemias de las últimas dos décadas han sido detectadas primero por los médicos de cuidados intensivos que por los epidemiólogos.

d) El retraso en la notificación de la transmisión de persona a persona, aunado s que los portadores podían ser asintomáticos, hecho descubierto semanas antes de que se revelara en The Lancet, no sólo obstaculizó la respuesta temprana al brote, sino que favoreció que muchos países ni siquiera tomaran en serio el problema ni generaran precauciones a tiempo.

Concluyo con las palabras de Jeremy Farrar: El conocimiento debe compartirse en horas y días, no en semanas. China puede haber retrasado la publicación de la información durante dos o tres semanas en diciembre de 2019, pero el mundo tenía toda la información que necesitaba para el 24 de enero de 2020. Muchos países no actuaron durante muchas semanas o tardaron demasiado en convertir las decisiones en acciones. A medida que el virus se agitó, gran parte del mundo durmió. En cambio, el nuevo coronavirus despertó un interés diferente… El resto de la historia por desgracia la conocemos: 225 millones de casos y casi 5 millones de muertes por SARS COV-2  y sus variantes al día de hoy.

El autor es profesor de la Universidad de Washington. 

Twitter: @DrRafaelLozano