El IMSS fue creado en la década de los 40 del siglo pasado para una lógica social, laboral y económica que hoy en la segunda década del siglo XXI ha cambiado radicalmente, al menos para una buena parte del país. Por esta razón, hay que cuidar al IMSS entendiendo la nueva realidad y dejar de pretender que es una institución que lo puede todo y que debe cargar con toda la responsabilidad de la salud, retiro, viudez y muerte de todos los mexicanos. Para ser honestos, en las condiciones en las que se encuentra es imposible que lo logre y más cuando la mitad de los ciudadanos hoy en día no lo requieren. La realidad no es la misma que hace 70 años, hoy muchas personas prefieren, tienen acceso y pueden costear servicios de salud fuera del seguro social e igualmente tienen mecanismos de ahorro para su retiro mucho más eficientes que el sistema de pensiones tripartita que les asegurará una base de 2 salarios mínimos cuando se jubilen, lo que no les alcanzará para una consulta de la especialidad de geriatría.

Puede resultar oportuno el debatir si es necesario forzar a millones de personas a pagar más al seguro social a sabiendas de que nunca usarán sus servicios y si los llegaran a requerir, es de todos conocido, que no se los podrían proporcionar por la saturación que presenta en general todos los sistemas de seguridad social del país. Además, existen todavía millones de personas que sí requieren estos servicios; empero, más que presionar una mutualidad social forzada se debe buscar que 60% de la población que trabaja y no paga impuestos, ni cuotas al seguro social lo haga por elemental principio ético. Cuando se escucha que con vehemencia las autoridades pretenden que los que pagan —la cantidad completa o poco menos—, aporten todavía más al IMSS e Infonavit o al SAT sin que siquiera se vea que hacen un mínimo esfuerzo porque paguen millones de personas que no lo hacen, desalienta. En los estados del sur, la informalidad alcanza 80 por ciento.

Estamos ante la misma historia de siempre. El presionar a los mismos cada año ya no va a alcanzar para las necesidades que se tienen no sólo en materia social sino en lo más relevante que es en la inversión que genera el crecimiento que al final de cuentas es lo único que elimina la pobreza. En México, todos los meses cuatro personas entregan parte de sus ingresos producto de su trabajo diario para que con este dinero se hagan cosas de las que se benefician 10 personas que deberían estar pagando. Esto debe cambiar antes de pretender seguir presionando y, en muchos casos, aterrorizando a los que por décadas han sostenido al erario, al IMSS y al resto de las entidades de la seguridad social. Sólo cambiando esta realidad se puede esperar que se mejore sustancialmente el gasto público, los servicios de salud, la educación, que haya seguridad para todos y se incrementen los niveles de inversión pública.

Igualmente, es inquietante visitar los hospitales del sistema de seguridad social y notar el abandono y la falta de mantenimiento que tienen, saber que los grandes hospitales tienen un aparato de hemodiálisis y miles de pacientes a la semana con necesidad de este tratamiento o conocer que tienen una ambulancia para cientos de traslados que no realizan porque el sindicato no les asigna un chofer. La misma historia con los medicamentos y camas escasas ante la demanda creciente. Y lo más grave es que la mayor parte del dinero se gasta en las pensiones de los que fueron trabajadores del IMSS y no en los derechohabientes que pagan por los servicios, ni en los contribuyentes que sostienen al Estado. Los excesos del pasado cometidos en el IMSS como el haber tenido un equipo de futbol de primera división y aviones particulares para transportar a sus directivos, así como pensiones y prebendas abultadas a sus trabajadores, los tenemos que pagar actualmente, pero no a costa de seguir presionado a los mismos sino apelando a la contribución obligada de quienes por años han podido hacerlo y no lo han hecho.

En las condiciones en las que se encuentra el IMSS es literalmente imposible que se haga cargo de 2.5 millones de empleadas domésticas, 2.6 millones de jóvenes que se van a capacitar para el trabajo, 20 millones de personas en pobreza y otros millones que bajo el disfraz del seguro popular muchos de ellos se dedican a la economía informal ganando importantes sumas de dinero, no pagan contribuciones, sin que el seguro colapse. Estamos ante la prioridad de la gallina o el huevo: se le mandan millones de mexicanos al IMSS en las precarias condiciones en las que está o primero se abate la economía informal, se logran más contribuciones, se invierte en el IMSS (no en las pensiones) y luego recibe a las personas para darles un trato digno real. El imaginarse a cientos de miles de personas más esperando cama en el hospital La Raza pone los pelos de punta. El combate a la informalidad para atraer nuevas aportaciones al IMSS es la solución para ponerlo a la vanguardia de la seguridad social en un México que está cambiando.

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Carlos AlbertoMartínez

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC de Monterrey. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaria de Hacienda, la presidencia de la República y en Washington, DC. Actualmente estudia el doctorado en Filosofía con investigaciones en el campo de la ética y la economía. Autor de libros en historia económica, regulación financiera y políticas públicas