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Economía zombi

La crisis del Covid-19 no ha creado los problemas económicos de muchas compañías, sólo ha magnificado los ya existentes y evidenciado la poca resiliencia de dichas empresas.
El cierre de actividades no esenciales ha empujado a muchas empresas alrededor del mundo a luchar por su sobrevivencia. Desde aerolíneas, hoteles e instituciones financieras hasta pequeños negocios están sufriendo el impacto económico de la falta de movilidad y el distanciamiento físico.
Las economías más desarrolladas han respondido a esta situación con apoyos económicos sin precedentes. La Reserva Federal, siguiendo el ejemplo del Banco Central Europeo y del Banco de Inglaterra, ha iniciado la compra de bonos corporativos y de préstamos que los bancos hacen a las pequeñas y medianas empresas. Estas medidas se agregan a programas de crédito para atender a las empresas afectadas por el Covid-19 que han tenido el efecto deseado al evitar, temporalmente, bancarrotas masivas.
Sin embargo, existe el riesgo de dar vida artificial a compañías que ya tenían problemas estructurales antes de la crisis y que tienen pocas esperanzas de sobrevivencia, como pasó durante la Gran Recesión. La crisis del Covid-19 no ha creado los problemas económicos de muchas compañías, sólo ha magnificado los ya existentes y evidenciado la poca resiliencia de dichas empresas.
Datos publicados recientemente por Deutsche Bank muestran que casi 20% de las compañías en Estados Unidos son zombi, es decir, son empresas, cuyos costos por pago de financiamiento son mayores a sus ganancias. Estas compañías arrastran serios problemas de productividad y de eficiencia; su supervivencia está ligada al consumo improductivo de recursos escasos y a la severa distorsión económica por impedir el acceso de bienes a otras empresas con actividades más productivas o de mayor impacto social.
Las decisiones tomadas por los estados para inyectar de recursos mitigan los problemas temporales de liquidez de algunas empresas, pero no pueden resolver los problemas estructurales de demanda ni convertir a las compañías zombis en solventes.
El gran economista Joseph Schumpeter enfatizó la importancia de la innovación de productos y de procesos que, al eliminar lo viejo e ineficiente, dan paso a lo nuevo. El concepto de “destrucción creadora” sintetiza el proceso dinámico de renovación, pero también de destrucción necesaria, donde muchas compañías van a la bancarrota para incrementar el dinamismo y la eficiencia de la economía.
Tal debería ser el caso en el sector de entidades financieras que se especializan en otorgar crédito o arrendamiento financiero sin obedecer a la misma regulación que los bancos. En México, este sector se caracteriza por las altas tasas de interés (hasta 100% anual) que cobran a sus acreditados, generalmente personas vulnerables en cuestión de ingreso y situación laboral. Estas tasas —de las más altas del mundo— son justificadas por los altos costos derivados en muchos casos por la crónica ineficiencia de sus procesos operativos. Esta ineficiencia ha contado con un subsidio implícito a través del financiamiento barato del gobierno y de los mercados internacionales.
Según el reporte de estabilidad financiera publicado este mes por el Banco de México, en el último año “se aprecian varias entidades del sector vulnerables con relación a liquidez, calidad de cartera y rentabilidad”. Es decir, muchas de estas entidades ya enfrentaban antes del coronavirus problemas de solvencia, mas no de liquidez.
Es cierto que asegurar que el financiamiento fluya a todos los sectores de la economía es crucial para que la recesión sea menos dolorosa. Sin embargo, el rescate de compañías improductivas o ineficientes, a través de crédito subsidiado por el gobierno, sólo retrasaría la reactivación económica. La intervención del gobierno debe estar orientada a servir al bien público por encima del privado. No hacerlo así tendrá consecuencias negativas para todos.

