En los comienzos del siglo XX, el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson, un académico y demócrata convencido, reconoció las complejidades de la democracia y el autoritarismo de su país. Dijo: “Sabemos que algo se interpone entre el pueblo de Estados Unidos y el control de sus propios asuntos en Washington. No es el pueblo el que ha gobernado allí de tiempo atrás (...) Los amos del gobierno de Estados Unidos son los capitalistas y los manufactureros combinados (...) El gobierno de Estados Unidos es al presente el hijo de leche de los intereses especiales (...) Un imperio invisible se ha establecido por encima de las formas democráticas. Estamos todos atrapados en medio de un sistema económico despiadado”.

Ante este poder, Wilson quedó atrapado.

El gobierno estadounidense tiene como característica ejercer un poder duro y otro blando, sobre todo en las relaciones internacionales. Ello obedece en gran medida a que tiene aliados.

Donald Trump es la versión absoluta del poder duro. Gobierna con la extrema derecha. Hemos visto una y otra vez decisiones, cuyo único objetivo es satisfacer los intereses de las clases altas. Ejerce una significativa falta de respeto con sus aliados y desprecia a los países pequeños. Tiene una debilidad con los hombres de poder como Putin y Erdogan. Para el presidente estadounidense, la tarea política única es el mercado para los productos norteamericanos al precio que sea, la explotación de los recursos naturales de los países en desarrollo y garantizar las inversiones de los propietarios del capital.

La explicación de Donald Trump como presidente fue el voto blanco de los estados de Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, mismos que fueron descuidados por el Partido Demócrata en las pasadas elecciones presidenciales. Los blancos de la clase trabajadora se vieron atraídos por Trump, que les ofreció recuperar los empleos industriales perdidos, cuestión que no ocurrió. Asimismo, su capacidad de comunicación. A través de los programas de televisión que dirigió, aprendió que la clave del éxito es monopolizar la atención de los televidentes, y que la manera de hacerlo es con declaraciones extremas, no una consideración cuidadosa de la realidad.

Cada vez estamos más convencidos de que la democracia es el gobierno de la opinión, no de los filósofos platónicos o los científicos. Lo que prevalece es la opinión mayoritaria, que no tiene que estar fundada en la razón. Por ello surge el reino de los populistas, que con su cacofonía de opiniones confunden todo.

Se estima que ahora 76% de los ciudadanos norteamericanos cree que la economía está bien, frente a 48% cuando Trump fue elegido en el 2016. Por eso tiene posibilidades de ser reelecto. Además, se considera que lo del Ucraniagate no reúne la fuerza suficiente para que pueda tener éxito. Los republicanos han cerrado filas para rechazar el impeachment, la salvaguarda constitucional para limitar los poderes al presidente o destituirlo.

Por lo pronto, el mismo Trump ha reconocido como un acto punible haber solicitado a un país extranjero que interviniera en las elecciones presidenciales de EU. O sea, hay carne para poner en el asador.

Será una prueba importante para la democracia atacada por el populismo exhibicionista de Trump, que apelando a las emociones ha penetrado en la conciencia popular. También lo será para el mundo que ve con sorpresa lo que pasa en EU. Si este país tiene un modelo altamente vulnerable como lo demuestra la escalada imprudente y peligrosa en el Medio Oriente, ¿qué podemos esperar? ¿Acaso tiene que ver con una elección en Estados Unidos este año?

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.